Donde el mar nos desnuda Capítulo 36 Noche más oscura
72%

Capítulo 36 Noche más oscura

La discusión de la noche anterior había dejado una herida abierta que ninguno de los dos sabía cómo cerrar.

Daniel apenas había dormido. Se pasó la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama, con el corazón acelerado y una opresión en el pecho que no lo dejaba respirar. Armando, a su lado, tampoco conciliaba el sueño, pero permanecía en silencio, respetando el espacio que Daniel parecía necesitar.

Ya era más de la medianoche. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz plateada de la luna que entraba por la ventana.

Daniel se sentó en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos.

Su tobillo aún latía con un dolor sordo, pero era nada comparado con el dolor emocional que lo consumía.

Armando se incorporó lentamente y encendió la lámpara de noche.

—Daniel… háblame —pidió con voz cansada—. No podemos seguir así.

Daniel levantó la mirada. Tenía los ojos rojos e hinchados. Las lágrimas que había estado conteniendo durante horas finalmente comenzaron a caer.

—No puedo más —susurró, con la voz rota—. Todo esto me está destruyendo.

Armando se acercó y quiso tocar su hombro, pero Daniel se apartó ligeramente. Ese pequeño gesto dolió más que cualquier palabra.

—Necesito espacio —dijo Daniel finalmente, mirando al suelo—. Necesito pensar solo. Todo es demasiado: la presión de mi familia, la lesión, el miedo a volver, lo que siento por ti… No puedo seguir fingiendo que estoy bien. Me estoy ahogando.

Armando se quedó en silencio varios segundos, procesando el golpe.

—¿Espacio? —repitió, con la voz temblorosa—. ¿Quieres que me vaya?

Daniel negó con la cabeza, pero sus palabras fueron claras:

—Quiero que esta noche duermas en otro lugar. O yo me voy. Pero necesito estar solo. No puedo seguir hablando, ni discutiendo, ni prometiendo cosas que no sé si podré cumplir. Necesito aclarar mi cabeza antes de tomar cualquier decisión.

El silencio que siguió fue devastador.

Armando se levantó de la cama lentamente. Su expresión era una mezcla de dolor, decepción y resignación. Se vistió en silencio, tomó su cartera y algunas cosas personales.

—Está bien —dijo con voz baja y controlada—. Te daré el espacio que pides.

Antes de salir, se detuvo en la puerta y miró a Daniel por última vez.

—Solo quiero que sepas algo. Yo no me estoy rindiendo. Pero no puedo obligarte a luchar si tú ya decidiste que esto es demasiado.

Cerró la puerta con suavidad detrás de él.

Daniel se quedó solo en la habitación. En cuanto escuchó el clic de la puerta, se derrumbó. Se abrazó las rodillas y lloró con fuerza, dejando salir todo el miedo, la culpa y la tristeza que había estado acumulando.

Se sentía miserable.

Se sentía cobarde.

Se sentía completamente perdido.

La habitación que había sido testigo de su primer beso, de noches de pasión y de confesiones profundas, ahora solo parecía un espacio vacío y frío. El sonido del mar, que antes le parecía romántico, ahora le resultaba indiferente y burlón.

Daniel se acostó en la cama, abrazando la almohada donde Armando había dormido la noche anterior, y siguió llorando en silencio.

Esta era la noche más oscura de todo su viaje.

Había pedido espacio.

Pero nunca se había sentido tan solo.