Capítulo 35 La distancia duele
La tensión anterior no desapareció. Al contrario, se instaló entre ellos como una presencia constante.
Estaban sentados en la terraza, uno frente al otro. Ninguno había tocado la cena que habían pedido. El silencio era incómodo, roto solo por el sonido lejano de las olas.
Armando fue el primero en hablar, con la voz baja pero firme:
—Mañana es tu último día. Pasado mañana te vas. Necesitamos hablar de esto de una vez, Daniel.
Daniel bajó la mirada hacia sus manos. El tobillo aún le molestaba ligeramente, un recordatorio constante de su vida real esperándolo.
—No sé qué más decir —respondió con honestidad—. Todo lo que hablamos en Mazunte, lo que sentí en el bungalow… sigue siendo real. Pero cada vez que hablo con mi familia, todo se siente imposible.
Armando se inclinó hacia adelante, visiblemente frustrado y dolido.
—¿Y yo qué? ¿Dónde quedo yo en todo esto? Te propuse mudarme a Monterrey. Te dije que estaba dispuesto a dejar mi vida aquí por intentarlo contigo. ¿Y tú sigues sin poder darme una respuesta clara?
Daniel levantó la mirada, con los ojos enrojecidos.
—¡Porque tengo miedo, Armando! Miedo de que te mudes y después de unos meses te des cuenta de que mi vida es un desastre.
Miedo de no poder salir del clóset. Miedo de que mi padre descubra todo y me quite incluso la posibilidad de seguir estudiando o compitiendo.
¿Qué vida te puedo ofrecer? ¿Una donde tengas que esconderte cada vez que mi familia venga? ¿Una donde yo siga mintiendo?
Armando se levantó, caminando de un lado a otro de la terraza.
—Estoy cansado de que decidas por mí lo que voy a soportar o no.
Yo también tengo miedo. Miedo de dejar todo lo que construí en Oaxaca.
Miedo de llegar a Monterrey y sentirme solo mientras tú sigues entrenando y fingiendo.
Pero al menos yo estoy dispuesto a intentarlo.
Tú solo buscas razones para que esto fracase antes de que empiece.
Daniel también se levantó, con la voz quebrada:
—¡No estoy buscando que fracase! ¡Estoy intentando protegerte! ¿No lo entiendes? Te quiero. Te quiero de verdad. Pero no quiero ser la razón por la que dejes tu vida y luego termines arrepintiéndote.
Armando se detuvo frente a él, con los ojos brillantes de dolor y rabia contenida.
—Entonces dime algo, Daniel. ¿Qué es lo que quieres realmente? Porque yo ya te dije lo que quiero. Quiero intentarlo. Quiero mudarme. Quiero estar contigo. Pero no puedo seguir persiguiendo a alguien que siempre está buscando una salida de emergencia.
Daniel se quedó en silencio, con lágrimas corriendo por sus mejillas. La distancia entre ellos, que antes había sido solo geográfica, ahora se sentía emocionalmente enorme.
—No sé si puedo darte lo que mereces —susurró finalmente—. Y eso me está matando.
Armando lo miró durante varios segundos, con el corazón roto. Luego, con voz baja y temblorosa:
—Tal vez entonces necesitemos aceptar que el amor no siempre es suficiente.
Esas palabras cayeron como un golpe entre ellos.
Ninguno dijo nada más. Armando entró a la habitación y Daniel se quedó solo en la terraza, mirando el mar oscuro, sintiendo que todo lo que habían construido en estas dos semanas estaba a punto de romperse definitivamente.
La distancia ya no era solo algo que vendría. Ya estaba aquí.