Donde el mar nos desnuda Capítulo 34 Secretos familiares
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Capítulo 34 Secretos familiares

La llamada llegó mientras Daniel y Armando estaban desayunando en la terraza de la habitación. El teléfono de Daniel vibró sobre la mesa y en la pantalla apareció el nombre de su madre. Daniel se tensó visiblemente.

Armando lo miró con comprensión.

—¿Quieres que te deje solo?

Daniel dudó un segundo, pero finalmente negó con la cabeza.

—No… quédate. Pero por favor, no hagas ruido.

Contestó la videollamada con una sonrisa forzada.

—Hola, mamá.

—¡Hijo! ¿Cómo estás? Ya casi regresas. Tu padre y yo estamos contando los días.

La imagen mostraba a su madre en la cocina de la casa en Monterrey. Detrás de ella se veía parte del comedor, tan familiar y tan lejano al mismo tiempo.

—Estoy bien, mamá. El tobillo ya casi está normal. He estado descansando mucho.

Su madre sonrió, pero pronto apareció su padre en la pantalla.

—Oye, Daniel, ¿estás solo? No vayas a estar metido en fiestas de esas raras. Ya sabes cómo es esa playa… llena de gente sin moral.

Daniel sintió que su estómago se cerraba. Miró de reojo a Armando, quien estaba sentado en silencio a un lado, fuera del alcance de la cámara.

—No, papá. Todo tranquilo. Solo playa y descanso.

Su madre intervino:

—¿Has conocido gente buena? ¿Alguna chica?

Daniel sintió un nudo en la garganta. Armando bajó la mirada hacia su café, intentando no reaccionar.

—Eh… no realmente. Solo gente pasando vacaciones, como yo.

La conversación continuó durante varios minutos. Su padre le recordó que debía retomar los entrenamientos intensos en cuanto regresara, que la competencia estaba cerca y que no podía “perder el tiempo”. Su madre le preguntó sobre la comida y le pidió que trajera algún recuerdo de Oaxaca.

Cada palabra era como una pequeña puñalada para Daniel. Estaba mintiendo descaradamente frente a la persona con la que había compartido los días más importantes de su vida reciente. Armando estaba ahí, a solo un metro de distancia, y él tenía que fingir que no existía.

Cuando finalmente colgó, Daniel dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó mirando el mar en silencio.

Armando habló con voz suave:

—No tienes que ocultarme cada vez que hablas con ellos.

Daniel soltó una risa amarga.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que les diga “por cierto, estoy saliendo con un chico que conocí aquí y quiere mudarse a Monterrey por mí”? Mi padre me mataría. Literalmente.

Armando se quedó callado un momento.

—Entiendo que no sea fácil. Pero duele estar sentado aquí, a tu lado, mientras finges que no existo.

Daniel se giró hacia él con los ojos llenos de culpa y frustración.

—¿Crees que a mí no me duele? ¿Crees que me gusta mentirle a mi familia? Estoy atrapado, Armando. No sé cómo salir de esto sin destruir todo.

La conversación no terminó en pelea, pero dejó una sensación pesada en el ambiente. Por primera vez, la diferencia entre sus realidades se hizo dolorosamente evidente.

Daniel estaba viviendo dos vidas al mismo tiempo:

Una con Armando, llena de amor y esperanza.

Otra en Monterrey, llena de secretos y miedo.

Y las dos empezaban a chocar con fuerza.