Capítulo 41 Últimos días
Su madre lo esperaba en la terminal. Lo abrazó con fuerza, preguntándole por el viaje, por la comida, por si había descansado. Daniel respondía con sonrisas automáticas y respuestas cortas. Por dentro se sentía como si hubiera dejado una parte de sí mismo en Oaxaca.
Cuando llegó a casa, su padre lo recibió con un apretón de manos y un comentario típico:
—Bienvenido. Espero que hayas descansado, porque mañana mismo tienes que volver al gimnasio. No puedes perder más tiempo.
Daniel solo asintió. Subió a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer en la cama. El silencio de la casa le resultó ensordecedor. No había sonido de olas. No había brisa marina. No estaba Armando.
Los primeros días fueron un choque brutal con la realidad.
Por las mañanas iba al gimnasio. Su entrenador notó inmediatamente que había perdido algo de tono muscular y le exigió más intensidad.
Daniel entrenaba con rabia contenida, intentando recuperar el tiempo perdido.
Cada salto, cada plancha, cada ejercicio en las barras le recordaba su cuerpo, ese cuerpo que en Zipolite había sido adorado, tocado y amado por Armando.
Por las tardes, en casa, fingía normalidad. Comía con su familia, respondía preguntas vagas sobre el viaje y evitaba mirar su teléfono cada cinco minutos. Pero por las noches, cuando cerraba la puerta de su habitación, el vacío lo golpeaba con fuerza.
La primera videollamada con Armando ocurrió la noche del segundo día en Monterrey.
Daniel se encerró en su habitación, encendió la lámpara de noche y marcó. Cuando la cara de Armando apareció en la pantalla, sintió que algo dentro de su pecho se aflojaba.
—Hola… —dijo Armando con una sonrisa suave, aunque sus ojos mostraban cansancio.
—Hola —respondió Daniel, con la voz ronca—. Te extraño. Mucho.
La conversación duró casi dos horas. Armando le contó que ya había empezado a cerrar algunos proyectos y que estaba investigando opciones de trabajo remoto en Monterrey.
Daniel le habló de los entrenamientos duros, de cómo su padre ya estaba presionándolo y de lo extraño que se sentía estar de vuelta.
—No sé cómo hacer esto —confesó Daniel en un momento—. Aquí todo es gris. Todo es pesado. Sin ti se siente… incompleto.
Armando lo miró con ternura a través de la pantalla.
—Vamos a encontrar la forma. Día a día. No estás solo en esto, ¿recuerdas?
Esa noche, después de colgar, Daniel se quedó mirando el techo durante mucho tiempo. Por primera vez desde su regreso, lloró en silencio.
Los días siguientes fueron una mezcla de rutina y vacío. Entrenaba hasta el agotamiento, comía con su familia fingiendo normalidad, y por las noches hablaba con Armando. Cada videollamada era un salvavidas, pero también un recordatorio doloroso de la distancia.
Daniel empezaba a entender que volver a Monterrey no era solo un regreso físico.
Era volver a encerrarse.
Y por primera vez en su vida, se preguntaba seriamente cuánto tiempo más podría seguir viviendo así.
Los días siguientes fueron una prueba constante para Daniel.
Por las mañanas, el gimnasio se convertía en su refugio y su castigo.
Su entrenador notó rápidamente que algo había cambiado en él.
Sus tiempos en las barras eran más lentos, su concentración se rompía con facilidad y su cuerpo, aunque aún musculoso, había perdido algo de definición después de dos semanas de menos disciplina.
—Estás distraído, Cortés —le reprochó el entrenador un día—. Si sigues así, vas a perder tu lugar en la competencia estatal. ¿Qué te pasó en Oaxaca?
Daniel solo respondía con un “nada” seco y seguía entrenando con más rabia.
Cada salto, cada plancha, cada repetición era un intento de acallar los recuerdos.
Pero en cuanto bajaba de las barras, la mente volvía a Zipolite: el sonido de las olas, el olor a sal en la piel de Armando, sus manos apretando sus glúteos, su voz susurrando “eres mío”.
Por las tardes, en casa, la actuación continuaba.
Su madre le preparaba comidas abundantes y le preguntaba constantemente si había conocido “alguna chica interesante” durante el viaje.
Su padre, como siempre, hablaba de responsabilidad, de futuro y de “no perder el tiempo en tonterías”.
Daniel sonreía, asentía y mentía con naturalidad.
Cada mentira le pesaba más que la anterior.
Por las noches, sin embargo, era cuando más vivo se sentía.
Las videollamadas con Armando se convirtieron en su salvavidas.
Hablaban casi todas las noches. A veces durante una hora, a veces durante tres.
Armando le contaba cómo iba organizando su mudanza: había empezado a cerrar proyectos, a buscar clientes en el norte y a investigar departamentos en Monterrey.
Daniel, a su vez, le hablaba de sus entrenamientos agotadores, de las presiones familiares y de lo extraño que se sentía estar de vuelta en su antigua vida.
—Anoche soñé contigo —le confesó Daniel una noche, acostado en su cama con la luz apagada—. Estábamos en la playa, donde nos conocimos por primera vez. Desperté y… me sentí vacío.
Armando lo miró con ternura a través de la pantalla.
—Yo también sueño contigo todas las noches. Pero prefiero soñar a no tenerte. Vamos a lograrlo, Daniel. Solo faltan unas semanas.
Sin embargo, la distancia comenzaba a hacer estragos.
Daniel se volvía más callado en casa. Su apetito disminuyó.
Pasaba horas mirando fotos y videos que había tomado en Zipolite, especialmente aquellos donde aparecía Armando sonriendo.
A veces se masturbaba pensando en él, pero incluso eso le dejaba un sabor agridulce.
Una noche, después de una videollamada especialmente emotiva, Daniel se quedó mirando el techo y murmuró para sí mismo:
—¿Cuánto tiempo más voy a poder seguir fingiendo?
La rutina se volvió agotadora. Entrenamiento intenso por la mañana, mentiras por la tarde, nostalgia por la noche. El vacío de no tener a Armando cerca era un dolor constante, como una herida que no terminaba de cerrarse.
Pero también había pequeños momentos de esperanza. Armando le enviaba mensajes durante el día con fotos de posibles departamentos en Monterrey, con capturas de correos donde hablaba con posibles clientes, y con notas de voz diciéndole “te extraño” con esa voz suave que tanto le gustaba.
Poco a poco, Daniel empezó a entender que su regreso a Monterrey no era solo un regreso físico.
Era también un regreso a la jaula.
Y por primera vez en su vida, tenía claro que quería salir de ella.
Aunque aún no supiera exactamente cómo.