Donde el mar nos desnuda Capítulo 32 La lesión
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Capítulo 32 La lesión

A la mañana siguiente del viaje al bungalow en la selva fueron dulces, pero también estaban teñidos de una melancolía silenciosa. Ambos sabían que el tiempo se estaba agotando. Solo quedaban cuatro días antes de que Daniel tuviera que regresar a Monterrey.

Esa mañana decidieron pasar el día en una playa tranquila al sur de Zipolite. El sol brillaba con fuerza y el mar estaba relativamente calmado. Armando había llevado una nevera con frutas y bebidas, mientras Daniel caminaba descalzo por la arena, disfrutando de la sensación familiar bajo sus pies.

—Ven, hagamos algo de ejercicio ligero —propuso Daniel con una sonrisa—. Hace días que no entreno como se debe.

Armando aceptó, aunque con cierta preocupación. Sabía lo importante que era la gimnasia para Daniel, pero también era consciente de que su cuerpo había estado más dedicado al placer que al entrenamiento en las últimas semanas.

Daniel comenzó con una serie de flexiones y planchas en la arena, luego pasó a ejercicios de core y finalmente a saltos y acrobacias leves. Sus glúteos y piernas, poderosamente entrenados durante años, se tensaban con cada movimiento. Armando lo observaba con admiración, sentado sobre una toalla.

Todo iba bien hasta que Daniel intentó una secuencia más compleja: un salto mortal hacia atrás seguido de una recepción controlada. La arena, más blanda de lo que esperaba en esa zona, cedió bajo su pie derecho al caer.

Se escuchó un sonido seco.

—¡Ahh! —Daniel soltó un grito de dolor y cayó de rodillas, sujetándose el tobillo derecho.

Armando se levantó de inmediato y corrió hacia él.

—¿Qué pasó? ¿Estás bien?

Daniel apretó los dientes, con el rostro contraído por el dolor.

—Creo que me torcí el tobillo… Joder, qué estúpido.

Armando lo ayudó a sentarse y examinó el tobillo con cuidado. Ya comenzaba a hincharse ligeramente. No parecía una lesión grave, pero sí lo suficientemente dolorosa como para impedirle caminar con normalidad.

—Tenemos que ponerte hielo —dijo Armando, preocupado—. No fuerces.

Lo ayudó a regresar hasta la toalla y colocó el pie en alto. Fue hasta un puesto cercano y regresó con hielo envuelto en una bolsa. Lo colocó con cuidado sobre el tobillo inflamado.

Daniel estaba en silencio, mirando su pie con una expresión que iba más allá del dolor físico.

—Esto es una señal… —murmuró.

Armando lo miró.

—¿Qué quieres decir?

Daniel soltó una risa amarga, con los ojos vidriosos.

—Llevo más de dos semanas sin entrenar de verdad.

Solo sexo, paseos y placer. Mi cuerpo está acostumbrado a seis horas diarias de entrenamiento intenso.

Y ahora, por una tontería, me lesiono. ¿Sabes lo que significa esto en mi mundo?

Un tobillo hinchado puede significar semanas fuera de las barras.

Y una lesión más grave podría acabar con mis posibilidades en la competencia estatal.

Hizo una pausa, respirando con dificultad.

—Esto me recuerda quién soy realmente, Armando.

No soy solo el chico que hace el amor contigo en la playa o que se enamora bajo las estrellas.

Soy un gimnasta. Tengo una carrera, una disciplina, una vida estructurada en Monterrey.

Y si sigo así… voy a perder todo por lo que he trabajado durante años.

Armando tomó su mano, pero Daniel continuó, con la voz quebrada:

—Tal vez esto sea el universo diciéndome que no puedo tener las dos cosas. Que no puedo tenerte a ti y seguir siendo quien se supone que debo ser.

El dolor en su tobillo era fuerte, pero el dolor emocional era mucho más profundo. Por primera vez en muchos días, la realidad de su vida fuera de Zipolite se sentía aplastante.

Armando lo abrazó con fuerza, sosteniéndolo mientras Daniel luchaba por contener las lágrimas.

—No digas eso —susurró Armando—. Una lesión menor no define tu futuro. Pero entiendo que te asuste. Estamos juntos en esto, ¿recuerdas?

Daniel asintió, pero en su mirada había una sombra nueva.

La lesión, aunque pequeña, había abierto de nuevo la puerta al miedo. El miedo a elegir. El miedo a perder. El miedo a que su sueño con Armando fuera incompatible con la vida que había construido durante años.