Capítulo 31 Bungalow en la selva
Al día siguiente, Armando sorprendió a Daniel con una propuesta:
—Quiero llevarte a un lugar especial. Lejos de todo. Solo tú y yo.
Alquiló una moto más grande y empacaron una pequeña mochila con ropa ligera, comida y protector solar.
Salieron de Zipolite por la carretera que serpenteaba hacia el interior, dejando atrás el bullicio de la playa.
El paisaje cambió gradualmente: las palmeras dieron paso a vegetación más densa, colinas verdes y un aire más húmedo y cálido.
Después de casi una hora de camino, llegaron a un pequeño bungalow aislado en la selva, a solo unos minutos de una playa privada poco conocida.
Era una construcción rústica pero hermosa: madera oscura, techo de palma, una terraza amplia con hamaca y vista hacia el mar a lo lejos.
Estaba completamente aislado. No había otros huéspedes cerca.
Armando había reservado el lugar por una noche.
Cuando entraron, Daniel miró alrededor con una mezcla de sorpresa y emoción.
—Esto es… perfecto —dijo en voz baja.
Armando se acercó por detrás y lo abrazó por la cintura, besando su nuca.
—Necesitábamos esto. Un lugar donde el mundo no nos alcance por un rato.
Dejaron las cosas y salieron a explorar los alrededores.
Caminaron hasta una pequeña cascada cercana, se bañaron en el agua fría y cristalina, y regresaron al bungalow cuando el sol comenzaba a bajar.
La tensión sexual entre ellos había estado creciendo durante todo el día: miradas prolongadas, roces intencionales, besos robados en el camino.
Al caer la noche, encendieron algunas velas y luces suaves en la terraza. Cenaron comida que habían traído: frutas, queso, pan y vino. La conversación fluyó con naturalidad, pero había una electricidad palpable en el aire.
Después de la cena, Armando tomó a Daniel de la mano y lo llevó hasta la hamaca grande de la terraza. Se sentaron juntos, balanceándose suavemente. El sonido de la selva —insectos, aves nocturnas y el lejano romper de las olas— los envolvía.
Armando besó el cuello de Daniel con lentitud, saboreando su piel. Daniel inclinó la cabeza, dejando escapar un suspiro. Sus manos comenzaron a explorarse con mayor urgencia. Armando deslizó sus dedos bajo la camiseta de Daniel, acariciando sus abdominales marcados y subiendo hasta sus pectorales.
—Te deseo tanto… —murmuró Armando contra su piel.
Se besaron con creciente intensidad. El beso empezó suave pero rápidamente se volvió profundo y hambriento. Sus lenguas se enredaron con pasión mientras sus cuerpos se presionaban uno contra el otro. Daniel sintió cómo su pene comenzaba a endurecerse dentro del short.
Armando lo levantó de la hamaca sin esfuerzo y lo llevó hasta la cama king size dentro del bungalow.
Lo acostó con cuidado y se colocó encima de él.
Le quitó la camiseta lentamente, besando cada centímetro de piel que quedaba expuesta: el cuello, las clavículas, los pectorales, bajando por los abdominales hasta llegar al borde del short.
Daniel respiraba agitado, con los ojos brillantes de deseo. Armando le bajó el short y el bóxer, liberando su pene completamente erecto. Lo miró con hambre y admiración antes de tomarlo con una mano y acariciarlo lentamente.
—Eres tan hermoso… —susurró antes de bajar la cabeza y tomarlo en su boca.
Lo succionó profundamente, deslizando sus labios hasta la base mientras su lengua presionaba la parte inferior del glande. Daniel soltó un gemido largo y ronco, arqueando la espalda sobre la cama.
—Armando… joder… —susurró, enredando sus dedos en el cabello negro de Armando.
Este no tuvo prisa. Chupaba con devoción, alternando entre movimientos lentos y profundos y rápidos giros de lengua alrededor del glande hinchado.
Una mano masajeaba los testículos pesados de Daniel mientras la otra apretaba con fuerza uno de sus glúteos, separándolo ligeramente.
El sonido húmedo y obsceno de la felación llenaba el bungalow, mezclado con los gemidos cada vez más desesperados de Daniel.
Armando levantó la mirada, con los ojos oscuros llenos de deseo, y continuó chupándolo con más intensidad, tragando casi hasta la garganta. Daniel sentía que sus piernas temblaban. El placer era tan intenso que tuvo que morderse el labio para no gritar.
Después de varios minutos, Armando se incorporó, se quitó el short y dejó que su propio pene, duro y venoso, quedara libre. Se colocó sobre Daniel y lo besó con pasión, compartiendo su sabor. Sus cuerpos se frotaban, penes duros rozándose entre sí, dejando rastros de precum.
—Quiero follarte toda la noche —gruñó Armando contra su boca.
Daniel se giró boca abajo y levantó el culo, ofreciéndose sin vergüenza. Armando se arrodilló detrás, separó sus glúteos firmes y escupió directamente sobre su ano antes de hundir la lengua con avidez. Lamió, penetró y succionó con hambre, mientras Daniel gemía y empujaba hacia atrás, buscando más.
Cuando consideró que estaba listo, Armando tomó el lubricante, se untó generosamente y colocó su glande contra la entrada palpitante. Empujó con fuerza y entró de un solo golpe profundo hasta el fondo.
—¡Ahh! —gritó Daniel, apretando las sábanas.
Armando no esperó. Comenzó a follarlo con embestidas fuertes y rápidas, sujetándolo de las caderas. Sus caderas chocaban violentamente contra los glúteos redondos y musculosos de Daniel, produciendo un sonido seco y constante. Cada embestida era profunda, golpeando su próstata sin piedad.
—Así… rómpeme… —suplicaba Daniel, con la cara hundida en la almohada.
Armando lo follaba con pasión salvaje. Sudor corría por su pecho mientras aceleraba el ritmo, tirando del cabello de Daniel con una mano. Cambió de posición, lo puso de lado y levantó una de sus piernas, penetrándolo desde un nuevo ángulo que hacía que Daniel gimiera más alto.
Luego lo colocó boca arriba, le levantó las piernas sobre sus hombros y lo penetró profundamente, mirándolo a los ojos mientras lo follaba. Sus movimientos eran potentes, casi brutales, pero llenos de deseo y conexión.
Daniel se masturbaba con fuerza, su pene rojo e hinchado. Armando lo besaba con agresividad mientras seguía embistiendo.
—Quiero correrme dentro de ti —gruñó.
—Hazlo… lléname…
El orgasmo de Daniel llegó primero. Con un grito gutural, su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras chorros gruesos y abundantes de semen salían disparados, manchando su propio pecho y abdomen. Todo su cuerpo se convulsionó con fuerza.
Armando lo folló durante su orgasmo, prolongándolo, y luego se corrió con un gruñido ronco y profundo. Se enterró hasta el fondo y descargó dentro de Daniel con pulsos fuertes y calientes, llenándolo por completo.
Se quedaron unidos durante varios minutos, respirando agitadamente. Armando se dejó caer sobre Daniel y lo abrazó con fuerza, aún dentro de él. Se besaron con ternura, casi con desesperación, como si necesitaran confirmar que seguían juntos a pesar de todo.
Cuando finalmente Armando se retiró, un torrente de semen escapó del ano enrojecido de Daniel. Lo abrazó con cariño, limpiando suavemente su piel con una toalla húmeda.
—Te amo —susurró Armando contra su cuello, casi sin pensarlo.
Daniel se quedó congelado un segundo, luego lo abrazó más fuerte, con los ojos húmedos.
—Yo también te estoy amando… y eso me aterra.
Se quedaron abrazados el resto de la noche, escuchando los sonidos de la selva. Habían tenido sexo apasionado y salvaje, pero lo que realmente los unía era mucho más profundo.
Y en ese bungalow aislado, por unas horas, el mundo exterior dejó de existir.