Capítulo 30 Momentos de paz
Los dos días siguientes al viaje a Mazunte fueron como un remanso de tranquilidad en medio de la tormenta.
Algo había cambiado después de aquella conversación frente al mar.
No es que todos los problemas hubieran desaparecido —la fecha de regreso de Daniel se acercaba inexorablemente y sus inseguridades seguían presentes—, pero ambos decidieron, de forma silenciosa y mutua, disfrutar del tiempo que les quedaba sin dejar que el miedo lo contaminara todo.
Fueron días tranquilos y profundamente felices.
Una mañana, mientras estaban en la terraza, Daniel apoyó la cabeza en el hombro de Armando y murmuró:
—Nunca había tenido esto. Días en los que no tengo que fingir ser alguien más.
Armando besó su cabello y respondió:
—Entonces vamos a tener más días así.
Pasaban las tardes en playas menos concurridas.
A veces iban a Mazunte nuevamente, otras descubrían pequeñas calas escondidas cerca de Zipolite.
Nadaban, tomaban el sol, leían libros en voz alta y se besaban sin prisa bajo las palmeras.
Armando le enseñó a Daniel a cocinar algunos platillos oaxaqueños sencillos en la pequeña cocina del hotel.
Daniel, a cambio, le mostraba ejercicios básicos de gimnasia en la arena, riendo cuando Armando perdía el equilibrio.
Había una ternura nueva en su relación. Ya no era solo pasión. Eran miradas largas, manos que se buscaban constantemente, silencios cómodos y risas compartidas. Daniel se sentía más ligero. Por momentos lograba olvidar que pronto tendría que regresar al norte.
Una noche, mientras caminaban por la playa bajo la luna, Daniel se detuvo y abrazó a Armando con fuerza.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué? —preguntó Armando, acariciando su espalda.
—Por no rendirte conmigo. Por quedarte aunque soy complicado.
Armando lo separó suavemente para mirarlo a los ojos.
—No eres complicado, Daniel. Eres humano. Y me gustas exactamente así.
Se besaron bajo la luz plateada, con las olas como único testigo. Esa noche hicieron el amor con una mezcla de ternura y pasión contenida, como si ambos supieran que esos momentos de paz eran preciosos y limitados.
Durante esos días también hablaron más del futuro, pero sin presión.
Armando le contó con más detalle sobre su trabajo como diseñador y cómo podría adaptarlo a Monterrey.
Daniel, por primera vez, se permitió imaginar una vida donde no tuviera que esconderse tanto.
Fantaseaban con pequeños detalles: un departamento juntos, desayunos en la cama, viajes de fin de semana.
No todo era perfecto. De vez en cuando la ansiedad regresaba a Daniel, especialmente por las noches, cuando pensaba en su familia. Pero Armando estaba ahí. Lo abrazaba, lo escuchaba y le recordaba que no tenía que enfrentarlo solo.
Fueron días dorados. Días en los que Daniel se permitió ser feliz sin culpa. Días en los que Armando sintió que había encontrado a alguien por quien valía la pena arriesgarse.
Sin embargo, en el fondo de sus mentes, ambos sabían que esa paz era temporal. Las vacaciones de Daniel estaban llegando a su fin. Y con ellas, la realidad que habían estado postergando comenzaría a exigir respuestas.
Pero por ahora, en esos momentos de paz, solo existían ellos dos, el mar y la promesa silenciosa de que intentarían luchar por lo que habían encontrado.