Capítulo 29 Viaje a Mazunte
Al día siguiente de la fuerte discusión, Armando propuso algo inesperado:
—Vayamos a Mazunte. Solo nosotros. Sin fiestas, sin gente. Solo un día para respirar y hablar con calma.
Daniel aceptó. Sabía que ambos necesitaban salir del ambiente cargado de Zipolite, donde cada rincón parecía recordarle sus errores y sus miedos.
Era la segunda vez que visitaban Mazunte juntos. La primera había sido durante los “días de miel”, cuando todo parecía perfecto. Ahora regresaban en medio de una crisis, como si el destino les estuviera dando una segunda oportunidad para enfrentar lo que habían dejado pendiente.
El trayecto en moto fue silencioso. Armando conducía y Daniel iba detrás, abrazándolo por la cintura. El viento cálido golpeaba sus rostros mientras recorrían la carretera costera. Ninguno hablaba mucho, pero el contacto físico era constante, casi como si tuvieran miedo de soltarse.
Al llegar a Mazunte, el pueblo se veía tan tranquilo y colorido como la primera vez. Caminaron por la playa principal, más calmada que Zipolite, y se sentaron en la arena lejos de la gente. El mar estaba más agitado ese día, con olas medianas que rompían con fuerza.
—Siento que todo se está derrumbando —confesó Daniel después de un largo silencio—. La pelea, mi familia, la fecha de regreso… todo me está ahogando.
Armando miró el horizonte antes de responder.
—Yo también estoy asustado. Nunca había sentido algo tan fuerte por alguien en tan poco tiempo. Y eso me aterra, porque sé que cuando te vayas, todo va a cambiar.
Daniel recogió un poco de arena y la dejó caer entre sus dedos.
—Cuando me propusiste mudarte a Monterrey… me emocioné y me paralicé al mismo tiempo. Una parte de mí quiere gritar que sí, que vengas. Pero otra parte me dice que sería egoísta pedirte eso. Que terminarías arrepintiéndote.
Armando se giró hacia él.
—No sería solo por ti, Daniel. Sería por nosotros. Pero entiendo tu miedo. Mudarme significa dejar mi trabajo estable, mi casa, mi ritmo de vida… y empezar de cero en una ciudad donde apenas conozco a nadie. Sería un salto grande.
Se quedaron en silencio un rato, escuchando las olas.
—¿Y si no funciona? —preguntó Daniel con la voz temblorosa—. ¿Qué pasa si en tres meses nos damos cuenta de que no somos compatibles en la vida real? Tú habrás dejado todo por nada.
Armando tomó su mano.
—Esa es la parte que nadie puede garantizar. El amor siempre es un riesgo. Pero yo prefiero arriesgarme y arrepentirme a quedarme aquí preguntándome qué hubiera pasado si hubiera sido valiente.
Daniel lo miró con los ojos brillantes.
—Nunca nadie había estado dispuesto a arriesgar tanto por mí.
—Porque nunca habías dejado que alguien te viera realmente —respondió Armando con ternura—. Ahora me estás dejando verte. Y me gusta lo que veo.
Pasaron el resto del día caminando por el pueblo, comiendo en un pequeño restaurante frente al mar y nadando en una zona tranquila de la playa. Hubo momentos de silencio, algunos besos suaves y conversaciones más ligeras. La tensión seguía presente, pero ya no era tan asfixiante.
Al atardecer, sentados en una roca mirando cómo el sol se hundía en el océano, Daniel apoyó la cabeza en el hombro de Armando.
—No sé qué va a pasar cuando me vaya —susurró—. Pero sé que no quiero perderte.
Armando besó su cabello.
—Entonces no me pierdas. Luchemos por esto.
El viaje a Mazunte no resolvió todos sus problemas, pero les dio algo valioso: claridad. Claridad de que ambos querían intentarlo, a pesar del miedo. Claridad de que la grieta seguía allí, pero aún no era un abismo imposible de cruzar.
Mientras regresaban a Zipolite en la moto bajo la noche estrellada, Daniel abrazó con más fuerza la cintura de Armando.
Por primera vez en varios días, sintió una pequeña esperanza abriéndose paso entre toda la incertidumbre.