Capítulo 28 El punto de quiebre
La propuesta de Armando quedó flotando en el aire durante dos días.
Al principio, Daniel se sintió abrumado por la emoción.
La idea de que alguien estuviera dispuesto a dejar su vida en Oaxaca para mudarse a Monterrey por él le parecía casi irreal.
Pero conforme pasaron las horas, la realidad comenzó a golpear con fuerza.
La noche del segundo día, mientras estaban cenando en la terraza de la habitación, la tensión que había estado creciendo finalmente explotó.
—No puedo pedirte eso —dijo Daniel de repente, dejando los cubiertos sobre la mesa.
Armando lo miró con calma, aunque ya intuía hacia dónde iba la conversación.
—No me lo estás pidiendo. Yo lo estoy ofreciendo.
Daniel negó con la cabeza, visiblemente angustiado.
—Armando, tú tienes tu vida en Oaxaca. Tienes tu trabajo, tu casa, tu tranquilidad. ¿Vas a dejar todo eso para mudarte a una ciudad que ni siquiera conoces, solo porque estamos saliendo hace menos de dos semanas? Eso es una locura.
Armando se inclinó hacia adelante.
—Daniel, no es solo porque “estamos saliendo”. Siento algo muy fuerte por ti. Creo que esto puede ser algo serio. Y estoy dispuesto a hacer sacrificios para intentarlo.
Daniel se levantó de la silla, demasiado nervioso para quedarse sentado.
—¿Y qué pasa si no funciona? ¿Qué pasa si llego a Monterrey, me aterro, y te pido que regreses? ¿O qué pasa si mi familia se entera y todo se vuelve un desastre? Tú no conoces a mi padre. No sabes cómo es vivir escondiéndote todo el tiempo.
Armando también se levantó, intentando mantener la calma.
—Sé que no va a ser fácil. Pero estoy dispuesto a enfrentarlo. ¿Tú no?
La pregunta dolió.
Daniel se pasó las manos por el cabello, frustrado.
—No es que no quiera… es que tengo miedo. Mucho miedo. Tengo mi carrera en gimnasia, mis estudios, mi familia que espera que sea el hijo perfecto. Si tú te mudas, todo se vuelve real. Y si algo sale mal, tú habrás dejado tu vida por nada.
Armando dio un paso hacia él, con la voz más firme.
—Entonces dime, Daniel. ¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres que esto termine cuando te vayas? ¿Quieres que sea solo un bonito recuerdo de vacaciones?
Daniel se quedó callado. Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
—No sé qué quiero… —admitió con la voz quebrada—. Una parte de mí quiere que vengas. Otra parte quiere protegerte de todo el desastre que soy. No quiero que termines odiándome por haberte arrastrado a mi vida complicada.
Armando lo miró con dolor.
—¿Y tú crees que yo no tengo miedo? ¿Crees que para mí es fácil pensar en dejar todo lo que construí en Oaxaca? Pero estoy dispuesto a arriesgarme porque creo en nosotros. Lo que no entiendo es por qué tú siempre buscas una salida antes de que las cosas se pongan difíciles.
Las palabras fueron como un golpe.
Daniel levantó la voz, herido:
—¡Porque siempre soy yo el que termina jodido! ¡Siempre soy yo el que tiene que esconderse, el que tiene que mentir, el que tiene que volver a fingir que es alguien que no soy! ¿Y si te mudas y después de unos meses te das cuenta de que no valgo la pena? ¿Qué voy a hacer entonces?
Armando también elevó el tono, algo poco común en él:
—¡Deja de decidir por mí lo que voy a sentir! ¡Estoy aquí, frente a ti, diciéndote que quiero intentarlo! ¡Pero tú prefieres sabotearlo todo antes de que empiece porque tienes demasiado miedo de que alguien te quiera de verdad!
El silencio que siguió fue ensordecedor.
Daniel tenía lágrimas corriendo por las mejillas. Armando respiraba agitado, arrepentido de haber elevado la voz.
—Daniel… —intentó acercarse.
—No —dijo Daniel, retrocediendo—. Necesito pensar. Esto es demasiado. Todo es demasiado.
Se dio la vuelta y salió a la terraza, cerrando la puerta detrás de él. Armando se quedó, mirando su espalda a través del vidrio, con el corazón apretado.
Por primera vez, la posibilidad real de que todo terminara cuando Daniel regresara a Monterrey se sentía tangible.
La grieta que había aparecido días atrás se había convertido en una fractura profunda.
Y ninguno de los dos sabía si podrían repararla antes de que Daniel tuviera que tomar un autobús de regreso al norte.