Capítulo 27 La propuesta inesperada
La habitación estaba en penumbras. Solo una lámpara pequeña permanecía encendida, proyectando una luz cálida y suave sobre las sábanas revueltas.
Daniel seguía acurrucado contra el pecho de Armando, con los ojos aún húmedos después de su confesión.
El silencio entre ellos era cómodo, pero cargado de intimidad.
Armando acariciaba lentamente el cabello de Daniel, como si estuviera ordenando sus pensamientos. Después de varios minutos, habló con voz baja y serena:
—Sabes… no solo tú tienes miedo. Yo también lo tengo.
Daniel levantó ligeramente la cabeza para mirarlo. Armando continuó:
—Cuando te conocí, no estaba buscando nada.
Llegué a Oaxaca intentando reconstruir mi vida después de una relación que me dejó bastante roto.
Me mudé porque necesitaba distancia de la Ciudad de México, de las fiestas constantes, de las relaciones superficiales.
Quería paz. Quería encontrarme a mí mismo.
Hizo una pausa y respiró profundo.
—Al principio me costó. Vivía solo, trabajaba como freelance desde una pequeña casa cerca de la playa, caminaba mucho…
Intentaba no involucrarme emocionalmente con nadie.
Pero entonces te vi. Varias veces. Caminando solo, con esa mirada perdida.
Y algo en ti me llamó la atención. No fue tu cuerpo, aunque obviamente me gustas mucho.
Fue tu forma de mirar el mar, como si estuvieras buscando respuestas.
Daniel sonrió débilmente y Armando continuó:
—Estos días contigo han sido los mejores que he tenido en mucho tiempo. Me haces reír, me haces pensar, me haces querer ser mejor. Por eso quiero ser honesto contigo sobre lo que he estado pensando.
Se incorporó un poco, apoyando la espalda contra el cabecero de la cama, y miró a Daniel directamente a los ojos.
—Tengo un sueño, Daniel. Quiero quedarme en Oaxaca, pero no para siempre.
Quiero construir algo más estable. Estoy ahorrando para abrir un pequeño estudio de diseño enfocado en proyectos de turismo sustentable y comunidad LGBTQ+ en la costa.
Me gustaría vivir cerca del mar, pero con una vida más tranquila. Con alguien.
Daniel sintió que su corazón se aceleraba. Armando tomó su mano y entrelazó sus dedos.
—Sé que vives en Monterrey. Sé que tienes tu familia, tus estudios y tu carrera en gimnasia. No quiero presionarte… pero estos días me han hecho pensar que tal vez… no quiero que esto termine cuando te vayas.
Armando hizo una pausa, como si estuviera reuniendo valor:
—He estado considerando seriamente la posibilidad de mudarme a Monterrey. Sé que es una locura. Apenas llevamos poco más de una semana juntos, pero siento que esto que tenemos es especial. No quiero que sea solo un romance de vacaciones. Quiero intentarlo de verdad. Contigo.
Daniel se quedó en silencio, procesando lo que acababa de escuchar. Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¿Mudarte a Monterrey? ¿Por mí?
Armando asintió, con una sonrisa nerviosa.
—No sería inmediato. Tendría que organizar mi trabajo, buscar clientes allá, encontrar un lugar donde vivir… Pero sí. Lo estoy considerando muy en serio. Porque por primera vez en mucho tiempo, siento que he encontrado a alguien con quien quiero construir algo real.
Daniel sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas otra vez. Esta vez no eran de tristeza ni de miedo, sino de una emoción abrumadora.
—Nadie nunca había hecho algo así por mí… —murmuró, con la voz quebrada.
Armando lo atrajo hacia sí y lo abrazó con fuerza.
—No lo hago solo por ti. Lo hago porque contigo me siento en casa. Pero solo si tú también quieres intentarlo. No quiero que te sientas presionado.
Daniel se quedó en silencio un largo rato, abrazado a él. Su mente era un torbellino: la imagen de Armando mudándose a Monterrey, enfrentando juntos su familia, empezando una vida real… Era aterrador. Pero también era lo más hermoso que alguien le había ofrecido jamás.
—No sé qué decir… —susurró finalmente—. Solo sé que no quiero perderte.
Armando besó su frente con ternura.
—Entonces no me pierdas. Pensémoslo juntos. Paso a paso.
Se quedaron abrazados en silencio, escuchando el sonido lejano del mar. La propuesta inesperada de Armando había abierto una puerta hacia un futuro que Daniel ni siquiera se había atrevido a imaginar.
Y por primera vez, ese futuro no le parecía tan imposible.