Donde el mar nos desnuda Capítulo 26 Inseguridades
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Capítulo 26 Inseguridades

La tarde siguiente a su intensa reconciliación, Daniel y Armando decidieron quedarse en la habitación. Ninguno de los dos quería salir. El aire aún estaba cargado de esa mezcla de alivio, deseo y vulnerabilidad que había dejado la pelea y el sexo posterior.

Estaban acostados en la cama, desnudos, con las sábanas revueltas alrededor de sus cuerpos. Armando acariciaba lentamente la espalda de Daniel mientras este tenía la cabeza apoyada en su pecho. El silencio era cómodo, pero Daniel sentía que algo pesado aún le oprimía el pecho.

—Armando… —dijo finalmente, con la voz baja y algo temblorosa—. Necesito decirte algo.

Armando detuvo su mano y lo miró con atención.

—Dime todo lo que necesites.

Daniel se incorporó un poco, apoyándose sobre un codo para poder mirarlo a los ojos. Respiró hondo varias veces antes de hablar. Le costaba mucho expresar esto.

—Desde que empezamos… tengo un miedo constante. No solo por los celos o por tener que regresar a Monterrey. Tengo miedo de que solo me quieras por mi cuerpo.

Armando frunció ligeramente el ceño, pero no lo interrumpió.

—Sé que suena estúpido después de todo lo que hemos hablado —continuó Daniel—, pero es algo que me persigue.

Toda mi vida me han valorado por cómo me veo.

En la gimnasia, mis entrenadores me felicitaban más por mi físico que por mi técnica.

En el gimnasio, en las redes, en la playa…

todos siempre se fijan primero en mis glúteos, en mis abdominales, en mi cara.

Nadie se interesaba realmente por quién soy por dentro.

Hizo una pausa, mirando hacia la ventana.

—Cuando llegué aquí, usé eso. Dejé que me usaran y yo usé a otros.

Pero contigo… es diferente. Me tratas con cariño, me escuchas, me ves de una forma que nadie más lo ha hecho.

Y eso me asusta. Porque pienso… ¿qué pasará cuando ya no tenga este cuerpo?

¿Cuando deje la gimnasia, cuando engorde, cuando ya no sea el “chico atractivo de la playa”?

¿Seguirás aquí? ¿O te darás cuenta de que no soy tan interesante sin todo esto?

Daniel tenía los ojos húmedos. Era una de las confesiones más difíciles que había hecho en su vida.

—Siento que no merezco que alguien como tú me quiera de verdad. Siento que en cualquier momento te vas a cansar de mis inseguridades, de mis celos, de mi pasado… y vas a buscar a alguien más estable, alguien que no venga con tanto equipaje.

Se quedó callado, esperando la respuesta con el corazón acelerado.

Armando se incorporó completamente y tomó el rostro de Daniel entre sus manos con mucha ternura. Lo miró directamente a los ojos durante varios segundos antes de hablar.

—Daniel… gracias por decírmelo. Sé que no es fácil para ti abrirte así.

Respiró profundo y continuó con voz calmada pero firme:

—Primero, sí, me atraes físicamente. Mucho.

Tus glúteos, tu espalda, tu forma de moverte…

todo eso me encanta y no voy a mentirte.

Pero no es lo principal. Me gustas porque cuando estás conmigo, te esfuerzas por ser mejor.

Me gustas porque eres capaz de reconocer cuando te equivocas, como ayer.

Me gustas porque detrás de ese cuerpo impresionante hay alguien sensible, apasionado y que está intentando entenderse a sí mismo.

Acarició suavemente la mejilla de Daniel con el pulgar.

—No estoy contigo por tu físico. Estoy contigo porque cuando hablas, quiero seguir escuchándote. Porque cuando te pones nervioso y empiezas a mover las manos, me parece adorable. Porque me haces querer conocer cada parte de ti, incluso las que te dan miedo mostrar.

Daniel tenía lágrimas corriendo por las mejillas. Armando las limpió con delicadeza.

—Tu cuerpo es hermoso, sí. Pero no es lo que me mantiene aquí. Lo que me mantiene aquí eres tú. La persona que eres cuando estás vulnerable, como ahora.

Daniel se dejó caer contra su pecho y lo abrazó con fuerza. Armando lo rodeó con sus brazos y besó su cabello.

—Vamos a trabajar en esto juntos —susurró Armando—. No tienes que cargar solo con estas inseguridades. Estoy aquí.

Daniel cerró los ojos, sintiendo cómo una parte pesada dentro de él comenzaba, muy lentamente, a aflojarse.

Por primera vez en mucho tiempo, se permitió creer que tal vez alguien podía quererlo más allá de su apariencia.