Capítulo 25 Reconciliación ardiente
Daniel no pudo esperar hasta el mediodía.
Después de pasar toda la noche reflexionando y casi sin dormir, se levantó temprano, fue a su habitación, se duchó y caminó directamente hacia la habitación de Armando.
El corazón le latía con fuerza. Tenía miedo de que Armando estuviera demasiado dolido, de que ya no quisiera verlo.
Pero también sentía una necesidad urgente de arreglar las cosas.
Llegó frente a la puerta y tocó con los nudillos. Pasaron unos segundos eternos antes de que Armando abriera. Llevaba solo un short suelto y tenía ojeras. Era evidente que tampoco había dormido bien.
—Daniel… —dijo Armando, visiblemente sorprendido.
—Vine a pedirte perdón —soltó Daniel sin preámbulos, con la voz temblorosa—. Fui un idiota. Te dije cosas horribles que no pensaba. Estaba asustado y lo pagué contigo. Lo siento mucho.
Armando lo miró en silencio durante unos segundos. Luego dio un paso al frente y lo abrazó con fuerza. Daniel se derrumbó contra su pecho, escondiendo la cara en su cuello.
—No vuelvas a alejarte así —susurró Armando, con la voz ronca—. Me volviste loco de preocupación.
—Lo sé… perdóname.
Se quedaron abrazados un largo rato en la puerta. Luego Armando lo hizo pasar y cerró la puerta detrás de ellos. Apenas estuvieron dentro, el ambiente cambió. La tensión acumulada de la pelea, la distancia de un día y el deseo reprimido explotaron de golpe.
Armando tomó el rostro de Daniel con ambas manos y lo besó con intensidad.
No fue un beso tierno. Fue hambriento, casi desesperado.
Sus lenguas se enredaron con fuerza, mordiéndose los labios, respirando agitadamente.
Daniel gimió contra su boca y apretó su cuerpo contra el de Armando, sintiendo inmediatamente cómo ambos se endurecían.
—Te extrañé tanto… —gruñó Armando entre besos, bajando las manos por la espalda de Daniel hasta agarrar sus glúteos con fuerza.
—Yo también… joder, yo también.
Armando lo empujó contra la pared con urgencia. Le quitó la camiseta de un tirón y atacó su cuello, mordiendo y chupando con fuerza, dejando marcas rojizas. Daniel echó la cabeza hacia atrás, gimiendo. Sus manos recorrían la espalda desnuda de Armando, clavando las uñas.
Armando bajó por su pecho, lamiendo y mordiendo sus pezones. Siguió bajando hasta arrodillarse frente a él. Le bajó el short y el bóxer de un solo movimiento, liberando el pene grueso y completamente erecto de Daniel. Sin decir nada, se lo metió hasta la garganta en un solo movimiento.
—Ahh… mierda… —gimió Daniel, sujetando su cabello con ambas manos.
Armando lo chupó con agresividad, moviendo la cabeza con fuerza, succionando con hambre mientras una mano apretaba sus glúteos y la otra masajeaba sus testículos. No había delicadeza esta vez. Era sexo crudo, cargado de toda la frustración y el deseo acumulado durante la pelea y la distancia.
Después de varios minutos intensos, Armando se levantó, giró a Daniel con brusquedad y lo empujó contra la pared, de espaldas a él. Le separó los glúteos con ambas manos y escupió directamente sobre su ano antes de hundir la lengua con fuerza.
Daniel soltó un gemido ronco y empujó hacia atrás, buscando más profundidad. Armando comía su culo con verdadera desesperación, penetrándolo con la lengua mientras gruñía contra su piel.
—Armando… por favor… te necesito dentro… —suplicó Daniel.
Armando se levantó, se bajó el short y presionó su pene duro y caliente contra la entrada de Daniel. No usó lubricante adicional. Solo escupió una vez más y empujó.
Daniel soltó un grito ahogado cuando Armando entró de un solo golpe profundo.
Daniel soltó un grito ahogado, apoyando las manos contra la pared mientras sentía cómo su ano era abierto con fuerza. No hubo suavidad esta vez. Armando lo sujetó con firmeza de las caderas y comenzó a follarlo con embestidas fuertes y rápidas, casi salvajes.
—Joder… sí… —gruñó Armando, mordiendo el hombro de Daniel mientras lo penetraba sin piedad—. Te extrañé tanto… extrañé estar dentro de ti.
Cada embestida hacía que los glúteos firmes de Daniel rebotaran. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llenaba la habitación. Armando lo follaba con rabia contenida, con todo el miedo y la frustración del día anterior convertido en deseo puro.
Daniel gemía sin control, empujando hacia atrás para encontrarse con cada estocada. Su ano apretaba con fuerza el pene grueso de Armando, quien entraba y salía con velocidad, golpeando su próstata sin descanso.
Armando lo giró con brusquedad, lo levantó en el aire sujetándolo de los glúteos y lo empaló nuevamente mientras lo sostenía. Daniel rodeó su cintura con las piernas y se aferró a su cuello, gimiendo contra su boca mientras Armando lo follaba de pie, con embestidas potentes y profundas.
—Más fuerte… rómpeme… —suplicó Daniel, desesperado.
Armando lo llevó hasta la cama y lo arrojó boca abajo.
Se colocó encima de él, lo penetró nuevamente y comenzó a follarlo con fuerza bruta.
Sus caderas chocaban violentamente contra los glúteos redondos de Daniel, produciendo un sonido seco y constante.
Lo sujetaba del cabello con una mano mientras con la otra apretaba uno de sus glúteos, abriéndolo más.
—Eres mío… ¿me entiendes? —gruñó Armando contra su oído—. Solo mío.
—Sí… tuyo… solo tuyo… —respondía Daniel entre gemidos.
Armando lo folló en esa posición durante varios minutos, luego lo puso en cuatro patas.
Desde atrás, las embestidas eran aún más profundas.
Daniel tenía la cara hundida en las sábanas, el culo en alto, completamente entregado.
Armando lo penetraba con furia, sus testículos chocando contra los de Daniel con cada golpe.
Cambió de posición una vez más. Se acostó en la cama y sentó a Daniel encima de él.
Daniel comenzó a cabalgarlo con fuerza, bajando con violencia sobre su pene, haciendo que sus glúteos rebotaran sonoramente contra los muslos de Armando.
Este lo sujetaba de las caderas y lo ayudaba a moverse, embistiendo hacia arriba con igual intensidad.
—Así… móntame fuerte —exigió Armando, mirándolo con ojos oscuros de deseo.
Daniel cabalgaba con posesión, sudando, gimiendo, con el pene rebotando contra su abdomen. Armando se incorporó, lo abrazó con fuerza y lo besó mientras seguían follando. Sus cuerpos estaban completamente pegados, sudorosos y ardientes.
Daniel fue el primero en llegar al clímax. Con un grito ronco y prolongado, su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras eyaculaba con fuerza, disparando chorros espesos de semen entre sus cuerpos, manchando el abdomen y el pecho de ambos.
Armando lo folló durante su orgasmo, prolongándolo, y luego lo giró nuevamente poniéndolo boca arriba. Le levantó las piernas y lo penetró con renovada intensidad, buscando su propio clímax. Sus embestidas eran brutales, profundas y rápidas.
—Voy a llenarte… —gruñó.
Con un gemido gutural y largo, Armando se corrió violentamente dentro de Daniel. Pulsos fuertes y abundantes de semen caliente inundaron su interior. Siguió embistiendo mientras se corría, como si quisiera marcarlo por completo.
Cuando finalmente se detuvo, ambos estaban exhaustos, sudados y temblando. Armando se dejó caer sobre Daniel, aún dentro de él, y lo abrazó con fuerza. Daniel lo rodeó con brazos y piernas, sujetándolo como si tuviera miedo de que desapareciera.
Durante varios minutos solo se escucharon sus respiraciones agitadas y algún beso ocasional en el cuello o los hombros.
—Perdóname… —susurró Daniel con la voz quebrada—. Fui un imbécil. No quiero perderte.
Armando levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Tenía la mirada suave a pesar del sexo intenso.
—No voy a ir a ningún lado —respondió, besándolo con ternura—. Pero necesitamos hablar cuando estemos calmados. No quiero que los celos o el miedo nos destruyan.
Daniel asintió, con los ojos húmedos.
—Quiero intentarlo en serio contigo. Quiero ser mejor.
Armando sonrió con cariño y lo besó suavemente en los labios.
—Entonces lo intentaremos juntos.
Se quedaron abrazados, aún unidos, dejando que el sudor se enfriara sobre su piel. La reconciliación había sido tan intensa como la pelea.
Y por primera vez después de la grieta, ambos sintieron que su conexión era más fuerte.