Capítulo 24 Distancia temporal
Daniel no durmió en la habitación esa noche.
Apenas durmió. Las palabras que se habían dicho resonaban una y otra vez:
«Tal vez esto no deba funcionar.»
«¿Eso es lo que piensas? ¿Que soy un puto…?»
Al amanecer, tomó una decisión difícil pero necesaria.
Le escribió a Armando:
Daniel:
«Necesito un día para mí. Para pensar. No me busques hoy, por favor. Mañana hablamos.»
La respuesta de Armando llegó casi de inmediato:
Armando:
«Entiendo. Tómalo con calma. Estaré aquí cuando quieras hablar. Cuídate, por favor.»
Daniel apagó el teléfono y lo guardó en el fondo de su mochila.
Pasó el día completamente solo, algo que no había hecho desde que conoció a Armando.
Regresó a la zona nudista donde todo había comenzado.
Se quitó la ropa, extendió una toalla y se tumbó bajo el sol.
Miró a su alrededor: cuerpos desnudos, miradas cargadas de deseo, gente buscando encuentros casuales.
Hace apenas dos semanas y media, él era uno más entre ellos.
Ahora todo se sentía ajeno.
Se sentó en la orilla, dejando que las olas bañaran sus piernas. Allí, en silencio, comenzó a confrontar sus emociones con crudeza.
Se sentía avergonzado.
Había descargado sobre Armando toda su inseguridad, sus celos y el miedo al futuro.
Lo había acusado injustamente, lo había herido con palabras duras, todo porque no sabía cómo manejar lo que estaba sintiendo.
Por primera vez se daba cuenta de la magnitud de su propio equipaje: el clóset en Monterrey, la presión familiar, los encuentros vacíos que había tenido al llegar, y ahora el terror profundo de perder a la primera persona que realmente le importaba.
«¿Cómo pude decirle esas cosas?»
Recordó la ternura de Armando, su paciencia, la forma en que lo había abrazado después de la pelea a pesar de todo. Y él había respondido con desconfianza y rabia. Se sentía egoísta. Inmaduro. Indigno de alguien como Armando.
También pensó en su futuro cercano. En pocos días tendría que regresar a Monterrey. A su familia conservadora, a los entrenamientos exigentes, a fingir ser alguien que ya no quería ser. La idea de separarse de Armando le provocaba un dolor físico en el pecho.
Pasó la tarde caminando por la playa, solo. En un momento se detuvo y miró hacia el horizonte. Las lágrimas llegaron sin pedir permiso. Lloró en silencio, sentado en la arena, dejando que el mar se llevara parte de su angustia.
Se dio cuenta de algo importante:
Estaba profundamente enamorado de Armando.
Y ese amor lo aterrorizaba. Porque significaba ser vulnerable, significaba arriesgarse, significaba enfrentar todo lo que había estado evitando.
Al atardecer, regresó caminando lentamente hacia su hotel. No entró en la habitación. Se sentó en la playa frente a la ventana de la habitación 12 y se quedó mirando la luz encendida dentro. Imaginó a Armando solo, tal vez triste o decepcionado por su comportamiento.
Sintió un dolor profundo.
—Fui un idiota… —murmuró para sí mismo.
Se quedó allí hasta que la noche cayó por completo. No tenía ganas de buscar a nadie, ni de beber, ni de huir. Solo quería estar consigo mismo y entender qué era lo que realmente deseaba.
Por primera vez en todo el viaje, Daniel entendió que la verdadera libertad no consistía en follar sin compromiso, sino en tener el valor de amar aunque doliera.
Y esa noche, sentado solo en la arena, tomó una decisión silenciosa:
Mañana buscaría a Armando.
Mañana intentaría reparar la grieta que él mismo había abierto.