Capítulo 23 La grieta
A la tarde siguiente, los días de miel comenzaron a mostrar sus primeras fisuras.
Daniel y Armando habían pasado la mayor parte del día juntos, pero la ansiedad de Daniel por la llamada de su familia seguía latente, aunque intentaba disimularla. Caminaban por la zona más animada de la playa cuando se encontraron con un grupo de conocidos de Armando.
Entre ellos estaba Diego, el mismo chico con el que Daniel había visto a Armando hablando días atrás.
—¡Armando! —exclamó Diego con una gran sonrisa, acercándose a abrazarlo con evidente familiaridad.
El abrazo duró más de lo que Daniel consideró necesario. Diego colocó una mano en la espalda baja de Armando mientras hablaban, y reía con facilidad a todo lo que él decía. Los demás del grupo también saludaron a Armando con cariño, como si fuera alguien muy querido en la comunidad local.
Daniel se quedó un paso atrás, forzando una sonrisa. Sentía cómo la inseguridad crecía dentro de él como una marea negra. Recordaba perfectamente las palabras de Armando: “solo un amigo”. Pero la forma en que Diego lo miraba y tocaba no parecía la de un simple amigo.
Mientras conversaban, Diego mencionó con naturalidad:
—Oye, ¿te acuerdas de aquella noche en la fogata hace dos semanas? Todavía me río de cómo terminamos…
Armando rio y cambió rápidamente de tema, pero el daño ya estaba hecho.
Daniel sintió un golpe en el pecho. “Hace dos semanas”.
Justo cuando él estaba teniendo sus encuentros más salvajes y vacíos.
Mientras él se dejaba follar por extraños, Armando había estado compartiendo fogatas y risas con este chico.
El grupo los invitó a una fiesta esa misma noche. Armando aceptó de forma amable, diciendo que irían un rato. Cuando se despidieron, Diego abrazó nuevamente a Armando y, antes de soltarlo, le susurró algo al oído que hizo que este sonriera.
Daniel permaneció en silencio mientras caminaban de regreso.
—¿Estás bien? —preguntó Armando al notar su expresión.
—Sí —respondió Daniel secamente.
Pero no estaba bien.
Esa noche, en la habitación, la tensión explotó.
—¿Puedes explicarme qué carajos fue eso? —soltó Daniel apenas cerraron la puerta.
Armando lo miró confundido.
—¿De qué hablas?
—De Diego. De cómo te abraza, de cómo te toca, de cómo te susurra cosas al oído. Me dijiste que era solo un amigo, pero se comporta como si tuviera derecho sobre ti.
Armando suspiró, intentando mantener la calma.
—Daniel, ya te expliqué. Tuvimos algo muy casual antes de que yo me mudara a Oaxaca. Fue hace meses. Ya no hay nada entre nosotros.
—¿Y por qué actúa como si todavía lo hubiera? —replicó Daniel, elevando la voz—. ¿Y por qué aceptaste ir a esa fiesta sin siquiera consultarme? ¿Quieres ir a revivir viejos tiempos?
Armando frunció el ceño, visiblemente molesto por primera vez.
—Estás siendo injusto. Yo no te he reclamado nada sobre tu pasado, a pesar de que sé que tuviste varios encuentros cuando llegaste. Te estoy respetando. ¿Por qué tú no puedes hacer lo mismo?
La frase golpeó a Daniel con fuerza. Era la primera vez que Armando mencionaba directamente su pasado sexual.
—¿Eso es lo que piensas? ¿Que soy un puto que se acostó con medio Zipolite y ahora tengo que agradecer que alguien como tú me quiera?
—No dije eso —respondió Armando, intentando acercarse.
Daniel se alejó.
—¡Pero lo pensaste! Lo veo en tu cara. Te doy asco, ¿verdad? Después de haberme visto con otros, ahora que estamos juntos te molesta que tenga celos. ¡Pues claro que tengo celos! Porque mientras yo estaba siendo un desastre, tú estabas aquí conociendo gente “interesante” como Diego.
El silencio que siguió fue pesado.
Armando se pasó una mano por el cabello, visiblemente frustrado.
—Daniel… entiendo que tengas inseguridades. Entiendo que tu familia te presiona y que tienes miedo. Pero no puedes pagarlo conmigo. No es justo que cada vez que alguien me salude o me abrace tú explotes. Si no confías en mí, esto no va a funcionar.
Daniel sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero las contuvo con rabia.
—Tal vez esto no deba funcionar —murmuró con amargura—. Tal vez solo soy otra aventura de playa para ti.
Armando se quedó mirándolo, dolido.
—No digas eso… por favor.
Daniel se dio la vuelta, dándole la espalda.
—Necesito estar solo un rato.
Salió a la terraza y cerró la puerta corrediza detrás de él. Armando se quedó dentro de la habitación, sentado en la cama con la cabeza entre las manos.
Por primera vez desde que se conocieron, apareció una grieta real entre ellos.
Y Daniel, en medio de su tormenta interior, no sabía si tenía la fuerza suficiente para repararla.