Capítulo 22 Mañana perezosa
Daniel se levantó con el cuerpo pesado y la mente aún nublada por la llamada de sus padres.
La ansiedad seguía allí, latente como una sombra en el fondo de su pecho.
Sin embargo, el calor del cuerpo de Armando pegado a su espalda actuaba como un ancla.
Su brazo rodeaba su cintura con posesión suave, y su respiración calmada le hacía cosquillas en la nuca.
La habitación estaba bañada por una luz dorada suave.
El sol de la mañana entraba por la ventana sin cortinas, iluminando los cuerpos desnudos entrelazados sobre las sábanas revueltas.
Daniel se quedó quieto varios minutos, simplemente sintiendo.
Sintiendo la piel cálida de Armando contra la suya, el peso de su brazo, el roce ocasional de su pene semierecto contra sus glúteos.
Armando se removió lentamente y besó su hombro con ternura.
Se besaron con mayor profundidad. Sus lenguas se encontraron con calma, explorándose sin prisa. Las manos de Armando recorrieron la espalda de Daniel, bajando con lentitud hasta posarse sobre sus glúteos firmes y redondos, apretándolos con suavidad. Daniel soltó un suspiro contra su boca.
—Estabas tenso —susurró Armando entre besos—. ¿Quieres que te ayude a relajarte?
Daniel asintió, mordiéndose el labio inferior. Todavía cargaba la ansiedad de la llamada, la presión de su familia, el miedo al futuro. Pero aquí, en esta cama, con Armando, todo parecía más manejable.
Armando lo empujó con delicadeza hasta dejarlo boca arriba y se colocó encima de él.
Comenzó a besarlo desde el cuello, bajando con lentitud por su clavícula, sus pectorales y sus abdominales marcados.
Se tomó su tiempo en cada zona, lamiendo y succionando suavemente.
Cuando llegó a la línea de vello que bajaba hacia el ombligo, Daniel ya estaba completamente erecto.
Armando levantó la mirada con una sonrisa traviesa y tomó el pene grueso de Daniel con una mano.
Lo acarició lentamente de arriba abajo, sintiendo cómo palpitaba y soltaba precum.
Luego se lo llevó a la boca con deliberada lentitud.
Su lengua rodeó el glande, saboreándolo, bajando por toda la longitud hasta llegar a los testículos, que lamió y succionó con cuidado.
Daniel gemía suavemente, con una mano en el cabello de Armando. Sus caderas se movían instintivamente, buscando más profundidad. Armando lo chupó con devoción durante varios minutos, alternando entre movimientos lentos y profundos y pequeños besos en la punta sensible.
Después, Armando subió nuevamente y lo besó en la boca, compartiendo su propio sabor.
Se colocó entre las piernas de Daniel y levantó sus muslos, exponiendo completamente su ano.
Bajó la cabeza y comenzó a lamerlo con paciencia.
Su lengua trazaba círculos alrededor del esfínter, presionando suavemente, entrando y saliendo con lentitud.
Daniel arqueó la espalda y soltó un gemido más largo, sujetando las sábanas con fuerza.
—Armando… por favor… —suplicó, con la voz entrecortada.
Armando continuó el beso negro durante varios minutos más, intercalando lamidas largas y profundas con suaves mordidas en los glúteos.
Luego se incorporó, tomó el lubricante de la mesita de noche y se untó generosamente.
Colocó su pene, duro y venoso, contra la entrada de Daniel y lo miró a los ojos.
—¿Estás listo? —preguntó con ternura.
Daniel asintió, con los ojos brillantes de deseo y algo más profundo.
Armando empujó lentamente, entrando centímetro a centímetro en su interior. Daniel soltó un largo gemido cuando lo sintió llenarlo por completo. Una vez dentro, Armando se quedó quieto, besándolo con pasión mientras sus cuerpos se adaptaban.
Comenzó a moverse con embestidas lentas y profundas.
Cada vez que entraba hasta el fondo, Daniel sentía cómo su ano era completamente llenado, cómo el grosor del pene de Armando rozaba y presionaba su próstata con una precisión que le arrancaba gemidos largos y entrecortados.
—Así… despacio… —suplicó Daniel, con los ojos entrecerrados.
Armando obedeció. Sus caderas se movían en un ritmo constante y ondulante, saliendo casi por completo para luego volver a hundirse hasta la base. El sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenaba la habitación, mezclándose con los gemidos suaves de Daniel y el rumor lejano del mar.
Armando se inclinó sobre él, apoyando los antebrazos a los lados de su cabeza, y lo besó con pasión mientras lo penetraba.
Sus lenguas se enredaron, compartiendo saliva y respiraciones agitadas.
Daniel rodeó la espalda de Armando con sus brazos, clavando ligeramente las uñas en su piel moreno claro cada vez que una embestida golpeaba especialmente profundo.
—Te siento tan adentro… —gimió Daniel contra sus labios.
Armando aceleró ligeramente el ritmo, pero mantuvo la sensualidad. Cambió el ángulo de sus caderas y comenzó a golpear directamente la próstata de Daniel con cada estocada. El placer era tan intenso que Daniel arqueaba la espalda y apretaba los glúteos alrededor del pene invasor.
Armando se incorporó, sujetó las piernas de Daniel y las colocó sobre sus hombros.
Desde esta posición podía penetrarlo más profundamente.
Sus embestidas se volvieron más potentes, aunque seguían siendo controladas.
El pene grueso entraba y salía con facilidad, lubricado por el exceso de precum y lubricante.
Cada impacto hacía que los glúteos firmes y redondos de Daniel rebotaran ligeramente.
—Eres tan hermoso cuando te corres así… —susurró Armando, observándolo con deseo y cariño.
Daniel se masturbaba con la mano al mismo ritmo de las embestidas. Su pene estaba hinchado, rojo y soltaba hilos constantes de líquido transparente. Armando lo follaba con movimientos circulares, estimulando cada terminación nerviosa de su interior.
Cambió de posición una vez más. Se sentó en la cama y sentó a Daniel encima de él, en posición vaquera.
Daniel bajó lentamente sobre su pene, sintiendo cómo lo llenaba por completo.
Apoyó las manos en el pecho de Armando y comenzó a moverse, subiendo y bajando con movimientos fluidos y sensuales.
Sus glúteos musculosos se contraían y expandían con cada bajada, tragando el pene hasta la base.
Armando lo sujetaba de la cintura, ayudándolo a moverse, besando su pecho y mordiendo suavemente sus pezones. Daniel tenía la cabeza echada hacia atrás, gimiendo sin vergüenza mientras cabalgaba con más fuerza.
—Quiero que te corras dentro de mí… —suplicó Daniel, acelerando el movimiento de sus caderas.
Armando lo abrazó con fuerza y comenzó a embestir hacia arriba, follándolo desde abajo con intensidad. El sonido de sus cuerpos chocando era fuerte y húmedo. El sudor corría por sus torsos. Daniel sentía que estaba a punto de explotar.
Armando lo giró con cuidado y lo colocó boca abajo.
Se acostó completamente sobre él, cubriéndolo con su cuerpo, y lo penetró profundamente desde atrás.
Sus caderas se movían con fuerza, golpeando contra los glúteos firmes de Daniel.
Lo besaba en la nuca, en el cuello y en los hombros mientras lo follaba con pasión.
—No pares… por favor… —gemía Daniel contra la almohada.
Armando deslizó una mano debajo de él y comenzó a masturbarlo con movimientos rápidos y firmes. Daniel ya no aguantaba más. Todo su cuerpo se tensó.
—Armando… voy a correrme…
—Hazlo, mi amor. Córrete para mí.
El orgasmo de Daniel fue largo y poderoso. Su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras gruesos chorros de semen salían disparados, manchando las sábanas y su propio abdomen. Todo su cuerpo temblaba y se convulsionaba de placer.
Armando lo siguió casi inmediatamente. Lo abrazó con fuerza, enterró su rostro en su cuello y se corrió profundamente dentro de él con un gemido ronco y prolongado. Daniel pudo sentir cada pulso, cada chorro caliente de semen llenándolo por completo.
Se quedaron unidos durante varios minutos, respirando agitadamente. Armando seguía dentro de Daniel, abrazándolo con ternura desde atrás, besando su nuca y sus hombros sudorosos.
Cuando finalmente se retiró con cuidado, un torrente de semen blanco escapó del ano ligeramente abierto de Daniel. Armando lo abrazó con fuerza y lo giró para que quedaran frente a frente.
—¿Estás bien? —preguntó, acariciando su mejilla.
Daniel tenía los ojos húmedos, no solo por el placer intenso, sino por la emoción. Asintió y se acurrucó contra su pecho.
—Más que bien… —susurró—. Contigo todo se siente diferente. Me haces sentir seguro… incluso cuando tengo miedo.
Armando lo abrazó más fuerte y besó su frente.
—Vamos a estar bien, Daniel. Pase lo que pase cuando regreses a Monterrey… no estás solo en esto.
Daniel cerró los ojos, dejando que el calor del cuerpo de Armando lo envolviera. La ansiedad de la llamada de su familia seguía presente, pero en ese momento, entre sus brazos, se sentía capaz de enfrentarla.