Capítulo 21 La llamada de Monterrey
A la mañana siguiente de la noche en la playa, Daniel despertó con una sonrisa en los labios.
Armando aún dormía a su lado, con un brazo alrededor de su cintura.
La luz del sol entraba suavemente por la ventana, iluminando sus cuerpos desnudos entrelazados.
Daniel se quedó observándolo unos minutos, sintiendo una calidez en el pecho que ya empezaba a resultarle familiar.
Se levantó con cuidado, se puso un short y salió a la terraza. El mar estaba calmado y el aire olía a sal y a café de alguna habitación cercana. Se sentía feliz. Realmente feliz. Por primera vez en mucho tiempo, Zipolite estaba cumpliendo algo más que solo placer físico.
Su teléfono vibró sobre la mesa. Era una videollamada de su madre. Daniel dudó un segundo, pero contestó.
—Hola, mamá —saludó, intentando sonar casual.
—¡Hijo! ¿Cómo estás? Ya casi no nos llamas. Tu padre y yo estábamos preocupados.
La imagen de su madre apareció en la pantalla. Detrás de ella se veía la sala de su casa en Monterrey, tan familiar y tan lejana al mismo tiempo. Daniel sintió un nudo inmediato en el estómago.
—Estoy bien, mamá. Disfrutando mucho. La playa es hermosa.
—¿Y los entrenamientos? ¿Has podido hacer ejercicio allá? No vayas a perder la forma, Daniel. La competencia estatal es en menos de dos meses.
Daniel suspiró internamente. Incluso en vacaciones, la presión por su carrera en gimnasia no desaparecía.
—Sí, he estado haciendo ejercicio… —respondió, omitiendo que la mayor parte de su “ejercicio” había sido de otro tipo.
Su padre entró en cuadro, con el ceño fruncido como de costumbre.
—Oye, Daniel, ¿estás solo o qué? No vayas a estar haciendo tonterías por allá. Ya sabes cómo es esa playa… llena de gente rara. No te vayas a meter en problemas.
Daniel sintió que su cuerpo se tensaba. “Gente rara”. Sabía perfectamente a qué se refería su padre. Esa frase era su forma disimulada de advertirle sobre cualquier cosa que no fuera heterosexual.
—Estoy tranquilo, papá. Solo descansando.
La conversación continuó durante varios minutos más. Su madre le preguntó sobre la comida, el clima y si había conocido “buenas personas”. Su padre insistió en que no descuidara sus rutinas y que regresara “con la cabeza bien puesta”. Cada palabra aumentaba la ansiedad de Daniel.
Cuando colgó, se quedó mirando el mar con la mirada perdida. La burbuja perfecta que había construido con Armando en los últimos días parecía de pronto muy frágil.
Armando salió a la terraza minutos después, solo con un short, y abrazó a Daniel por detrás, besando su hombro.
—¿Todo bien? Te escuché hablando.
Daniel tardó en responder.
—Era mi familia… —dijo finalmente, con voz baja—. A veces se me olvida que tengo que regresar a Monterrey. A esa vida.
Armando lo giró con suavidad para mirarlo a la cara.
—¿Te pusieron presión?
—Siempre lo hacen —respondió Daniel con amargura—. Mi papá con sus comentarios… mi mamá con la preocupación constante. Nadie sabe que soy gay. Nadie sabe que estoy aquí viviendo lo mejor que me ha pasado en años. Y pensar que en unos días tengo que volver y fingir que nada de esto ocurrió…
Armando lo abrazó con fuerza. Daniel se dejó sostener, hundiendo la cara en su cuello. El contraste era brutal: aquí, con Armando, se sentía libre, deseado y visto. En Monterrey, tendría que volver a esconderse, a mentir, a ser el “hijo perfecto” que todos esperaban.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó Armando con ternura.
—No ahora… —susurró Daniel—. Solo abrázame un rato más.
Se quedaron así varios minutos, en silencio. Daniel cerraba los ojos con fuerza, intentando retener la sensación de paz que Armando le transmitía. Pero la llamada había plantado una semilla de ansiedad que ya empezaba a crecer.
Por primera vez desde que había comenzado su relación con Armando, Daniel sintió con claridad el peso de la realidad que se acercaba:
Sus vacaciones tenían fecha de caducidad.
Y su vida en Monterrey seguía esperándolo.