Capítulo 20 Sexo bajo las estrellas
La luna estaba casi llena esa noche, iluminando la playa de Zipolite con una luz plateada y mágica.
Daniel y Armando habían cenado temprano y decidieron caminar por la orilla en lugar de regresar al hotel.
El ambiente entre ellos era eléctrico; llevaban todo el día intercambiando miradas cargadas, roces intencionales y besos robados que sabían a promesa.
Caminaron bastante, alejándose de la zona de bares y fogatas hasta llegar a una parte más solitaria de la playa, donde las palmeras se inclinaban sobre la arena y las rocas formaban pequeñas calas naturales. El sonido de las olas era más fuerte aquí, constante y envolvente.
Armando se detuvo de repente y tomó a Daniel por la cintura, atrayéndolo hacia él con firmeza.
Se besaron con hambre. Ya no era el beso tierno y exploratorio de los primeros días; este era profundo, urgente, lleno de deseo acumulado.
Sus lenguas se enredaron con pasión mientras las manos de Armando recorrían la espalda de Daniel hasta bajar y apretar con fuerza sus glúteos firmes sobre el short.
—Llevo todo el día pensando en esto… —susurró Armando contra sus labios, mordiéndole suavemente el inferior.
Daniel gimió bajito y presionó su cuerpo contra el de Armando, sintiendo claramente cómo su erección crecía. El aire cálido de la noche, el sonido del mar y la luz de la luna creaban una atmósfera casi irreal.
—¿Aquí? —preguntó Daniel, con la voz ronca de excitación.
Armando miró alrededor. Estaban completamente solos. La playa desierta se extendía en ambas direcciones.
—Aquí —confirmó, besándolo de nuevo con más intensidad.
Comenzaron a desnudarse mutuamente con prisa pero sin torpeza.
La camiseta de Daniel cayó primero sobre la arena, seguida de la de Armando.
Las manos exploraban con avidez: Daniel recorrió el pecho y abdomen de Armando, mientras este besaba y mordía su cuello, bajando hasta sus pectorales.
Chupó uno de sus pezones con fuerza, haciendo que Daniel arqueara la espalda y soltara un gemido más alto.
Cuando ambos quedaron solo con sus shorts, Armando empujó suavemente a Daniel contra una roca grande y lisa. Se arrodilló frente a él y bajó el short de un tirón, liberando su pene grueso y completamente erecto. Sin decir nada, se lo metió a la boca hasta el fondo en un solo movimiento.
—Joder… Armando… —gruñó Daniel, sujetando su cabello.
Armando lo chupó con pasión, moviendo la cabeza con ritmo constante mientras una mano masajeaba sus testículos y la otra apretaba uno de sus glúteos. La luna iluminaba su rostro mientras succionaba, y Daniel no podía dejar de mirarlo. Era una imagen increíblemente erótica.
Después de varios minutos, Armando se levantó y lo besó, compartiendo su propio sabor. Giró a Daniel con firmeza, colocándolo de cara a la roca. Bajó su short hasta los tobillos y se arrodilló nuevamente detrás de él.
Separó sus glúteos musculosos con ambas manos y hundió la cara entre ellos. Su lengua atacó el ano de Daniel con avidez: lamía, penetraba y succionaba con hambre. Daniel gemía sin control, empujando hacia atrás contra la boca de Armando, sintiendo cómo su lengua entraba lo más profundo posible.
—Te quiero ahora… —suplicó Daniel, con la voz quebrada.
Armando se incorporó, se bajó el short y presionó su pene duro y caliente contra la entrada de Daniel. Había traído un pequeño sobre de lubricante en el bolsillo (anticipando este momento). Se untó generosamente y colocó el glande contra el ano palpitante de Daniel.
—Dime si te duele —susurró Armando contra su oído, besando su nuca.
Empujó lentamente. Daniel soltó un largo gemido cuando el grosor de Armando lo abrió. Poco a poco, centímetro a centímetro, Armando entró completamente en él hasta que sus caderas chocaron contra sus glúteos.
Se quedaron quietos unos segundos, disfrutando de la sensación de estar completamente unidos bajo la luz de la luna y el sonido del mar.
Luego, Armando comenzó a moverse.
Armando comenzó a moverse con embestidas lentas pero profundas. Cada vez que entraba hasta el fondo, Daniel sentía cómo su ano era completamente llenado, cómo el grosor de Armando rozaba su próstata con precisión. El placer era intenso, casi abrumador.
—Dios… Armando… —gimió Daniel, apoyando los antebrazos contra la roca.
Las olas rompían cerca de ellos, salpicando ligeramente sus piernas.
La luna iluminaba la escena con una luz plateada que hacía brillar sus cuerpos sudorosos.
Armando sujetaba con fuerza las caderas de Daniel, sus dedos hundidos en la carne firme de aquellos glúteos redondos y musculosos que tanto lo volvían loco.
Aceleró el ritmo poco a poco. Sus caderas chocaban contra los glúteos de Daniel produciendo un sonido húmedo y obsceno que se mezclaba con el rugir del mar.
Cada embestida era más fuerte, más profunda.
Armando salía casi por completo, dejando solo el glande dentro, y luego volvía a entrar de un golpe hasta la base, golpeando la próstata de Daniel sin piedad.
Daniel gemía sin control. Su propio pene, duro como piedra, golpeaba contra su abdomen con cada embestida, soltando hilos gruesos de precum que caían sobre la arena.
Armando se inclinó sobre su espalda, mordiendo su hombro mientras lo follaba con más intensidad.
—Te sientes increíble… tan apretado, tan caliente —gruñó contra su oído.
Cambió de posición. Sacó su pene con un sonido húmedo y giró a Daniel, colocándolo de espaldas contra la roca.
Le levantó una pierna, la apoyó en su cadera y volvió a penetrarlo de frente.
Ahora podían mirarse a los ojos mientras follaban.
Armando lo besaba con pasión, mordiendo sus labios, mientras sus caderas se movían con fuerza.
Daniel tenía una mano en la nuca de Armando y la otra apretando uno de sus propios glúteos, abriéndolo más para recibir cada embestida. El ángulo era perfecto. Cada vez que Armando entraba, rozaba directamente su próstata, enviando descargas de placer por todo su cuerpo.
—Más fuerte… por favor… —suplicó Daniel.
Armando obedeció. Lo folló con embestidas brutales, rápidas y profundas. El sonido de sus cuerpos chocando era más fuerte que las olas. El sudor corría por sus torsos. Daniel tenía la cabeza echada hacia atrás, gimiendo con la boca abierta, completamente entregado.
Armando lo bajó luego a la arena. Colocó una toalla que habían traído y acostó a Daniel boca arriba.
Le levantó las piernas, las apoyó sobre sus hombros y volvió a penetrarlo profundamente.
Desde esta posición podía mirarlo a la cara mientras lo follaba.
Sus movimientos eran potentes, casi salvajes, pero sus ojos seguían llenos de esa mezcla de deseo y cariño que lo caracterizaba.
Daniel se masturbaba con fuerza al mismo ritmo de las embestidas. Su ano estaba hinchado, sensible y completamente entregado al pene de Armando.
—Voy a correrme… —advirtió Daniel con la voz quebrada.
—Hazlo. Quiero verte correrme mientras estoy dentro de ti —respondió Armando, follándolo aún más rápido.
El orgasmo de Daniel fue devastador. Su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Armando mientras gruesos chorros de semen salían disparados de su pene, cayendo sobre su pecho, abdomen e incluso hasta su cuello.
Todo su cuerpo se convulsionó, sus glúteos apretando con fuerza, sus piernas temblando sobre los hombros de Armando.
Armando no aguantó mucho más. Con unas cuantas embestidas profundas y brutales, se enterró hasta el fondo y se corrió con un gruñido ronco y largo. Daniel pudo sentir perfectamente cómo su pene palpitaba dentro de él, soltando chorros calientes y abundantes de semen en su interior.
Se quedaron unidos durante varios minutos, respirando agitadamente. Armando se dejó caer sobre Daniel, aún dentro de él, y lo besó con ternura. Sus cuerpos sudorosos y cubiertos de arena se abrazaron con fuerza bajo la luz de la luna.
Cuando finalmente Armando se retiró, un torrente de semen escapó del ano enrojecido y abierto de Daniel, bajando por su hendidura hasta la arena. Armando lo miró con deseo y acarició suavemente esa zona sensible.
Se limpiaron lo mejor que pudieron con la toalla y se acostaron juntos sobre ella, desnudos, mirando las estrellas. Armando abrazó a Daniel por detrás, besando su nuca y sus hombros.
—¿Estás bien? —preguntó con voz suave.
—Más que bien —respondió Daniel, todavía temblando ligeramente—. Esto fue… intenso.
Armando sonrió contra su piel.
—Contigo todo se siente diferente. Más real.
Se quedaron en silencio un largo rato, escuchando el mar. Daniel sentía el semen de Armando aún dentro de él, cálido, y una extraña paz mezclada con el cansancio del placer.
Bajo las estrellas de Zipolite, en esa playa que lo había visto llegar lleno de deseo y vacío, Daniel se permitió sentir por completo lo que estaba naciendo entre ellos.
Era pasión.
Era ternura.
Era miedo.
Era amor.