Capítulo 19 Días de miel
Los siguientes días fueron como un sueño dulce y luminoso.
Después de la conversación profunda en la playa, algo cambió entre ellos.
La vulnerabilidad que Daniel había mostrado pareció abrir una puerta.
Armando no solo aceptó sus inseguridades, sino que las trató con una paciencia y cariño que Daniel nunca había recibido.
Eso hizo que, poco a poco, las defensas de Daniel comenzaran a bajar.
Pasaron los siguientes dos días prácticamente inseparables.
La mañana siguiente se despertaron juntos en la habitación de Daniel.
Armando preparó café en la pequeña cafetera del hotel y desayunaron en la terraza, desnudos, mientras veían el mar.
No hicieron el amor esa mañana; simplemente se besaron, se acariciaron y hablaron durante horas.
Era una intimidad distinta, más tranquila, más profunda.
Por la tarde, Armando lo llevó a una playa escondida a veinte minutos caminando.
Allí pasaron varias horas solos, nadando, tomando el sol y besándose entre las olas.
Armando no podía dejar de tocarlo: pasaba los dedos por su espalda, por sus glúteos firmes, por su abdomen marcado, pero siempre con una ternura que desarmaba a Daniel.
—Nunca me canso de mirarte —le confesó Armando en la tarde mientras estaban acostados en la arena—. Pero me gusta más aún cuando sonríes.
Daniel se sonrojó. Todavía no estaba acostumbrado a recibir halagos que no fueran puramente sexuales.
Al día siguiente, rentaron una moto y fueron hasta Mazunte.
Recorrieron el pueblo de la mano, comieron en un restaurante con vista al mar y compraron pulseras artesanales que se pusieron el uno al otro.
Por la noche, en el camino de regreso, se detuvieron en un mirador.
Armando abrazó a Daniel por detrás mientras miraban las estrellas.
—Esto se siente bien —susurró Armando contra su cuello—. Muy bien.
Daniel giró la cabeza y lo besó con intensidad.
Esa noche hicieron el amor nuevamente en la habitación.
Fue más apasionado que la primera vez, pero seguía cargado de esa conexión emocional que los distinguía.
Armando se tomó su tiempo para explorar cada parte del cuerpo de Daniel: besó sus glúteos con devoción, lamió su ano con lentitud, y lo penetró mirándolo a los ojos.
Los días transcurrían entre risas, besos robados, caminatas por la playa al atardecer y conversaciones que se extendían hasta la madrugada. Daniel se sentía como en una burbuja. Por momentos olvidaba que sus vacaciones tenían fecha de caducidad.
Sin embargo, no todo era perfecto. De vez en cuando, las inseguridades regresaban como sombras. Cuando caminaban por la playa y algún hombre miraba con deseo el cuerpo de Daniel, este se tensaba. Armando lo notaba y, sin decir nada, tomaba su mano con más fuerza o lo besaba en la sien.
En noche, mientras cenaban en un pequeño restaurante iluminado con velas, Daniel lo miró fijamente y dijo:
—Siento que estoy viviendo un sueño. Tengo miedo de despertarme.
Armando extendió la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos.
—Entonces hagamos que este sueño dure lo más posible.
Daniel sonrió, pero en el fondo de su mente seguía la cuenta regresiva. Solo quedaban pocos días de sus dos semanas en Zipolite. Pronto tendría que regresar a Monterrey, a su vida real, a su familia conservadora y a sus entrenamientos.
Pero por ahora, se permitía disfrutar.
Se permitía enamorarse.
Esos días de miel fueron los más felices que Daniel había vivido. Por primera vez sentía que no solo estaba siendo deseado… estaba siendo amado.
Y aunque el miedo aún rondaba en las sombras, la luz que Armando traía a su vida era mucho más fuerte.