Donde el mar nos desnuda Capítulo 18 Tormenta interior
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Capítulo 18 Tormenta interior

Daniel pasó la noche casi sin dormir. Daba vueltas en la cama, con el cuerpo aún recordando el calor de Armando y la mente convertida en un torbellino de pensamientos contradictorios.

Cada vez que cerraba los ojos, las imágenes se alternaban sin piedad: los gemidos de placer con Raúl entre las rocas, el cuerpo de Matteo follándolo contra la puerta, Alex y Diego usándolo por turnos…

y luego, la ternura abrumadora de Armando besándolo despacio, mirándolo a los ojos mientras hacían el amor.

Se levantó antes del amanecer, salió a la terraza de su habitación y se sentó en la hamaca, mirando el mar oscuro. El aire estaba fresco y salado. Se abrazó las rodillas y respiró profundamente, pero el peso en su pecho no disminuía.

«¿Qué estoy haciendo?»

Sentía algo por Armando que iba mucho más allá de lo físico.

Era la primera vez que alguien lo veía de verdad, que lo tocaba con cariño en lugar de solo con deseo.

La noche anterior había sido una de las experiencias más bonitas de su vida.

Sin embargo, en lugar de sentirse feliz y en paz, estaba aterrado.

Se sentía indigno.

Cada recuerdo de sus encuentros anteriores lo golpeaba como un latigazo.

¿Cómo podía pretender construir algo real con Armando cuando apenas unos días antes había dejado que dos desconocidos lo follaran al mismo tiempo en una cabaña?

¿Cómo podía mirar a los ojos a alguien como Armando —maduro, paciente, honesto— sabiendo que su cuerpo había sido usado de formas tan superficiales?

El teléfono vibró sobre la cama. Otro mensaje de un número desconocido (probablemente Raúl desde otro teléfono). No lo abrió. Lo silenció y lo arrojó lejos.

Las lágrimas llegaron sin aviso. No eran de tristeza exactamente, sino de frustración y confusión. Se sentía dividido en dos:

Una parte de él quería correr hacia Armando, abrazarlo y decirle que quería intentarlo en serio.

La otra parte, la más ruidosa, le gritaba que no merecía a alguien como él. Que tarde o temprano Armando descubriría cómo había sido realmente su primera semana en Zipolite y se alejaría.

—¿Por qué todo tenía que ser tan complicado? —murmuró para sí mismo, limpiándose las lágrimas con rabia.

Se duchó con agua fría, intentando aclarar sus pensamientos, pero solo consiguió sentirse más agitado. Cuando Armando le escribió a media mañana preguntándole si quería pasar el día juntos, Daniel dudó varios minutos antes de responder. Finalmente aceptó, pero con un nudo en la garganta.

Se encontraron en la playa. Armando llegó con su sonrisa habitual y una bolsa con fruta fresca. Lo saludó con un beso suave en los labios. Daniel respondió, pero su cuerpo estaba tenso.

Caminaron un rato. Armando hablaba con entusiasmo sobre un proyecto de diseño en el que estaba trabajando, pero pronto notó que Daniel estaba distante.

—¿Pasó algo? —preguntó Armando deteniéndose—. Estás raro desde ayer.

Daniel se quedó callado un largo rato, mirando el mar. Las olas rompían con fuerza, como si reflejaran su estado interno. Finalmente, se sentó en la arena y Armando lo imitó.

—No sé cómo explicarlo… —empezó Daniel con voz temblorosa—. Contigo me siento bien. Mejor que bien. La noche que pasamos juntos fue… hermosa. Nadie me había tratado así. Pero al mismo tiempo me siento como un fraude.

Armando frunció el ceño, preocupado.

—¿Por qué te sentirías un fraude?

Daniel respiró hondo y, con mucha dificultad, comenzó a abrirse:

—Antes de conocerte… tuve varios encuentros.

Demasiados. Y no fueron como lo nuestro.

Fueron solo sexo. Rápido, sucio, sin ningún sentimiento.

A veces ni siquiera sabía sus nombres completos.

Y ahora… ahora estoy aquí contigo, sintiendo cosas que nunca había sentido, y no puedo dejar de pensar que no te merezco.

Que en cualquier momento vas a darte cuenta de cómo era yo realmente y vas a arrepentirte.

Su voz se quebró. Las lágrimas volvieron a aparecer.

—También vi cuando hablaste con ese chico ayer… y me puse celoso. Muy celoso. Sé que es estúpido, que apenas estamos empezando, pero no pude evitarlo. Me imaginé que tenías algo mejor con él, alguien menos complicado, alguien que no llega con todo este equipaje.

Armando se quedó en silencio, procesando todo. Luego, con mucha ternura, tomó la mano de Daniel.

—Escúchame —dijo con voz firme pero suave—. No soy un santo. Yo también tuve mis noches locas aquí y en la Ciudad de México. Todos tenemos un pasado. Lo importante no es lo que hacías antes de conocerme, sino lo que quieres hacer a partir de ahora.

Acarició los nudillos de Daniel con el pulgar.

—Los celos son normales, Daniel. Sobre todo cuando estás empezando a sentir algo real. Pero necesito que confíes en mí. Y yo necesito confiar en ti. Si esto va a funcionar, tenemos que ser honestos, aunque sea incómodo.

Daniel lo miró con los ojos enrojecidos.

—¿No te molesta saber cómo era yo hace unos días?

Armando negó con la cabeza.

—Me molestaría si siguieras buscando eso ahora. Pero no es el caso. Estás aquí, conmigo, abriéndote aunque te cueste. Eso es lo que me importa.

Daniel se inclinó hacia adelante y escondió la cara entre sus manos. Armando lo abrazó con fuerza, acariciando su espalda. Se quedaron así un largo rato, mientras las olas seguían rompiendo.

—Estoy aterrado —confesó Daniel contra su pecho—. Nunca había sentido esto por nadie. Y no quiero arruinarlo.

—No lo vas a arruinar —susurró Armando, besando su cabello—. Vamos a ir paso a paso. Juntos.

Daniel cerró los ojos y se dejó abrazar. La tormenta interior seguía allí, rugiendo con fuerza, pero por primera vez sentía que no estaba solo en medio de ella.