Capítulo 17 Celos tempranos
Se quedó quieto varios minutos, disfrutando del contacto. Sentía el pecho de Armando contra su espalda, sus piernas enredadas y una ligera molestia agradable en su ano, recuerdo de la noche anterior. Sonrió sin poder evitarlo.
Armando se removió y besó su hombro con ternura.
—Buenos días… —murmuró con voz ronca de sueño.
—Buenos días —respondió Daniel, girándose para mirarlo.
Se besaron lentamente, sin la urgencia del deseo sexual, solo con cariño. Fue un beso perezoso, lleno de sonrisas y pequeños roces de labios. Armando acarició con suavidad la curva de uno de los glúteos de Daniel, pero no fue un toque sexual, sino cariñoso.
—Anoche fue increíble —susurró Armando—. No solo el sexo… todo.
Daniel sintió que su corazón se hinchaba. Se acurrucó más contra su pecho y permanecieron así un rato, hablando en voz baja sobre nada y sobre todo.
Decidieron pasar la mañana juntos. Desayunaron en el mismo café de días atrás y luego caminaron por la playa. Todo parecía perfecto. Daniel se sentía ligero, feliz de una forma nueva.
Pero esa paz comenzó a resquebrajarse por la tarde.
Estaban sentados en una palapa tomando coco fresco cuando el teléfono de Daniel vibró. Lo sacó sin mucho interés y abrió los mensajes.
Era Raúl.
Raúl:
«Ey güero, ¿qué onda? Desapareciste después de esa noche. Todavía me acuerdo de ese culo tuyo rebotando. ¿Quieres repetir hoy? Estoy libre toda la tarde 😏»
Daniel sintió un nudo inmediato en el estómago. Bloqueó la pantalla rápidamente, pero Armando ya había notado el cambio en su expresión.
—¿Todo bien? —preguntó con suavidad.
—Sí… solo spam —mintió Daniel, forzando una sonrisa.
Guardó el teléfono, pero el mensaje ya había dejado un mal sabor. Recordó con claridad aquella primera tarde entre las rocas, las embestidas fuertes de Raúl, cómo lo había usado sin mayor conexión. Ahora, después de la noche con Armando, ese recuerdo le provocaba náuseas.
Intentó disfrutar el resto de la tarde, pero la semilla de la inseguridad ya estaba plantada.
Más tarde, mientras caminaban por la playa, Armando vio a alguien conocido a lo lejos.
—Espera un segundo —dijo Armando—. Es un amigo de la Ciudad de México que también está por aquí. Voy a saludarlo rápido.
Daniel asintió y se quedó esperando bajo una palmera.
Desde la distancia vio cómo Armando se acercaba a un chico alto, de cabello castaño y cuerpo definido.
Se saludaron con un abrazo efusivo y comenzaron a hablar animadamente.
El chico reía con facilidad y colocó una mano en el brazo de Armando mientras conversaban.
Daniel sintió un calor desagradable subir por su pecho.
Los vio reír juntos. El chico parecía muy cómodo con Armando, casi coqueteando. Se acercó un poco más para intentar escuchar, pero solo captó fragmentos: “…deberíamos salir una noche”, “…te extrañé mucho cuando te fuiste de Oaxaca”.
Los celos llegaron como una ola inesperada y violenta.
«¿Quién carajos es este tipo?», pensó Daniel, apretando los puños. «¿Por qué lo abraza así? ¿Por qué Armando se ríe tanto?»
Su mente, acostumbrada a las dinámicas superficiales de la playa, comenzó a imaginar lo peor.
Quizás Armando había tenido algo con ese chico antes.
Quizás solo estaba siendo “amable” con Daniel mientras mantenía otras opciones.
Quizás la noche anterior no había significado tanto para él como para Daniel.
Cuando Armando regresó, todavía sonreía.
—Era Diego, un amigo de hace tiempo —explicó con naturalidad—. Me invitó a una fogata esta noche, pero le dije que ya tenía planes contigo.
Daniel intentó sonreír, pero le salió forzado.
—¿Solo un amigo? —preguntó, tratando de sonar casual.
Armando lo miró con atención, notando el cambio en su tono.
—Sí, solo un amigo. Tuvimos algo muy casual hace meses, antes de que yo me mudara, pero ya no hay nada. ¿Por qué? ¿Estás bien?
Daniel se encogió de hombros, pero por dentro hervía. No dijo nada más. Caminaron de regreso en silencio, un silencio que ya no era cómodo.
Esa noche, en su habitación, Daniel volvió a revisar los mensajes. Raúl le había enviado otro:
Raúl:
«Si cambias de opinión avísame. Extraño cómo te sentías por dentro 🔥»
Daniel bloqueó el número con rabia y tiró el teléfono sobre la cama.
Se sentó en el borde del colchón, con la cabeza entre las manos.
La inseguridad lo consumía. Armando le había mostrado algo hermoso, algo real…
pero ¿y si no era suficiente? ¿Y si Armando terminaba buscando a alguien más “experimentado”, menos complicado, o simplemente alguien que no cargara con toda esta inseguridad?
Por primera vez desde que había empezado a sentir algo por Armando, Daniel tuvo miedo real.
Miedo de perderlo.
Miedo de no ser suficiente.
Miedo de que su pasado en Zipolite terminara contaminando lo único bueno que le había pasado en este viaje.
Se acostó mirando el techo, con el corazón apretado.
La ternura de la noche anterior seguía presente en su piel, pero ahora estaba ensombrecida por los celos tempranos que acababan de despertar.