Donde el mar nos desnuda Capítulo 14 Snorkel y confesiones
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Capítulo 14 Snorkel y confesiones

Daniel llegó al punto de encuentro poco antes de las nueve de la mañana. Armando ya estaba allí, revisando el equipo de snorkel que había rentado: dos máscaras, dos tubos y dos pares de aletas. Llevaba solo un short de baño negro y una camiseta ligera que se quitó en cuanto vio llegar a Daniel.

—Buenos días —saludó Armando con su sonrisa cálida habitual—. ¿Listo para ver otro lado de Zipolite?

—Listo —respondió Daniel, aunque por dentro seguía sintiendo esa mezcla de nervios y confusión que no lo había abandonado desde el desayuno del día anterior.

Tomaron un pequeño bote con un pescador local que Armando conocía y navegaron unos quince minutos hasta una cala semioculta, lejos de las zonas más concurridas. El agua era cristalina, de un turquesa impresionante.

Se pusieron el equipo y se lanzaron al mar. Durante los primeros minutos solo se dedicaron a nadar y observar. Debajo de ellos, el mundo submarino cobraba vida: cardúmenes de peces de colores brillantes, corales suaves y alguna tortuga que pasó cerca de ellos con elegancia.

Cuando salieron a la superficie para descansar, se sostuvieron en unas rocas cercanas. Ambos respiraban agitados y sonreían.

—Es increíble —dijo Daniel quitándose la máscara—. Nunca había visto algo así.

—Este lugar es especial —respondió Armando—. Aquí uno se siente pequeño… de una buena manera.

Se quedaron flotando un rato, hablando de cosas ligeras. Pero poco a poco la conversación se volvió más profunda, como solía ocurrir cuando estaban juntos.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Daniel de pronto, aprovechando un momento de silencio—. Nunca te lo había preguntado.

—Veintiuno —respondió Armando con naturalidad, sacudiendo el cabello mojado—. Cumplí veintiuno hace tres meses. ¿Y tú?

—Diecinueve —dijo Daniel—. A veces siento que tengo menos experiencia de la que debería tener a esta edad.

Armando sonrió suavemente y se acercó un poco más, flotando a su lado.

—No creas. Yo a los diecinueve era un desastre. Creía que sabía todo sobre el amor y las relaciones, pero en realidad no sabía nada. Tuve mi primera relación seria a los diecisiete y terminó muy mal. Fue una de las razones por las que decidí visitar Oaxaca. Necesitaba distancia de todo.

Daniel lo miró con atención. Era fácil imaginar a Armando como alguien maduro, pero escuchar que solo tenía veintiuno le resultaba interesante. Había una madurez en él que no concordaba con su edad.

—¿Y por qué decidiste venir aquí solo? —preguntó Armando, mirándolo con curiosidad genuina.

Daniel respiró profundo y, por primera vez, se abrió más de lo que había planeado:

—Porque en Monterrey me sentía atrapado.

Todos esperan que sea el atleta perfecto, el hijo responsable, el chico heterosexual que va a triunfar en la gimnasia.

Nadie sabe que soy gay. O al menos, nadie lo sabía hasta hace poco.

Vine aquí buscando… no sé, ser libre. Ser deseado.

Sentir que mi cuerpo servía para algo más que para competir.

Hizo una pausa y continuó con voz más baja:

—Y durante los primeros días lo conseguí. Tuve varios encuentros. Algunos muy intensos. Pero después de cada uno me sentía peor. Como si estuviera usando mi cuerpo para llenar un vacío que ni siquiera entiendo.

Armando lo escuchaba sin interrumpir, con una expresión serena y comprensiva. No había juicio en su mirada.

—Te entiendo más de lo que crees —dijo finalmente—.

Yo también pasé por esa etapa. Sexo como escape.

A veces funcionaba por unas horas, pero después llegaba la resaca emocional.

Por eso ahora prefiero ir más despacio. Cuando estoy contigo…

siento que no necesito apresurar nada. Me gusta cómo eres cuando no estás tratando de ser lo que los demás esperan.

Daniel sintió un calor subir por su cuello. Estaban flotando muy cerca. Podía ver las gotas de agua en las pestañas de Armando y la forma en que el sol hacía brillar su piel moreno claro.

—¿No te parezco atractivo? —preguntó Daniel de repente, casi sin poder contenerse—. Físicamente, digo.

Armando soltó una risa suave y sincera.

—Daniel… eres increíblemente atractivo. Tienes un cuerpo que llama la atención de medio Zipolite. Pero no quiero que seas solo eso para mí. Quiero conocerte más allá de tu físico. Quiero que cuando pase algo entre nosotros, sea porque los dos lo deseamos de verdad, no porque la playa nos empuja.

Daniel se quedó callado, procesando. Esa respuesta lo desarmaba y lo atraía al mismo tiempo.

Siguieron snorkeando un rato más, pero la conexión emocional ya se había profundizado. Al regresar a la playa, mientras caminaban de vuelta con el equipo, Armando le dijo:

—Gracias por contarme todo eso. Sé que no es fácil abrirse.

—Gracias a ti por escuchar —respondió Daniel.

Esa tarde, mientras regresaba solo a su hotel, Daniel no podía dejar de pensar en Armando. En sus veintiún años, en su madurez, en la forma tan diferente en que lo trataba.

Por primera vez, el miedo al vacío empezaba a mezclarse con otra emoción nueva y aterradora:

La ilusión.