Capítulo 15 La primera noche juntos
Esa misma tarde, después del snorkel, Armando le envió un mensaje sencillo:
«¿Te gustaría cenar conmigo esta noche? Conozco un lugar tranquilo con buena comida y mejor vista.»
Daniel aceptó casi sin pensarlo. A las siete y media, se encontró con Armando en la entrada de su hotel.
Esta vez Daniel había elegido con más cuidado: una camisa blanca ligera que marcaba sutilmente su torso atlético y un short negro que, sin ser ajustado, aún resaltaba sus glúteos firmes.
Armando llevaba una camisa de lino azul claro y un short beige. Se veía fresco y relajado.
Caminaron juntos por la playa hasta llegar a un pequeño restaurante llamado “Estrella de Mar”, construido sobre pilotes de madera con vista directa al océano. Las mesas estaban iluminadas con velas y faroles suaves. El ambiente era íntimo sin ser pretencioso.
Se sentaron en una mesa al borde, desde donde podían ver cómo las olas brillaban bajo la luz de la luna. Pidieron pescado a la talla, arroz con coco, guacamole y dos cervezas frías.
La conversación comenzó ligera, pero pronto, como siempre ocurría entre ellos, se volvió profunda.
—Hoy, mientras hacíamos snorkel, me di cuenta de algo —dijo Daniel, mirando su vaso—. Eres la primera persona con la que he pasado tanto tiempo aquí sin que todo gire alrededor del sexo.
Armando sonrió suavemente y asintió.
—Es raro, ¿verdad? En Zipolite parece que esa es la moneda de cambio principal. Pero yo ya estoy cansado de eso. He tenido muchas noches divertidas… y muchas mañanas vacías.
Daniel lo miró con curiosidad.
—¿Y no tienes miedo de que pase el tiempo y… no pase nada entre nosotros?
Armando se tomó unos segundos antes de responder, mirando el mar.
—Tengo más miedo de arruinar algo bueno por tener prisa.
Me gustas, Daniel. Me gustas de verdad. Pero no solo tu cuerpo, aunque es impresionante.
Me gusta cómo hablas de tu gimnasia, cómo te pones serio cuando hablas de tu familia, cómo te sonrojas cuando te hago un cumplido sincero.
Quiero que cuando llegue el momento de besarte o tocarte, los dos estemos seguros de que queremos lo mismo.
Daniel sintió un calor intenso subir por su pecho. Bajó la mirada hacia su plato, intentando procesar lo que sentía. Era una mezcla extraña: deseo, sí, pero también algo más tierno, más profundo. Algo que nunca había experimentado con los otros chicos.
Durante la cena hablaron de sus vidas con mayor honestidad.
Daniel le contó sobre la presión que sentía en Monterrey, sobre cómo su padre aún hacía comentarios homofóbicos sin saber que su propio hijo era gay, y sobre el miedo que tenía de que su carrera en gimnasia se terminara sin haber vivido realmente.
Armando, por su parte, le habló de su exnovio en la Ciudad de México, de cómo esa relación tóxica lo había dejado con muchas inseguridades, y de por qué había decidido vacacionar y quedarse temporalmente en Oaxaca buscando sanar.
—Sentía que ya había vivido demasiado —comentó Armando con una sonrisa triste—. Ahora quiero vivir más lento. Más honesto.
La cena se extendió por más de dos horas. Cuando terminaron, en lugar de regresar directamente, caminaron por la playa oscura. Solo la luna y algunas luces lejanas iluminaban el camino.
Se sentaron en la arena, uno al lado del otro. El sonido de las olas era hipnótico.
—Sabes… —dijo Daniel en voz baja, mirando el mar— nunca había sentido esto. Con los demás todo era urgente, carnal, casi desesperado. Contigo… siento que puedo respirar. Pero también me pongo nervioso. Muy nervioso.
Armando giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos oscuros brillaban bajo la luz de la luna.
—¿Nervioso por qué?
—Porque estoy empezando a sentir algo por ti —confesó Daniel, con la voz ligeramente temblorosa—. Y no es solo deseo. Es… diferente. Me importas. Me importa lo que piensas, lo que sientes. Y eso me asusta, porque no sé cómo manejarlo.
Armando se quedó en silencio unos segundos. Luego, con mucha delicadeza, colocó su mano sobre la de Daniel en la arena. Fue un contacto simple, sin segundas intenciones, pero cargado de significado.
—A mí también me está pasando —admitió Armando—. Y sí, da miedo. Pero me gusta este miedo.
Se quedaron allí un largo rato, hablando en voz baja, compartiendo silencios cómodos y miradas cada vez más intensas. Daniel sentía mariposas en el estómago. Un revoloteo nuevo, dulce y aterrorizante al mismo tiempo.
Cuando se despidieron frente al hotel de Daniel, Armando lo abrazó con fuerza. Esta vez el abrazo duró más. Daniel hundió la cara en su cuello, inhalando su aroma a mar y piel cálida.
—Descansa —susurró Armando antes de separarse—. Mañana nos vemos si quieres.
Daniel entró a su habitación, cerró la puerta y se recargó contra ella. Su corazón latía con fuerza. Se tocó el pecho, como si necesitara confirmar que esa sensación era real.
Por primera vez en todo el viaje, no pensaba en sexo.
Pensaba en Armando.
En su sonrisa, en su voz, en la forma en que lo miraba.
Y por primera vez, Daniel Cortés se permitió sentir algo que iba mucho más allá del deseo físico.
Estaba empezando a enamorarse.