Capítulo 13 Café con sal
Respondió casi de inmediato y pasó la siguiente hora preparándose.
Se duchó con calma, eligió un short limpio de color beige y una camiseta blanca ajustada que marcaba discretamente su torso atlético.
Se miró en el espejo y, por primera vez en varios días, no se sintió como un objeto sexual. Se sentía… vulnerable.
Armando lo esperaba en la entrada del hotel, con una sonrisa tranquila. Llevaba un short azul marino y una camisa ligera de lino blanca desabotonada en el pecho. Su piel moreno claro brillaba bajo el sol de la mañana.
—Buenos días —saludó Armando—. ¿Dormiste bien?
—Sorprendentemente sí —admitió Daniel.
Caminaron juntos por un sendero que bordeaba la playa hasta llegar a un pequeño café llamado “La Ola Tranquila”. Era un lugar modesto pero encantador: mesas de madera bajo una enramada de palma, vista directa al mar y olor a café recién hecho y pan recién horneado.
Se sentaron en una mesa cerca de la orilla. Armando pidió café negro y unas enchiladas verdes. Daniel optó por huevos a la mexicana y un jugo de naranja.
Mientras esperaban la comida, la conversación fluyó con naturalidad, pero Daniel no podía dejar de analizar cada gesto de Armando.
Esperaba en cualquier momento que la mirada cambiara, que apareciera el deseo evidente, que hiciera algún comentario sobre su cuerpo o que propusiera algo más físico. Pero eso no ocurría.
Armando hablaba con interés genuino. Le preguntó sobre sus rutinas de entrenamiento en gimnasia, sobre cómo era competir y qué sentía cuando estaba en lo alto de las barras. Escuchaba con atención, inclinando ligeramente la cabeza, y hacía preguntas que demostraban que realmente quería conocerlo.
—¿Y tú? —preguntó Daniel, removiendo su jugo con una pajita—. ¿Siempre has sido tan… tranquilo con las personas?
Armando sonrió y dio un sorbo a su café.
—No siempre. Antes era más impulsivo. Creía que la intensidad era la única forma de conectar. Pero después de algunas relaciones que terminaron mal, entendí que la prisa casi siempre mata lo bueno. Prefiero conocer a alguien despacio… ver cómo es realmente cuando no hay máscaras.
Daniel sintió un nudo en el estómago. Esa respuesta era tan distinta a todo lo que había vivido en Zipolite. Con Raúl, Matteo, Alex y Diego todo había sido inmediato: atracción, deseo, sexo. Con Armando parecía que el sexo ni siquiera estaba sobre la mesa.
Eso lo confundía profundamente.
Mientras comían, Daniel no podía evitar observarlo.
Armando tenía una forma hermosa de sonreír, con pequeñas arrugas en los ojos.
Sus manos eran grandes y cuidadosas al sostener los cubiertos.
Hablaba con pasión sobre su trabajo como diseñador, sobre un proyecto que estaba haciendo para promover el turismo sustentable en Oaxaca.
En un momento, Armando se inclinó ligeramente para tomar la sal y sus dedos rozaron sin querer los de Daniel.
Fue un contacto breve, inocente. Daniel sintió un cosquilleo que le recorrió el brazo.
Esperó que Armando aprovechara el momento para hacer algún avance, pero este simplemente sonrió y continuó hablando como si nada.
Esa falta de intención sexual empezaba a desconcertarlo cada vez más.
«¿No le gusto?», pensó Daniel mientras lo miraba. «¿O es que no le parezco atractivo de esa forma?»
La inseguridad lo golpeó. Estaba acostumbrado a que los hombres lo desearan de inmediato. Sus glúteos, su torso, su cara… siempre habían sido su carta de presentación. Con Armando, parecía que todo eso pasaba a segundo plano.
—¿Estás bien? —preguntó Armando al notar que Daniel se había quedado callado.
—Sí… es solo que… —Daniel dudó, pero finalmente lo dijo—: Me cuesta entenderte un poco.
—¿Por qué?
—Porque no intentas nada —confesó Daniel con honestidad—. Todos los que he conocido aquí han sido muy directos. Tú… no. Hablas, escuchas, caminas conmigo… pero no haces ningún avance. No sé si te intereso o si solo eres amable.
Armando lo miró en silencio durante unos segundos. Luego sonrió con ternura, casi con cariño.
—Me interesas, Daniel. Mucho. Pero no quiero apresurar las cosas.
He aprendido que cuando realmente alguien me gusta, prefiero construir algo antes de llegar a la parte física.
Quiero conocerte. Quiero que tú me conozcas a mí.
Y si en algún momento surge algo más… que surja porque los dos lo deseamos de verdad, no porque la playa y el calor nos empujan.
Daniel sintió que su corazón latía más fuerte. Esa respuesta lo desarmó por completo. Bajó la mirada hacia su plato, procesando.
—Nunca nadie me había tratado así —murmuró.
—Entonces me da gusto ser el primero —respondió Armando con suavidad.
Terminaron de desayunar hablando de temas más ligeros, pero la confusión dentro de Daniel no desapareció. Por un lado, se sentía aliviado y atraído por la madurez de Armando. Por otro, su mente —acostumbrada al deseo inmediato— no entendía qué estaba pasando.
Cuando se despidieron cerca del hotel, Armando le dio un abrazo cálido y breve.
—¿Te gustaría hacer snorkel mañana? Conozco un lugar tranquilo.
—Me gustaría —aceptó Daniel.
Mientras veía a Armando alejarse por la playa, Daniel se quedó de pie bajo el sol, con una sola certeza:
Estaba empezando a sentir algo nuevo.
Y eso lo asustaba más que cualquier encuentro sexual que hubiera tenido hasta ahora.