Capítulo 12 Caminata sin prisa
Caminaron uno al lado del otro por la orilla, donde las olas llegaban suaves y espumosas.
El sol ya estaba bajo, tiñendo todo de un dorado cálido que suavizaba los contornos.
Armando mantenía un paso relajado, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Daniel, a su lado, se sentía extrañamente consciente de cada uno de sus propios movimientos.
Después de varios minutos en silencio, Armando habló con voz suave:
—Me gusta caminar a esta hora. El mar cambia mucho cuando el día se despide. Parece que respira más lento.
Daniel asintió, metiendo las manos en los bolsillos de su short. Todavía le costaba acostumbrarse a esta versión de interacciones. No había toqueteos disimulados, ni comentarios sobre su cuerpo, ni esa tensión sexual cargada que había sido constante en los últimos días.
—¿Tú siempre caminas solo? —preguntó Daniel.
—Casi siempre —respondió Armando con una sonrisa ligera—. Me gusta mi propia compañía. Aunque a veces es bueno compartir el silencio con alguien.
Caminaron un tramo más largo sin hablar. Solo se escuchaba el romper suave de las olas y el sonido de sus pasos sobre la arena húmeda. Daniel se sentía raro. Con Raúl, con Matteo, con Alex y Diego, todo había sido rápido, intenso y directo. Con Armando, en cambio, parecía que el tiempo se estiraba.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal? —dijo Armando de pronto.
—Dime.
—¿Viniste a Zipolite buscando algo en específico… o huyendo de algo?
Daniel tardó en responder. Miró hacia el mar, donde el sol ya casi tocaba el horizonte. Recordó las noches anteriores, los cuerpos, los gemidos, la soledad posterior.
—Las dos cosas, creo —admitió finalmente—. En Monterrey todo es muy… rígido. Mi familia, los entrenamientos de gimnasia, la presión de siempre tener que aparentar. Vine buscando libertad. Quería sentir que podía ser yo sin esconderme.
Armando lo escuchaba con atención genuina, sin interrumpir.
—Y lo conseguiste? —preguntó con delicadeza.
Daniel soltó una risa corta y amarga.
—Conseguí sexo. Mucho. Más del que imaginé. Pero… no sé. Después de cada encuentro me siento más vacío que antes.
Era la primera vez que lo admitía en voz alta. Las palabras le pesaron al salir, pero también le quitaron un peso de encima. Armando no lo juzgó. Solo caminó en silencio unos segundos, procesando.
—Es normal —dijo finalmente—. Zipolite es un lugar de excesos. La libertad sexual es hermosa, pero cuando solo hay eso, puede dejar un hueco grande. Muchos venimos buscando llenar algo y terminamos descubriendo que estamos más perdidos de lo que pensábamos.
Daniel lo miró de reojo. La luz dorada del atardecer iluminaba el perfil de Armando, resaltando su mandíbula suave y sus pestañas largas.
—¿Y tú? —preguntó Daniel—. ¿Qué buscas tú aquí?
Armando sonrió con nostalgia.
—Paz, principalmente. Hace un año terminé una relación que me dejó bastante mal. Vine a Oaxaca buscando reconstruirme. Trabajo remoto, camino mucho, conozco gente… pero ya no busco llenar vacíos con cuerpos. Quiero algo que se sienta real.
Se detuvieron cerca de unas rocas grandes. Armando se sentó en una de ellas y Daniel lo imitó. Estaban lo suficientemente cerca como para que Daniel pudiera percibir el aroma suave de su piel, una mezcla de sol, sal y algo fresco.
—¿Sabes qué es lo que más me gustó de ti cuando te vi? —dijo Armando mirándolo directamente.
Daniel sintió que su corazón se aceleraba.
—¿Qué?
—Que parecías perdido. No de una forma triste, sino como alguien que está a punto de encontrarse. Tus ojos… tienen mucha profundidad. No solo eres un cuerpo bonito, Daniel. Se nota que hay mucho más debajo.
Daniel bajó la mirada, sintiendo un calor extraño en el pecho. Nadie le había hablado así. Todos los demás solo habían visto sus glúteos, su abdomen marcado o su atractivo físico. Armando parecía ver más allá.
—Gracias —murmuró—. No estoy acostumbrado a que me hablen de esa forma.
Armando sonrió con ternura.
—Entonces me alegra ser el primero.
Continuaron caminando. La conversación fluyó con mayor naturalidad.
Daniel le habló de su pasión por la gimnasia, de lo duro que era competir y de su miedo a que su carrera terminara sin que él hubiera vivido realmente.
Armando compartió que había estudiado en la Ciudad de México, que había tenido que salir del clóset frente a una familia complicada y cómo había encontrado en el diseño y en la playa una forma de sanar.
Cuando el cielo ya estaba completamente teñido de violeta y las primeras estrellas aparecían, se detuvieron.
—Debería regresar al hotel —dijo Daniel, aunque en realidad no quería que la caminata terminara.
—Claro —respondió Armando sin presionarlo—. Me gustó mucho platicar contigo, Daniel. Si quieres repetir mañana… sin presiones, solo caminar o tomar algo, avísame.
Intercambiaron sus números de celular y se despidieron con un abrazo breve pero cálido. Armando olía a mar y a algo reconfortante. Cuando se separaron, Daniel sintió una extraña sensación de pérdida.
Caminó de regreso a su hotel con la cabeza llena de pensamientos. Por primera vez en el viaje, no pensaba en sexo ni en cuerpos. Pensaba en la forma en que Armando lo había mirado, en cómo había escuchado, en la calma que transmitía.
Se acostó en su cama esa noche y, por primera vez desde que llegó a Zipolite, no se sintió solo.
Sintió esperanza.