Capítulo 9 La resaca del cuerpo
Daniel salió de la cabaña poco después del mediodía.
Alex y Diego aún dormían profundamente cuando él se vistió en silencio, recogió su short blanco y cerró la puerta con cuidado.
El sol lo golpeó con fuerza apenas puso un pie en la arena.
Entrecerró los ojos y comenzó a caminar por la orilla, con el mar a su derecha y el corazón extrañamente pesado.
Su cuerpo hablaba por sí solo. Cada paso le recordaba lo que había ocurrido.
El ano le palpitaba con un dolor sordo pero constante, hinchado y sensible después de haber sido follado durante horas, primero por la noche y luego con más intensidad por la mañana.
Sus glúteos se sentían ligeramente magullados por las fuertes agarradas y embestidas.
Tenía marcas rojizas en las caderas y en los pectorales.
Su pene, aunque descansado, aún conservaba esa sensibilidad propia de haber eyaculado con fuerza varias veces.
Físicamente estaba exhausto.
Emocionalmente se sentía vacío.
Llegó hasta su hotel, se duchó con agua tibia durante casi veinte minutos, dejando que el chorro le recorriera la espalda y los glúteos.
Se miró en el espejo empañado. Sus ojos verdes parecían más opacos.
El bronceado había avanzado, pero no había brillo en su mirada.
Se tocó los glúteos con ambas manos, sintiendo la carne firme y caliente.
Esos mismos glúteos que habían sido el centro de atención, que habían sido apretados, abiertos, lamidos y follados sin descanso por dos hombres atractivos.
Debería sentirse orgulloso.
Debería sentirse satisfecho.
Pero no era así.
Se vistió con un short suelto y una camiseta ligera, y salió nuevamente hacia la playa. Esta vez no se desnudó. Buscó un lugar algo apartado, lejos de la zona nudista y de las fiestas, extendió su toalla bajo una palmera y se sentó mirando el mar.
Los recuerdos de las últimas cuarenta y ocho horas llegaron en oleadas.
Recordó la lengua de Raúl abriéndolo entre las rocas.
Recordó las embestidas fuertes de Matteo en la habitación 12.
Y sobre todo, recordó las últimas horas con Alex y Diego: las posiciones, las penetraciones por turnos, las bocas devorándolo, los gemidos, los orgasmos intensos.
Había cumplido varias de sus fantasías más profundas en muy poco tiempo. Había sido deseado por varios hombres, había sido el centro de atención sexual, había experimentado placer crudo y sin límites. Su cuerpo había respondido con fuerza en cada ocasión.
Entonces… ¿por qué se sentía tan hueco?
Daniel abrazó sus rodillas contra el pecho y apoyó la barbilla sobre ellas.
El mar frente a él estaba calmado, casi burlón en su serenidad.
Las lágrimas llegaron sin aviso. No eran muchas, solo unas cuantas que rodaron silenciosas por sus mejillas.
Las limpió rápidamente, avergonzado, aunque nadie lo estaba mirando.
«¿Esto es todo?», se preguntó.
Había viajado a Zipolite buscando libertad. Quería explorar su sexualidad, liberar el deseo reprimido durante años en Monterrey, disfrutar de su cuerpo sin culpa ni vergüenza. Y lo estaba haciendo. Estaba viviendo exactamente lo que había imaginado.
Pero nadie le había advertido que el placer sin conexión podía dejar un sabor tan amargo.
Se sentía usado. No por Alex y Diego —ellos habían sido claros y consensuados—, sino usado por su propia hambre.
Había ofrecido su cuerpo como si fuera solo eso: un cuerpo.
Un culo firme, unos abdominales marcados, un par de glúteos que volvían locos a los demás.
Y todos lo habían tratado exactamente como él les había permitido: como un objeto de deseo.
Nadie le había preguntado cómo se llamaba con verdadero interés.
Nadie le había preguntado qué hacía en la vida, qué soñaba, qué le daba miedo.
Solo querían follarlo. Y él había dejado que lo hicieran.
Por primera vez desde su llegada, Daniel sintió una soledad profunda y genuina. Estaba rodeado de gente, en uno de los lugares más libres y sexuales del país, y nunca se había sentido más solo.
Se tumbó boca abajo sobre la toalla y cerró los ojos.
El sol calentaba su espalda. Intentó dormir, pero su mente no paraba.
Pensaba en su vida en Monterrey: los entrenamientos duros de gimnasia, la presión familiar, las miradas discretas en el vestuario, el miedo constante a ser descubierto.
Había venido a Zipolite huyendo de todo eso, buscando ser él mismo.
Pero ¿quién era él realmente? ¿Solo un cuerpo atractivo? ¿Un buen culo para follar? ¿O había algo más debajo de toda esa musculatura y esa piel bronceándose?
Las horas pasaron. Daniel permaneció allí, alternando entre dormir brevemente y mirar el horizonte. Por la tarde vio a lo lejos a varios chicos caminando, riendo, tomados de la mano. Vio parejas que parecían tener algo más que solo sexo. Y por primera vez sintió envidia.
Cuando el sol comenzó a bajar, se levantó. Su cuerpo seguía doliéndole de forma agradable y dolorosa al mismo tiempo. Caminó lentamente por la orilla, con los pies descalzos mojándose con las olas.
En ese momento, a lo lejos, vio a un chico caminando solo. Era alto, de piel moreno claro, complexión delgada pero definida. Caminaba con las manos en los bolsillos, mirando el mar con una expresión tranquila. No parecía buscar nada ni a nadie. Solo caminaba.
Sus miradas se cruzaron por un breve instante. El chico le sonrió con suavidad, una sonrisa distinta a todas las que Daniel había recibido en los últimos días. No había hambre en esa sonrisa. Solo calidez.
Daniel apartó la mirada rápidamente, con el corazón latiéndole más fuerte sin saber por qué, y continuó caminando en dirección contraria.
Esa noche, de regreso en su habitación, se acostó temprano. No salió a ninguna fiesta. No buscó más encuentros.
Por primera vez en el viaje, se permitió sentir el peso real de su soledad.
Y en ese vacío, por primera vez, surgió una pregunta que empezaría a cambiarlo todo:
«¿Y si estoy buscando en los lugares equivocados?»