Donde el mar nos desnuda Capítulo 8 Dos contra uno #2
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Capítulo 8 Dos contra uno #2

—Buenos días, güero… —murmuró Alex con voz ronca y cargada de deseo, pegándose a su espalda.

Daniel apenas tuvo tiempo de reaccionar. Alex ya estaba duro. Su pene grueso y caliente se acomodó entre sus glúteos, frotándose contra el ano aún hinchado. Diego despertó al sentir el movimiento y sonrió con picardía al ver la escena.

—Parece que la mañana también va a estar buena —dijo, incorporándose.

No hubo preliminares largos. Alex tomó el lubricante de la mesita de noche, se untó generosamente el pene y levantó una de las piernas de Daniel.

Sin darle mucho tiempo, colocó el glande contra su entrada y empujó hacia adelante.

Daniel soltó un gemido largo y entrecortado al sentir cómo lo penetraban nuevamente.

Su ano, todavía sensible y relajado por la noche anterior, aceptó el grosor de Alex con menos resistencia, pero la sensación fue intensa.

—Qué apretado sigues… —gruñó Alex mientras comenzaba a moverse con embestidas lentas pero profundas.

Daniel estaba de lado, con una pierna elevada. Alex lo follaba con control, sujetándolo por la cadera. Cada vez que entraba hasta el fondo, Daniel sentía cómo su próstata era presionada con precisión. Su propio pene comenzó a endurecerse rápidamente contra las sábanas.

Diego no se quedó mirando. Se movió al frente de Daniel, le levantó la cabeza y le metió su pene largo y curvado en la boca. Ahora estaba siendo follado por ambos extremos otra vez, pero con la luz clara de la mañana, todo se sentía más expuesto, más crudo.

Alex aceleró el ritmo, follando con más fuerza. Sus caderas chocaban contra los glúteos redondos de Daniel produciendo un sonido húmedo y constante. Diego le follaba la boca con movimientos más suaves, disfrutando de la calidez de su garganta.

Después de varios minutos, intercambiaron posiciones.

Diego se acostó en la cama y jaló a Daniel para que se sentara sobre él en vaquera inversa.

Daniel bajó lentamente, sintiendo cómo el pene largo de Diego lo llenaba por completo.

Una vez dentro, Diego lo sujetó de los glúteos y comenzó a embestir hacia arriba con fuerza.

—Muévete, quiero ver ese culo rebotando —ordenó.

Daniel apoyó las manos en el pecho de Diego y comenzó a subir y bajar.

Sus glúteos musculosos se contraían y expandían con cada movimiento, tragando el pene una y otra vez.

Alex se colocó de pie frente a Daniel y le metió su pene en la boca, follándole la garganta mientras observaba cómo su amigo penetraba al gimnasta.

El sudor empezó a correr por el cuerpo de Daniel. Sus abdominales marcados se tensaban con el esfuerzo, sus pectorales se contraían y sus glúteos trabajaban sin parar. Diego lo follaba desde abajo con embestidas potentes, levantando las caderas para encontrarse con cada bajada.

—Cambiemos —dijo Alex.

Pusieron a Daniel en cuatro patas en el centro de la cama. Alex se arrodilló detrás y lo penetró con un solo empujón brusco. Comenzó a follarlo con fuerza, sujetándolo de las caderas. Diego se colocó debajo en posición 69 y le chupaba el pene a Daniel mientras este gemía.

La habitación se llenaba de sonidos obscenos: gemidos, el slap slap slap de las caderas contra los glúteos, la succión húmeda de la boca de Diego y los gruñidos de Alex.

Alex follaba cada vez más rápido, golpeando profundamente. Luego se retiró y dejó que Diego tomara su lugar. Diego lo penetró con su pene curvado, buscando el ángulo perfecto para masajear la próstata. Daniel ya no podía contener sus gemidos. Eran roncos, desesperados, casi quebrados.

Lo cambiaron de posición una vez más. Daniel quedó boca arriba, con las piernas flexionadas y abiertas.

Primero Alex lo penetró en misionero, follándolo con embestidas fuertes mientras lo miraba a los ojos.

Luego Diego tomó el turno, levantándole las piernas sobre sus hombros y penetrándolo más profundamente.

Daniel estaba completamente entregado. Su pene, sin que nadie lo tocara en ese momento, palpitaba y soltaba hilos constantes de precum sobre su abdomen. Su ano estaba rojo, hinchado y extremadamente sensible.

—Quiero correrme dentro de ti —avisó Alex.

Retomó el turno, penetró nuevamente a Daniel y, tras una serie de embestidas brutales, se corrió con un gruñido profundo. Diego lo reemplazó casi inmediatamente. Lo folló con fuerza durante varios minutos más hasta que también llegó al clímax, eyaculando mientras estaba enterrado hasta el fondo.

Daniel fue el último. Diego le masturbó el pene con la mano lubricada mientras Alex le metía dos dedos en el ano que escurría el semen de los dos chicos, estimulando su próstata.

El orgasmo fue devastador. Daniel arqueó la espalda, gritó y eyaculó con fuerza, disparando chorros espesos de semen que cayeron sobre su pecho, abdomen e incluso hasta su cuello.

Los tres quedaron exhaustos sobre la cama, respirando agitadamente. El cuerpo de Daniel brillaba de sudor. Su ano palpitaba visiblemente, ligeramente abierto y enrojecido. Tenía semen de los dos chicos y propio por todo el torso, sentía el cansancio profundo en cada músculo.

Alex y Diego lo besaron y acariciaron con pereza, diciéndole lo increíble que había sido. Daniel sonrió débilmente, pero por dentro sentía un torbellino.

El placer había sido extremo. Dos hombres atractivos lo habían usado durante casi una hora completa esa mañana, follándolo en múltiples posiciones, llenándolo, chupándolo y corriéndose mientras él también llegaba al orgasmo con intensidad.

Sin embargo, mientras yacía entre ellos mirando el techo de madera, el mismo vacío regresó con más fuerza que nunca. Esta vez se sentía más profundo, más incómodo.

Había tenido la fantasía grupal que muchos solo imaginan.

Su cuerpo había sido completamente usado y satisfecho.

Y aun así… se sentía más solo y confundido que al llegar a Zipolite.

Daniel cerró los ojos y respiró profundo, escuchando el sonido del mar a través de la ventana.

Sabía que algo dentro de él estaba cambiando. Y que seguir buscando solo placer físico ya no iba a ser suficiente.