Donde el mar nos desnuda Capítulo 8 Dos contra uno
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Capítulo 8 Dos contra uno

Daniel despertó al mediodía con la cabeza pesada y el cuerpo adolorido.

El ano le palpitaba ligeramente, recordatorio físico de la intensa sesión con Matteo la noche anterior.

Se quedó un rato mirando el techo, sintiendo esa familiar mezcla de satisfacción corporal y vacío emocional que ya empezaba a convertirse en una constante.

Se duchó con agua fría, se aplicó crema en los glúteos y decidió pasar la tarde en la playa, intentando no pensar demasiado.

Durmió una siesta bajo una sombrilla, comió pescado fresco en un pequeño restaurante frente al mar y, cuando el sol comenzó a bajar, sintió nuevamente esa inquietud dentro de él.

«No quiero estar solo esta noche», pensó.

Alrededor de las diez de la noche, regresó a la zona de fiestas de la playa.

Esta vez la música provenía de otro bar, más grande y con una fogata enorme en la arena.

El ambiente era incluso más cargado que la noche anterior.

Daniel llevaba únicamente un short blanco muy corto y ajustado que marcaba claramente sus glúteos y su paquete.

Su piel ya tenía un bronceado más uniforme, lo que hacía que sus ojos verdes destacaran aún más.

Pidió un cuba libre y se sentó cerca de la fogata. No llevaba ni veinte minutos cuando dos chicos se acercaron a él con confianza. Eran claramente amigos y parecían viajar juntos.

El primero se presentó como Alex: mexicano de Guadalajara, 24 años, complexión atlética, piel morena clara, cabello corto y una sonrisa traviesa. El segundo era Diego: argentino de Buenos Aires, 26 años, más alto y delgado pero tonificado, con barba de tres días y mirada intensa.

—Te vimos anoche —dijo Alex sin rodeos, sentándose a su lado—. Estabas muy solicitado.

—Y hoy también —agregó Diego, sentándose al otro lado—. Ese culo tuyo es difícil de ignorar.

Daniel rio, halagado. El alcohol de la noche anterior aún dejaba rastros en su sistema, pero pronto pidió otra bebida y comenzó a sentirse más suelto.

Los tres hablaron animadamente: viajes, anécdotas de Zipolite, experiencias sexuales en la playa.

Alex y Diego eran abiertos, divertidos y muy directos. No ocultaban su atracción.

Mientras conversaban, las manos empezaron a aparecer.

Alex le acariciaba la espalda y bajaba hasta rozar la curva superior de sus glúteos.

Diego, más atrevido, colocó una mano en su muslo y la fue subiendo lentamente.

Daniel no los detuvo. Al contrario, separó un poco las piernas y dejó que lo tocaran.

La química entre los tres creció rápidamente.

Bailaron juntos. Primero los tres en grupo, luego Daniel quedó en medio de ellos.

Alex se pegó a su espalda, presionando su erección contra sus glúteos, mientras Diego lo besaba con intensidad al frente, metiendo la mano dentro del short y acariciando su pene ya duro.

—Eres un puto sueño —le susurró Diego contra los labios.

—¿Quieres venir con nosotros? —propuso Alex directamente, mordiéndole la oreja—. Tenemos una cabaña privada un poco más retirada. Allí podemos… jugar los tres sin interrupciones.

Daniel dudó solo un segundo. Recordó el vacío de la noche anterior después de estar con Matteo, pero el deseo y el alcohol hablaron más fuerte.

—Vamos —aceptó.

Los tres caminaron por la playa, riendo y tocándose.

Alex y Diego no dejaban de manosearlo. Le apretaban los glúteos, le besaban el cuello y le susurraban todo lo que querían hacerle.

Cuando llegaron a la cabaña, una construcción rústica pero amplia con una gran cama y terraza al mar, Daniel ya estaba completamente excitado y mentalmente entregado.

Cerraron la puerta.

Alex encendió una luz tenue y miró a Daniel con hambre.

—Quítate el short. Queremos verte completo.

Daniel obedeció, bajándose el short lentamente, dejando que sus glúteos redondos y firmes quedaran expuestos. Su pene estaba completamente erecto, apuntando hacia arriba.

Los dos chicos se miraron y sonrieron.

—Esto va a estar bueno —dijo Diego.

La luz tenue de una lámpara de sal iluminaba la habitación amplia, proyectando sombras cálidas sobre las paredes de madera.

Daniel estaba completamente desnudo en el centro, con el pene erecto y los glúteos expuestos.

Alex y Diego lo miraban como dos depredadores que acababan de encontrar su presa favorita.

—Acércate a la cama —ordenó Alex con voz ronca.

Daniel obedeció. Apenas llegó al borde del colchón, Diego lo empujó suavemente boca abajo. Su cara quedó contra las sábanas frescas mientras sus glúteos prominentes y redondos quedaban elevados y completamente ofrecidos.

—Qué culo más perfecto, hijo de puta… —murmuró Diego, arrodillándose detrás de él.

Ambos chicos se desnudaron rápidamente. Alex era más musculoso, con un pene grueso y pesado. Diego tenía el pene más largo y curvado. Los dos ya estaban completamente duros.

Diego fue el primero en atacar. Separó con ambas manos los glúteos firmes de Daniel y hundió su cara entre ellos sin piedad.

Su lengua caliente y húmeda lamió desde los testículos hasta el ano en lamidas largas y profundas.

Luego se concentró en el agujero, penetrándolo con la lengua mientras gruñía de placer.

Alex se colocó al frente, levantó la cabeza de Daniel por el cabello y le metió su pene grueso en la boca.

—Chúpamela —le ordenó.

Daniel abrió la boca y comenzó a succionar con ganas. Alex follaba su boca con movimientos controlados, mientras Diego seguía devorando su ano con verdadera hambre, metiendo incluso un dedo junto con la lengua. El gimnasta gemía alrededor del pene de Alex, con el cuerpo temblando de placer.

Después de varios minutos, intercambiaron posiciones. Ahora Alex comía su culo con ferocidad, separando los glúteos con fuerza y escupiendo saliva directamente en su ano. Diego se sentó frente a Daniel y le folló la boca con su pene más largo, llegando casi hasta la garganta.

—Qué rico la chupas… —gemía Diego.

Daniel estaba en el paraíso físico. Su pene goteaba precum sobre las sábanas. Sentía dos bocas y cuatro manos recorriendo todo su cuerpo: apretando sus glúteos, pellizcando sus pezones, acariciando sus abdominales marcados.

Lo pusieron de rodillas sobre la cama. Alex se colocó debajo de él en posición 69 y le chupó el pene con fuerza mientras le metía dos dedos en el ano.

Diego se arrodilló detrás y reemplazó los dedos con su lengua, haciendo beso negro profundo.

Daniel gemía sin control, con la boca llena del pene de Alex.

—Quiero follarte —dijo Diego de repente.

Se colocó un condón, lubricó su pene y penetró a Daniel de un solo empujón. El gimnasta soltó un gemido largo y ahogado. Diego comenzó a follarlo con embestidas fuertes y profundas, golpeando sus glúteos con las caderas. Al mismo tiempo, Alex seguía chupándole el pene desde abajo.

El ritmo era intenso. Diego lo follaba sin piedad, sujetándolo de las caderas. Cada embestida hacía que los glúteos de Daniel rebotaran. Alex salió de debajo y se colocó al frente, metiendo su pene nuevamente en la boca de Daniel, follándole la garganta mientras su amigo le follaba el culo.

Daniel estaba siendo usado por ambos extremos y lo estaba disfrutando intensamente. Su ano apretaba el pene de Diego, su próstata era golpeada sin descanso y su propia erección palpitaba dolorosamente.

Cambiaron de posición otra vez. Ahora Daniel quedó sentado sobre Alex, quien lo penetró profundamente en posición de vaquera. Alex lo sujetaba de los glúteos y lo hacía rebotar con fuerza sobre su pene grueso. Diego se paró frente a él y le metió el pene en la boca.

—Así, cabrón… trágatela toda —gruñía Diego.

Daniel rebotaba con fuerza, sintiendo cómo el pene de Alex lo abría por completo. Sus glúteos golpeaban contra los muslos de Alex con un sonido húmedo y obsceno. El sudor corría por su espalda y su pecho.

No aguantó mucho más. Con un grito ahogado alrededor del pene de Diego, Daniel se corrió violentamente. Su ano se contrajo con fuerza alrededor del pene de Alex mientras chorros gruesos de semen salían disparados de su propio pene, cayendo sobre el abdomen de Alex.

Alex lo folló más fuerte durante su orgasmo y luego se corrió dentro del condón con un gruñido. Diego lo sacó de la boca de Daniel y se masturbó rápidamente hasta eyacular sobre su cara y pecho, pintándolo con semen caliente.

Los tres cayeron exhaustos sobre la cama, respirando agitadamente. Daniel estaba en medio, con el cuerpo cubierto de sudor y semen, el ano palpitando y ligeramente abierto después de ser follado con tanta intensidad.

Durante varios minutos solo se escucharon las respiraciones y el sonido lejano del mar. Alex y Diego lo acariciaron con pereza, besando sus hombros y glúteos.

—Eres una puta bestia —le dijo Diego con admiración—. Ese culo aguanta todo.

Daniel sonrió débilmente, pero por dentro sentía cómo el vacío regresaba con más fuerza que nunca. El placer había sido brutal, uno de los encuentros más intensos de su vida. Dos hombres atractivos lo habían usado a la vez, cumpliendo una fantasía que había tenido muchas veces.

Sin embargo, mientras yacía entre ellos, mirando el techo de la cabaña, solo podía pensar en una cosa:

Esto no era suficiente.

El sexo había sido increíble.

Su cuerpo estaba satisfecho.

Pero su pecho se sentía más vacío que nunca.

Se quedó en silencio, dejando que Alex y Diego lo abrazaran. Afuera, las olas seguían rompiendo contra la playa de Zipolite, indiferentes a su confusión interna.

Daniel despertó lentamente con los primeros rayos de sol filtrándose por las cortinas ligeras de la cabaña.

Su cuerpo se sentía pesado, usado y sensible.

Tenía un brazo de Alex sobre su cintura y la pierna de Diego enredada entre las suyas.

El ano le palpitaba con un dolor sordo pero constante, recuerdo de la intensa sesión de la noche anterior.

Intentó moverse, pero apenas se removió cuando sintió una mano firme apretando uno de sus glúteos.