Donde el mar nos desnuda Capítulo 10 La silueta en la orilla
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Capítulo 10 La silueta en la orilla

Daniel despertó tarde la mañana siguiente. Había dormido profundamente después de acostarse temprano la noche anterior, pero no se sentía descansado. Su cuerpo aún guardaba la fatiga de los encuentros anteriores y su mente seguía cargada con esa sensación pesada de vacío.

Se quedó un rato en la cama, mirando el techo de la habitación. No tenía ganas de bajar a la playa, ni de buscar más cuerpos, ni de repetir la misma rutina. Aun así, después de comer algo ligero en el hotel, decidió salir. Necesitaba aire. Necesitaba moverse.

Eran ya las seis de la tarde cuando llegó a la playa.

El sol comenzaba su descenso, tiñendo el cielo de tonos dorados y naranjas intensos.

Caminó descalzo por la orilla, con un short negro suelto y sin camisa.

Su piel ya tenía un bronceado más uniforme, pero sus ojos verdes seguían opacos, reflejando el cansancio emocional que no lograba sacudirse.

Caminó sin prisa, dejando que las olas mojaran ocasionalmente sus pies. Pensaba en todo y en nada al mismo tiempo. Recordaba los gemidos, las manos fuertes apretando sus glúteos, los orgasmos intensos… y la profunda soledad que venía después de cada uno.

Fue entonces cuando lo vio por segunda vez.

A lo lejos, caminando en su misma dirección pero por la parte más húmeda de la arena, donde las olas llegaban suavemente, apareció la misma silueta del día anterior.

El chico de piel moreno claro.

Esta vez la luz del atardecer lo iluminaba de manera aún más hermosa.

Caminaba con las manos metidas en los bolsillos de un short de baño color café, torso desnudo, mostrando una complexión delgada pero bien tonificada por el ejercicio natural.

Su piel tenía un tono cálido y uniforme que contrastaba con el dorado del atardecer.

El viento suave movía ligeramente su cabello negro corto.

Daniel se detuvo instintivamente y lo observó con mayor atención.

El chico no parecía buscar nada. No miraba a los lados con interés sexual, ni caminaba con esa actitud depredadora que Daniel ya había aprendido a reconocer en la playa.

Simplemente caminaba, disfrutando del momento, del mar y del cielo.

Había una serenidad en su forma de moverse que resultaba casi hipnótica.

Sus caminos se acercaron poco a poco.

Cuando la distancia se redujo a unos veinte metros, sus miradas se encontraron nuevamente.

Esta vez duró más. Los ojos oscuros del desconocido se posaron en Daniel con una calma profunda.

No bajaron a recorrer su torso, ni se detuvieron en sus glúteos.

Lo miraron directamente a los ojos, como si intentaran leer algo más allá de su cuerpo.

Y entonces sonrió.

Fue una sonrisa suave, genuina y breve. Una sonrisa que no pedía nada. Que no prometía sexo ni aventura de una noche. Solo… reconocimiento. Como si dijera “te veo” sin necesidad de palabras.

Daniel sintió un nudo extraño en el estómago. No era deseo sexual. Era algo más tranquilo, más desconcertante. Por un momento olvidó el dolor en su ano y la pesadez en su pecho. Solo existió esa mirada cruzada bajo la luz dorada del atardecer.

El chico continuó caminando sin detenerse.

Daniel se giró lentamente para seguirlo con la mirada mientras su silueta se alejaba por la orilla, recortada contra el sol que ya casi tocaba el mar.

Observó la forma natural de sus hombros, su espalda recta y la tranquilidad con la que pisaba la arena mojada.

Cuando la silueta se perdió en la distancia, Daniel soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Se sentó en la arena, justo donde estaba, y abrazó sus rodillas. El cielo se volvió naranja intenso y luego rosado. Las primeras estrellas comenzaron a aparecer.

No sabía nada de ese chico.

Ni su nombre, ni de dónde era, ni qué hacía en Zipolite.

Pero esa segunda mirada había logrado algo que ningún encuentro sexual había conseguido en los últimos días:

Hacerlo sentir visto de verdad.

Y eso, de alguna forma, le generaba más miedo que toda la soledad que había sentido hasta ahora.