Capítulo 6 Noche de fiesta
La música se escuchaba desde lejos, mezclándose con el rumor constante de las olas.
Eran casi las diez de la noche y Zipolite se transformaba bajo la luz de las estrellas y las lámparas de colores colgadas entre las palmeras.
Daniel caminó por la arena todavía tibia hacia el origen del sonido.
Llevaba solo un short corto de color negro, sin camisa ni ropa interior.
Su piel ya mostraba un ligero bronceado dorado después de dos días de sol intenso.
El lugar de la fiesta era un bar abierto directamente sobre la playa.
Varias antorchas y luces LED iluminaban el espacio, creando un ambiente bohemio y cargado de sensualidad.
Había alrededor de cincuenta personas: la mayoría hombres, algunos en pareja, otros solos o en grupos.
La música era una mezcla de reggaetón, techno tropical y canciones electrónicas con base fuerte.
Daniel pidió una cerveza en la barra improvisada y se quedó un rato observando. El alcohol bajó frío por su garganta y pronto sintió un agradable calor extendiéndose por su cuerpo. Terminó la primera cerveza rápidamente y pidió otra.
No pasó mucho tiempo antes de que las miradas comenzaran a posarse en él.
Un chico de cabello rizado y piel morena se acercó sonriendo.
Bailaron juntos un rato. El desconocido colocaba sus manos en la cintura de Daniel, bajando peligrosamente hacia sus glúteos mientras se movían al ritmo de la música.
Daniel dejó que lo tocara. Le gustaba sentir esas manos explorando su cuerpo.
La segunda cerveza dio paso a un shot de tequila. Luego otro. El mundo empezó a volverse más ligero, más cálido, más fluido.
Pronto se encontró en el centro de la pista de arena, rodeado de cuerpos.
La música retumbaba en su pecho. Bailaba con los ojos entrecerrados, moviendo las caderas con la soltura que le daba el alcohol y la libertad de estar casi desnudo.
Sus glúteos firmes y redondos llamaban la atención de todos los que estaban cerca.
Varios hombres bailaban a su alrededor, rozándose contra él.
Uno de ellos, alto y de complexión fuerte, se pegó a su espalda. Daniel sintió claramente su erección presionando contra sus glúteos a través de la fina tela del short.
—Eres el más rico de toda la fiesta —le susurró el hombre al oído, mordiéndole el lóbulo.
Daniel sonrió y empujó hacia atrás, frotando sus glúteos contra él.
El desconocido deslizó las manos por debajo del short y apretó con fuerza ambos glúteos, separándolos ligeramente mientras seguían bailando.
Daniel sintió un escalofrío de excitación.
Su propio pene empezaba a endurecerse dentro del short.
En otro momento, dos chicos más jóvenes se acercaron.
Uno rubio y otro de cabello negro. Lo rodearon y bailaron pegados a él, uno al frente y otro atrás.
Manos recorrían su pecho, sus abdominales, bajaban hasta rozar su pene semierecto.
Daniel se dejó llevar. Besó al rubio con intensidad mientras el otro le besaba el cuello y apretaba sus glúteos desde atrás.
El ambiente estaba cargado de deseo. El aire olía a alcohol, sudor y marihuana. En los bordes de la fiesta, algunas parejas ya se tocaban abiertamente. Daniel vio a dos hombres besándose con hambre mientras uno de ellos masturbaba al otro discretamente.
Pidió otra cerveza. Estaba sudando. Su piel brillaba bajo las luces de colores. Se sentía deseado, poderoso, libre. Por momentos olvidaba el vacío que había sentido después del encuentro con Raúl. Aquí solo existía el ritmo, las manos, los cuerpos calientes y la promesa de placer.
En un momento más tranquilo, se sentó en un tronco cerca de la fogata.
Un hombre atractivo de unos treinta y cinco años, con barba bien cuidada y ojos oscuros, se acercó y se presentó como Marco.
Conversaron un rato. Marco era de CDMX y llevaba varias semanas en Zipolite.
Sus ojos no disimulaban el deseo mientras hablaban.
—Eres increíblemente sexy —le dijo sin rodeos—. Ese culo que tienes debería ser ilegal.
Daniel rio, alegre por el alcohol.
—¿Quieres comprobarlo? —respondió con valentía.
Marco sonrió y colocó una mano en su muslo, subiendo lentamente. Daniel separó ligeramente las piernas. Los dedos de Marco rozaron su pene, que ya estaba completamente duro dentro del short. Lo masajeó con disimulo mientras seguían hablando. Daniel tuvo que morderse el labio para no gemir.
La noche avanzaba. Más alcohol. Más bailes. Más manos recorriendo su cuerpo. En un momento, tres hombres diferentes lo besaron en diferentes puntos de la fiesta. Uno de ellos le metió la mano completa dentro del short y masturbó su pene durante casi un minuto en medio de la pista.
Daniel se sentía en llamas. Su cuerpo respondía a cada toque, a cada mirada, a cada roce. Era exactamente la fantasía que había imaginado antes de venir: ser el centro de deseo de muchos hombres.
Pero cuando pasó la medianoche y se sentó un momento solo en la arena, lejos del bullicio principal, aquella sensación familiar regresó.
Estaba excitado.
Estaba borracho.
Estaba rodeado de gente que lo deseaba.
Y, sin embargo, se sentía extrañamente solo.
Miró hacia el mar oscuro, donde solo se veían las crestas blancas de las olas bajo la luz de la luna. Sacudió la cabeza, intentando alejar esa sensación.
Se levantó, pidió otro shot y regresó a la pista de baile, decidido a perderse en los cuerpos, la música y el alcohol.
La noche aún era joven.
Y Zipolite parecía dispuesta a darle todo lo que su cuerpo pidiera.