Capítulo 5 La mirada de los otros
Daniel caminó por la playa principal de Zipolite con una toalla enrollada bajo el brazo y el short negro ajustado colgando peligrosamente bajo sus caderas.
Eran las cuatro de la tarde y el sol aún castigaba con fuerza.
Después de su encuentro con Raúl, había regresado al hotel solo para ducharse, comer algo ligero y volver a salir.
Sentía el cuerpo cansado pero extrañamente alerta.
Se había decidido a caminar completamente desnudo.
Se quitó el short cerca de la zona nudista, lo guardó en su mochila pequeña y continuó avanzando.
El aire cálido acariciaba directamente su pene y sus testículos.
Sus glúteos, firmes y redondos, se movían con cada paso, atrayendo miradas como imanes.
Podía sentirlas. Decenas de ojos recorriendo su cuerpo atlético: los hombros anchos, la espalda en forma de V, los abdominales marcados y, sobre todo, aquel culo prominente y musculoso que parecía hecho para ser admirado.
La playa nudista de Zipolite era un mundo aparte.
Hombres y mujeres de todas las edades caminaban, conversaban o tomaban el sol sin ninguna prenda.
Pero Daniel notó rápidamente las dinámicas.
En la zona más cercana al pueblo predominaba un ambiente mixto y relajado.
Más adelante, conforme avanzaba hacia Playa del Amor, la concentración de hombres gays aumentaba visiblemente.
Vio grupos de amigos riendo, parejas tomadas de la mano, y varios hombres solos que, como él, paseaban buscando algo.
Algunos eran locales, otros turistas extranjeros.
Había cuerpos de todo tipo: delgados, musculosos, gordos, peludos, depilados.
La libertad era palpable, pero también existían códigos no escritos.
Un hombre de unos cuarenta años, de piel muy bronceada y barba canosa, lo miró con descaro al pasar.
Sus ojos bajaron sin vergüenza hasta los glúteos de Daniel y se detuvieron allí varios segundos.
Luego le sonrió y levantó las cejas en una clara invitación.
Daniel le devolvió una sonrisa cortés pero siguió caminando.
Más adelante, dos chicos jóvenes —probablemente menores de veinticinco— estaban sentados en una toalla grande. Uno de ellos, de cabello teñido de rubio, lo señaló discretamente a su amigo. Ambos lo observaron con interés evidente. Cuando Daniel pasó frente a ellos, el rubio levantó la voz:
—Oye, güero… ¿te quieres sentar un rato? Tenemos cerveza fría.
Daniel se detuvo un momento. Sus glúteos quedaron perfectamente expuestos a su vista. Sintió cómo su pene reaccionaba ligeramente al ser observado tan abiertamente.
—Tal vez más tarde —respondió con una sonrisa—. Estoy dando una vuelta.
Siguió caminando. Recibió varias propuestas más.
Un hombre maduro y corpulento le ofreció masaje en su cabaña.
Otro, un turista francés muy delgado, se acercó directamente y le preguntó si quería ir a fumar marihuana con él a las rocas.
Daniel rechazó todas con educación, pero cada rechazo venía acompañado de una extraña satisfacción.
Le gustaba ser deseado.
Le gustaba sentir todas esas miradas recorriendo su cuerpo, deteniéndose en sus glúteos, en su pene, en su torso definido. Después de años de esconderse en Monterrey, esta atención masiva era como una droga.
Se detuvo en una zona donde varios grupos gays estaban reunidos.
Observó la dinámica con curiosidad. Algunos coqueteaban abiertamente, tocándose sin pudor.
Otros mantenían conversaciones profundas sentados en círculo.
Vio a una pareja de mediana edad besándose con ternura bajo una sombrilla, ajenos a todo.
Más allá, tres hombres compartían una toalla y uno de ellos realizaba una felación discreta al del centro mientras el tercero vigilaba.
Todo era libre.
Todo era visible.
Daniel se sintió abrumado y excitado al mismo tiempo.
Se sentó en su toalla un rato, con las piernas cruzadas, observando.
Un hombre atractivo de unos treinta años, de complexión atlética y piel morena clara, pasó cerca y lo miró con interés.
Sus ojos se detuvieron en el cuerpo de Daniel con admiración genuina.
—Eres nuevo por aquí, ¿verdad? —preguntó deteniéndose—. Ese cuerpo no se olvida fácilmente.
Daniel sonrió.
—Llegué hace dos días.
—Se nota —dijo el hombre—. Tienes esa mezcla de curiosidad y nervios que tienen los que vienen por primera vez. Por cierto, soy Luis.
—Daniel.
Hablaron algunos minutos. Luis era de Guadalajara y llevaba un mes en Zipolite.
Le explicó algunas “reglas” no escritas de la playa: dónde era más tranquilo, dónde se concentraba el cruising, y cuáles eran las zonas más seguras por la noche.
Mientras hablaban, Luis no dejaba de mirar el cuerpo de Daniel, especialmente sus glúteos.
—Si quieres, esta noche hay una fiesta en el bar de la playa. Suele ponerse bastante bueno —invitó Luis con una sonrisa sugerente.
—Tal vez vaya —respondió Daniel.
Cuando Luis se marchó, Daniel se tumbó boca abajo. El sol calentaba sus glúteos expuestos. Cerró los ojos y pensó en todo lo que había visto. La libertad sexual era real y palpable. Aquí nadie juzgaba. Nadie escondía el deseo. Los cuerpos se ofrecían y se tomaban con naturalidad.
Sin embargo, también empezaba a notar otra cosa: la superficialidad flotaba en el ambiente. Muchas miradas solo buscaban un cuerpo atractivo para una noche. Pocos parecían interesados en algo más allá de la piel.
Daniel giró la cabeza y observó nuevamente la playa. Vio a varios hombres solos, como él, paseando con esa misma hambre en los ojos. Se preguntó cuántos de ellos terminarían la noche sintiéndose tan vacíos como él se había sentido después de Raúl.
Se tocó discretamente uno de sus glúteos, aún sensible por el encuentro anterior. La marca de las manos de Raúl ya casi había desaparecido, pero el recuerdo permanecía fresco.
Había venido a Zipolite a explorarse, a liberarse, a disfrutar de su cuerpo sin culpa.
Y lo estaba haciendo.
Pero mientras más miradas recibía, más consciente se volvía de una pregunta que empezaba a crecer dentro de él:
¿Cuánto tiempo podría sostenerse solo con deseo y miradas ajenas?
El sol comenzó a bajar lentamente en el horizonte. Daniel se levantó, sacudió la arena de su cuerpo y continuó caminando por la orilla, desnudo, con la cabeza llena de pensamientos y el cuerpo expuesto a todas las miradas de Zipolite.