Donde el mar nos desnuda Capítulo 4 El sabor del mar
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Capítulo 4 El sabor del mar

Daniel todavía estaba dentro del agua cuando Raúl se acercó nuevamente.

El mar le llegaba a la cintura, refrescando su piel ardiente y lavando lentamente los rastros de semen que escurrían por sus muslos.

Raúl entró al agua con una sonrisa confiada y se colocó detrás de él, rodeándole la cintura con los brazos.

—No pensé que te escaparas tan rápido —murmuró contra su cuello, presionando su cuerpo contra la espalda de Daniel.

—No me escapaba… solo necesitaba refrescarme —respondió Daniel, aunque su voz sonaba ronca.

Sintió inmediatamente cómo el pene de Raúl, aún semierecto, se acomodaba entre sus glúteos.

El contacto con el agua fría y la piel caliente creó una sensación extraña y excitante.

Raúl no pidió permiso. Simplemente separó los glúteos firmes de Daniel con sus manos y colocó su glande contra el ano aún sensible y lubricado por su semen anterior.

—Quiero follarte una vez más antes de irme —dijo con voz baja y urgente.

Daniel se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando las manos en una roca que sobresalía del agua.

El mar les llegaba ahora por debajo de las caderas.

Raúl empujó con fuerza y su pene grueso entró nuevamente en el ano de Daniel en un solo movimiento fluido, gracias al semen que aún permanecía dentro.

—Ahh… joder… —gruñó Daniel, apretando los dientes.

Esta segunda penetración fue más intensa y resbaladiza.

El agua hacía que todo se sintiera diferente: más suave y al mismo tiempo más obsceno.

Raúl comenzó a embestir con ritmo constante, sujetando con fuerza las caderas de Daniel.

Cada vez que entraba hasta el fondo, el mar chapoteaba entre sus cuerpos.

Los glúteos redondos y musculosos de Daniel absorbían el impacto, moviéndose con elasticidad bajo las manos de Raúl. El gimnasta gemía sin control mientras el pene de Raúl golpeaba repetidamente su próstata. El placer era más agudo ahora, casi doloroso por la sensibilidad después del primer round.

Raúl deslizó una mano hacia adelante y agarró el pene erecto de Daniel, masturbándolo bajo el agua con movimientos firmes. Con la otra mano apretaba uno de sus glúteos, abriéndolo más para penetrarlo más profundamente.

El sonido de las olas se mezclaba con el chapoteo del agua entre sus cuerpos y los gemidos cada vez más fuertes de Daniel. El sol del mediodía caía sobre ellos, haciendo brillar su piel mojada.

—Quiero que te corras otra vez —exigió Raúl, acelerando sus embestidas—. Quiero sentir cómo te corres mientras te lleno por segunda vez.

Daniel ya no aguantaba más. El doble estímulo —el pene follándolo profundo y la mano masturbándolo con fuerza— lo llevó al límite rápidamente.

Con un grito ronco que se perdió entre las olas, su ano se contrajo violentamente alrededor del pene de Raúl mientras eyaculaba en el mar.

Chorros espesos de semen se perdieron en el agua azul.

Raúl lo siguió casi al instante. Lo abrazó con fuerza por detrás y se corrió profundamente dentro de él, soltando un gruñido gutural mientras su pene palpitaba y descargaba más semen caliente en el interior de Daniel.

Durante varios segundos permanecieron unidos, con el mar meciéndolos suavemente. Cuando Raúl se retiró, un nuevo torrente de semen blanco escapó del ano enrojecido de Daniel y se disolvió en el agua.

Se separaron en silencio. Raúl le dio un beso rápido en los labios y le recordó lo de la fiesta esa noche. Luego salió del agua, se vistió y se marchó caminando por la playa.

Daniel se quedó solo.

Se sumergió una vez más para limpiarse mejor, pero era inútil. Aún sentía el ano palpitante, sensible e hinchado. Sentía el peso de lo que acababa de ocurrir. Había tenido su primer encuentro completo en Zipolite: intenso, crudo y sin restricciones. Exactamente lo que había imaginado durante meses.

Sin embargo, mientras salía del agua y caminaba de regreso a su toalla, una sensación pesada se instaló en su pecho. El sol seguía brillando, el mar seguía siendo hermoso, pero dentro de él había un vacío extraño.

El placer había sido real.

Sus gemidos habían sido sinceros.

Su cuerpo había respondido con fuerza.

Pero no había nada más.

Ninguna palabra tierna. Ninguna mirada que fuera más allá de su culo y su cuerpo. Solo deseo animal y liberación física.

Daniel se tumbó boca abajo en la toalla, sintiendo cómo el sol calentaba sus glúteos aún marcados por las manos de Raúl. Cerró los ojos y suspiró.

«Esto es lo que querías», se repitió.

Pero por primera vez desde su llegada a Zipolite, esa frase sonaba hueca.