Donde el mar nos desnuda Capítulo 3 Primer contacto
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Capítulo 3 Primer contacto

El sonido de las olas se escuchaba más fuerte entre las rocas, como si el mar mismo estuviera respirando agitado.

El sol del mediodía caía con intensidad, pero en esa pequeña bahía semioculta, la sombra de las formaciones rocosas ofrecía un refugio discreto.

Daniel apoyaba las manos contra la piedra cálida, con la espalda ligeramente arqueada y los pies firmes sobre la arena húmeda.

Completamente desnudo, sentía el corazón latiéndole en la garganta.

Raúl se colocó detrás de él sin prisa. Sus manos grandes y bronceadas recorrieron primero la cintura estrecha de Daniel, subiendo por los costados hasta apretar sus pectorales duros. Luego bajaron lentamente, deteniéndose en los glúteos que tanto había admirado.

—Dios… qué culo tienes —murmuró Raúl con voz ronca, casi reverente—. Tan firme y redondo.

Sus dedos se hundieron en la carne musculosa, separando los glúteos de Daniel con deliberada lentitud.

El aire cálido rozó su ano expuesto, provocando un escalofrío que le recorrió toda la columna.

Daniel cerró los ojos y respiró profundamente cuando sintió la yema de un dedo pulgar masajeando suavemente su entrada.

—No soy virgen —dijo Daniel con voz baja, casi como si necesitara justificarse—. Pero hace mucho tiempo…

—No te preocupes —respondió Raúl, besando su nuca—. Voy a disfrutar cada segundo.

Se arrodilló detrás de él. Daniel sintió primero el aliento caliente contra su piel, luego la lengua húmeda y plana recorriendo desde sus testículos hacia arriba, deteniéndose en su ano.

Raúl lamió con hambre, trazando círculos alrededor del esfínter apretado, presionando la punta de la lengua contra él.

Daniel soltó un gemido ahogado y separó más las piernas.

—Joder… —susurró, empujando ligeramente hacia atrás.

La boca de Raúl era experta. Lamía, succionaba y penetraba con la lengua mientras sus manos no dejaban de masajear aquellos glúteos perfectos. El pene de Daniel, completamente erecto, palpitaba en el aire, curvándose hacia arriba. Un hilo transparente de precum caía desde su glande hasta la arena.

Después de varios minutos de aquella tortura placentera, Raúl se incorporó.

Daniel escuchó el sonido de un sobre de lubricante abriéndose.

Momentos después, dos dedos resbaladizos presionaron contra su ano.

Entraron lentamente, abriéndolo con cuidado.

Daniel jadeó cuando Raúl curvó los dedos y encontró su próstata, masajeándola con precisión.

—Ahí… sí, ahí —gimió Daniel, moviendo las caderas instintivamente.

Raúl añadió un tercer dedo, dilatándolo con movimientos suaves pero firmes. El placer era intenso, casi abrumador. Cuando consideró que estaba listo, Raúl se untó el pene —grueso, venoso y de unos dieciocho centímetros— con más lubricante y colocó el glande contra la entrada de Daniel.

—Respira —le indicó.

Daniel exhaló lentamente mientras Raúl empujaba.

Sintió cómo el glande abría su ano, estirándolo.

Hubo un momento de ardor, pero pronto fue reemplazado por una sensación de plenitud intensa.

Centímetro a centímetro, el pene de Raúl se hundió en su interior hasta que sus caderas chocaron contra los glúteos firmes de Daniel.

—Qué apretado estás… —gruñó Raúl, sujetándolo con fuerza de las caderas.

Comenzó a moverse. Primero con embestidas lentas y profundas, saliendo casi por completo para volver a entrar hasta la base. Cada vez que golpeaba la próstata de Daniel, este dejaba escapar un gemido más alto. El sonido húmedo y obsceno de la penetración se mezclaba con el romper de las olas.

Raúl aceleró el ritmo. Sus caderas chocaban con fuerza contra los glúteos de Daniel, produciendo un slap slap slap constante. Una de sus manos se deslizó hacia adelante y envolvió el pene de Daniel, masturbándolo con movimientos firmes y rápidos.

—Quiero que te corras mientras te follo —dijo Raúl entre dientes.

Daniel estaba perdido en el placer. Sus músculos se tensaban, sus glúteos se apretaban alrededor del pene invasor. El sudor corría por su espalda blanca. Sus testículos se contraían, anunciando el orgasmo.

—Voy a… voy a correrme —advirtió con voz entrecortada.

El orgasmo lo golpeó con violencia. Su ano se contrajo fuertemente alrededor del pene de Raúl mientras gruesos chorros de semen salían disparados de su pene, manchando las rocas frente a él. Sus piernas temblaron y un gemido largo y gutural escapó de su garganta.

Raúl no aguantó mucho más. Con unas cuantas embestidas profundas y brutales, se enterró hasta el fondo y se corrió dentro de Daniel. Pulsos calientes y abundantes llenaron su interior. Daniel pudo sentir cada latido del pene de Raúl descargándose en él.

Ambos permanecieron unidos durante casi un minuto, recuperando el aliento. Cuando Raúl se retiró lentamente, Daniel sintió cómo parte del semen comenzaba a escurrir por su ano y muslo interno. Se giró y se apoyó contra la roca, con las piernas aún débiles.

Raúl sonrió satisfecho y lo besó en los labios por primera vez.

—Ha sido increíble —dijo—. Tienes un cuerpo hecho para esto.

Daniel sonrió débilmente, pero mientras Raúl se limpiaba y comenzaba a hablar de forma casual, una extraña sensación se instaló en su pecho. El placer había sido intenso, sí. Su cuerpo había respondido con fuerza. Sin embargo, al mirar hacia el mar, sintió un vacío inesperado.

El sexo había sido bueno. Muy bueno.

Pero no había conexión. No había ternura. Solo dos cuerpos satisfaciendo un deseo inmediato.

Raúl le propuso verse esa noche en la fiesta de la playa. Daniel aceptó sin mucho entusiasmo, metiéndose al mar para limpiarse. El agua fría calmó su piel ardiente y lavó los restos de semen de su cuerpo.

Mientras flotaba mirando el cielo, Daniel se tocó instintivamente los glúteos, aún sensibles por las embestidas recibidas.

Había venido a Zipolite buscando exactamente esto: libertad, placer sin culpas, cuerpos desnudos y sin complicaciones.

¿Por qué, entonces, ya empezaba a preguntarse si eso sería suficiente?