Donde duermen los secretos Capítulo 63 #2
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Capítulo 63 #2

—Mamá, ¿estás bien? —le pregunta Melisa.

—Claro, cariño.

—Tu madre está feliz, ¿no la ves? —le dice Lizer, que la ha escuchado.

—¿Me puedo ir a jugar? —pregunta Melisa a sus padres.

—Claro, hija —le dice Ixeia sin dejar que Lizer conteste primero.

Melisa mira a su padre esperando su aprobación.

—Está bien, pero no salgas de la finca.

—No lo haré —le dice Melisa antes de salir corriendo.

***

Bajo un cielo cada vez más plomizo, siguen hundiendo las palas en el jardín de la casa de Lizer e Ixeia.

Ignacio se detiene un instante apoyándose en el mango de la pala.

José copia el gesto, también está agotado.

No sienten los brazos y las lumbares protestan a cada movimiento.

Agustina, perdiendo la paciencia, se remanga el dobladillo del vestido de fiesta y le arrebata la herramienta a su marido y comienza a hincar el metal en el barro.

A los pocos minutos.

—Ya sigo yo, mujer, anda —le pide Ignacio, sabiendo que si su esposa continúa así, la artrosis la dejaría postrada en la cama durante días.

Ignacio le quita la pala con suavidad mientras José, tragando saliva, también se pone a cavar temiendo que la tormenta descargue del todo.

***

El baile ha comenzado. Los vecinos del pueblo bailan bajo el grupo de música conocido en la Jacetana como Los teloneros. El cantante del grupo siempre contaba cómo lo había sido de Bunbury en uno de sus conciertos. Toda la vida lo ha contado orgulloso y alardeando de haberlo hecho.

Mikel y Pedro no apartan la mirada de los cuatro que no se mueven de la puerta.

También miran que Lizer ha desaparecido de la fiesta y no saben dónde anda.

Acher sigue saludando a todo aquel que encuentra a su paso.

La sonrisa impostada no se le ha ido en ningún momento, aunque sabe que al acabar la fiesta tendrá asuntos importantes que resolver.

Mikel busca a Ixeia con la mirada y siente un pellizco en la barriga al no verla.

Lo que no sabe es que está dentro de la casa de la finca preparando junto a su madre los típicos dulces de la zona.

Los ha hecho en la panadería junto a su familia, que se tiró todo el día de ayer haciéndolos.

Ahora los distribuye cuidadosamente uno a uno sobre las bandejas que tenía preparadas para ponerlas sobre las mesas después de comer.

Afuera, por fin Mikel y Pedro se han puesto juntos después de acabar el banquete. Están bajo un árbol.

—¿Aún no han avisado? —le pregunta Pedro nervioso—. ¿Y si no encuentran nada?

—Lo encontrarán, estoy seguro. No puede fallarnos eso.

—Pero ya han pasado unas horas.

—Lo sé. Hacen lo que pueden, estoy seguro.

—Mikel, no he visto a Agustina ni a Ignacio —le dice Ara acercándose hasta él al no ver a su amiga.

—Debe haberse puesto mala. Ya sabes que estos días andaba mal de la barriga.

—Sí, no tiene remedio con los dulces. Siempre se pasa cuando llegan las fiestas.

Ara los deja y se va junto a Fermina. La mujer se ha quedado viuda igual que ella hace apenas un año.

Mikel y Pedro vuelven a quedarse solos.

—De aquí no salgo vivo. Están aquí por mí.

—No digas eso. No dejaré que te hagan nada —le dice Mikel apretando el puño de la rabia que siente.

—Ixiea, ¿la has visto? Me preocupa, hace rato que no la veo y he perdido también a Lizer.

—No te preocupes. Tu hombre aparece por allí —le dice Pedro al ver que sale de una pequeña edificación de una planta junto a la casa principal.

Lizer va caminando hacia donde está su padre.

—¿Lo tienes controlado? —le pregunta Acher. Le había ordenado hacer una llamada.

—Sí, me han dicho que ya está todo bajo control en la ermita.

—Hay que mantener a la gente callada.

—No te preocupes, ya me ocupo —le dice Lizer.

—¿Y lo otro?

—No tuve opción, está en mi jardín.

—¡Qué cojones! —Acher mira como si quisiera matar a su propio hijo.

—Te lo he dicho, no tuve donde…

—Calla, ni se te ocurra decir nada más. En cuanto acabe esto, ya le puedes poner remedio.

—¿Dónde quieres que…?

Vuelve a cortarle antes de que acabe la pregunta.

—¡Para! Aquí nos pueden escuchar. Ve a saludar a la gente y pon tu mejor cara.

Ixeia y el servicio empiezan a poner las bandejas llenas de dulces sobre las mesas del exterior. También vino dulce y moscatel. La música sigue sonando y la gente baila animada aunque la lluvia siga amenazando.

Mikel ha recibido un mensaje a su móvil. Pero la música no le ha dejado escucharlo. Sigue bajo la tensión de los cuatro que siguen vigilando en la puerta y de no quitarle el ojo a Lizer.

—Mikel, ven a probar un dulce —le dice Izarbe, que andaba reunida con las amigas que dejó en el pueblo cuando se fue a Llaruns.

—Ahora, después.

—Está bien. Ya veo que tú también has encontrado un viejo amigo. Pedro, ¿todo bien? —le pregunta Izarbe.

—Sí, todo bien. Recordando viejos momentos con tu hermano.

—No has cambiado.

—Supongo que es un piropo.

Izarbe se ríe y se aleja para volverse a reunir con sus amigas.

Algunas personas comienzan a abandonar el baile para comer los dulces que han servido.

Los jóvenes del pueblo están algo más apartados en los bancos dispuestos bajo los grandes árboles que dan sombra por el día.

De repente, el sonido de las sirenas de policía se escucha a lo lejos.

La gente para de bailar de golpe.

Todos enmudecen.

Mikel ve cómo los de la entrada se dispersan entre la gente.

Coge el móvil.

Ve un mensaje.

«Lo hemos encontrado, no os mováis de ahí, la policía va para allí».

—Lo han encontrado —le dice Mikel aliviado.

—Estamos a salvo. —Pedro exhala el aire contenido toda la noche.

—Sí, amigo, eso parece.

Un relámpago ilumina el cielo. Rompe a llover.

Lizer sale con una escopeta del edificio junto a la casa.

—No, hijo. No hagas ninguna locura —grita Acher, que está sentado en la mesa.

—Déjame, papá. Debo ajustar cuentas.

Lizer apunta a Mikel con los ojos llenos de ira.

—Solo tenías que hacer una cosa. Marcharte de este pueblo y no volver. Pero, no, tenías que volver para joderme la vida. —Su dedo roza temerosamente el gatillo.

—¡Lizer! Baja la escopeta —le ordena su padre con voz autoritaria, como lo hacía cuando él aún era pequeño.

—¿Sabes que este hijo de puta puede ser el padre de mi hija?

¿Te lo puedes creer? Melisa, su hija. Y yo sin saberlo todos estos años.

Te piensas que me importa ir a la cárcel por cargármelo…

No va a tener nunca ni a mi hija ni a mi mujer…

Antes me lo cargo —le dice mirando a su padre, mientras avanza unos pasos hacia donde está su objetivo.

Mikel no retrocede.

Lo espera.

—Tú mataste a tu hermana. Crees que no sé que me matarías a mí también. Si fuiste capaz de hacerlo con ella, eres capaz de matar a cualquiera. Era tu sangre y, aun así, la lanzaste por la barandilla.

—¡Estás loco! ¿Ya has bebido y has perdido el puto control?

—Dice la verdad —salta Pedro, que avanza unos pasos detrás de su amigo para ponerse a su lado—.

Lo vi todo. Este cabrón me hizo marcharte y abandonar a mi familia, porque ese día le vi matar a su hermana.

Me amenazó con joderles la vida a mis padres y a mi amigo, con llevarlo a la cárcel por matar a Alizia.

Cuando él no lo hizo. Este es Lizer, el que dice dar todo por el pueblo —dice Pedro en alto para que todos los presentes le escuchen.

—Estáis locos sí creéis que esta gente os va a creer.

—Tire el arma —dice uno de los varios policías que han hecho entrada en la finca.

—No se muevan. Sino, dispararé —le dice Lizer a los policías—. Te voy a pegar un puto disparo. —Dirige su mirada a Mikel con inquina.

De repente, Melisa y Martina salen del lugar donde estaban custodiadas por Blanca e Ixeia y corren hasta ponerse delante del cuerpo de Mikel, no dejando opción de que Lizer dispare si no quiere acabar antes con ellas.

—¡Melisa! Quítate de en medio. Ese no es tu padre. Tu padre seguiré siendo yo toda tu vida.

—¡Papá! ¡Para! Déjale en paz. No me voy a quitar de en medio. Si lo matas a él, me matas a mí —dice su hija con las lágrimas recorriendo sus ojos.

Lizer mira primero a su hija. Después mira a su padre y a Ixeia, y por último a la policía que tiene delante.

—Baje el arma —le vuelve a ordenar la policía.

—Hijo, baja el arma. No quiero perderte a ti también.

—Fui yo, papá. Yo maté a Alizia —confiesa Lizer, derrumbándose de rodillas sobre la tierra mojada—. Hice lo mismo que tú hiciste con el tío. Llevamos la misma sangre de asesinos.

—¡Calla! No sabes lo que estás diciendo.

Lizer deja el arma en el suelo.

La policía avanza hasta él y le pone las esposas.

—¿Es usted Lizer Allué?

No responde.

—Queda usted arrestado. Hemos encontrado un cuerpo enterrado en su jardín.

La policía le lee sus derechos y se lo llevan bajo una lluvia intensa y bajo la mirada de un pueblo que aún está conmocionado por lo que acaba de descubrir.

—¡Mamá!

Corre Melisa junto a Ixeia.

—¿Eso que ha dicho papá es verdad? ¿Papá mató a la tía Alizia y el abuelo a su hermano? ¿Soy la hija de Mikel? —dice la niña aún con el shock de haber escuchado a su padre.

Ixeia, que aún no puede asimilar la dureza de los hechos, mira a su hija.

—Solo puedo decirte que Mikel sí es tu padre. No lo he sabido hasta ahora. Lo siento.

La niña rodea la cintura de su madre, arrodillada en el suelo mientras llora desconsolada.

Bajo la lluvia, Mikel no encuentra fuerzas para moverse. Algunos se acercan hasta donde está él para pedir disculpas por creerle asesino de la muerte de Alizia.

Pedro le echa la mano por encima y lo abraza.

—Lo hemos conseguido, amigo.

Mikel lo mira.

—Sí, pero aún nos queda una cosa.

—No te preocupes. La mercancía está en la ermita de Borau. Se lo he dicho a la policía.

—¿Cómo lo has sabido?

—Aún queda gente buena en Borau. Sabían que mi vida corría peligro y una mujer que enviudó y fui su apoyo se ha encargado de avisarme.