Capítulo 63
L os lunes de Pascua, los Allué abren el portón del Prado de Arriba para continuar con una tradición que empezó hace una década.
Las primeras personas acuden a la cita agasajadas con recipientes de comida casera preparada en sus casas y, nada más entrar, las van dejando sobre las mesas preparadas a su derecha.
Hay un gran escenario situado al fondo con un grupo de música que ya ameniza la llegada de los vecinos.
Luces colgando de punta a punta de grandes árboles, conformando unas agradables guirnaldas que están preparadas para ser encendidas más tarde, cuando la noche caiga.
Ixeia está especialmente radiante. Luce un vestido rojo fuego con un recogido de mechones sueltos a ambos lados.
Ya está preparándolo todo con la ayuda del servicio contratado para este gran día.
En las mesas plegadas mezcladas con tablones viejos y manteles con tonos rojos y blancos están dispuestos ya los quesos enteros sin empezar en el centro.
Grandes rodajas de pan cortado en cestos de mimbre, boles de tomates enteros, una aceitera, cuchillos bien afilados y buen vino; junto a platos y vasos de plástico de usar y tirar.
Los que acuden saben que las puertas de la finca de los Allué solo se abren al público una vez al año y vienen dispuestos a pasar un buen día.
Los vecinos no paran de llegar y cada vez está más lleno.
La gran mayoría ha tomado asiento sin ninguna jerarquía en las mesas.
La única con nombres en cada plato de una vajilla cara está puesta en la mesa presidencial.
Luce un mantel bordado a mano hecho por la madre del anfitrión, Acher Allué.
Acher ordena ponerla cada año religiosamente.
Las familias hablan animadamente en las mesas de la vuelta de su prole para este día.
Muchos vuelven para estar con la familia, dado que han tenido que marcharse buscando un futuro que aquí no tendrían.
Mikel, Izarbe y Ara entran en la finca. Ixeia, que está preparando la mesa principal, lo ve a lo lejos y siente cómo la tensión golpea fuertemente sobre su espalda. Lizer anda cerca y recuerda su cara de esta mañana.
Mikel e Ixeia se miran en la distancia.
Parece detenerse el tiempo.
Él, sin dejar de mirarla, sigue los pasos de Ara e Izarbe, que se sientan junto a la familia Los Tralleros.
Son los únicos asientos que quedan libres por el camino que han tomado.
Pocos minutos después, los padres de Pedro entran junto a él, bien orgullosos.
La gente se gira para mirarlos. Hacía mucho tiempo que no los veían juntos.
Se sientan dos hileras más allá de donde está Mikel.
Ambos se miran.
La aparición de Acher y Lizer hace enmudecer a todos los presentes. El cantante, cuando se da cuenta, deja la canción a medias y el público, que andaba distraído, mira hacia la mesa. El cantante baja del escenario y lleva el micrófono a Acher Allué. Lo coge y le da unos toques con sus dedos.
El sonido repica. Aun así, decide seguir comprobando que funciona.
—1, 2, 3. 1, 2, 3. Parece que se me escucha bien.
—Ensancha su pecho y mira al frente con firmeza—.
Bienvenidos un año más a la Fiesta del primer corte.
Como ya sabréis, este es nuestro décimo aniversario.
El más despistado habrá visto los carteles por el pueblo y en la entrada.
Pero eso no es lo que importa. Lo que sí importa es que este año ha sido un buen año para todos.
Todos hemos ganado. Todos somos un poco más felices.
Y no es por nada ni por querer echarme medallas encima, pero ha sido gracias a esta familia.
Por eso, estamos orgullosos de celebrar junto a este pueblo este gran día.
Y para celebrarlo vamos a hacer el primer corte de este queso que tengo delante.
Sujeta, hijo —le dice Acher pasándole el micrófono para que lo sostenga bajo su boca.
Coge un gran cuchillo afilado que está sobre la mesa. Lo empuña con fuerza y traspasa el queso sin apenas hacer fuerza.
—Este es el primer corte del mejor queso del año anterior —dice Acher orgulloso.
Alza un trozo generoso.
—Es hora de probarlo.
Lo muerde, lo saborea y vuelve a hincharse como un gallo.
—Mientras haya queso como este, no os faltará mesa donde sentarse. Podéis hacer el primer corte en vuestros quesos y os invito a celebrar este día junto a nuestra familia. Brindemos por ello.
Coge la copa de vino y festeja bebiéndolo.
***
Mientras tanto, en otro lugar del pueblo, se encuentran tres personas que han tenido que faltar a la cita en el Prado de Arriba.
—No hagas ruido —le dice Agustina a su marido, al golpear una piedra que encuentra en su camino.
El pueblo se encuentra en un absoluto silencio. No hay nadie ni en sus calles ni en las casas. Ni en ningún lugar que no sea en la ladera baja entre Villanúa y el monte.
—Agustina, esto que estamos haciendo nos va a traer problemas y de los gordos —le dice José, el guarda del pueblo.
—Calla, José, siempre dices que quieres el bien para nuestro valle. Pues este asunto te compete. Así que, marchando —le contesta Agustina echándole en cara sus palabras.
—Sí, pero como nos cojan, los que vamos a ir al calabozo vamos a ser nosotros.
—Ignacio, manda callar a José, que si lo hago yo, se van a enterar hasta en la finca.
—¡Cómo te pones, Agustina! Contigo no se puede discutir —le dice José resignado a ir con el matrimonio.
—Es que no estamos para eso. Céntrate.
—Vamos a cometer una locura de la que nos arrepentiremos.
—¿Habrás traído las llaves? —le dice Ignacio mirando a su mujer, que va vestida rigurosamente de fiesta. Lleva el vestido de todos los lunes de Pascua de hace una década—. En ese apretado vestido no sé dónde las guardas.
—Anda, tira. Que al paso que vas no llegamos ni mañana —le dice Agustina, que sabe que su marido anda mal de las rodillas. La artrosis.
Agustina saca las llaves de su canalillo.
—Mira que eres —le dice Ignacio al ver a su mujer.
—Calla. Nos pueden escuchar —le dice Agustina con las manos temblando.
Gira la llave dentro de la cerradura.
—Está abierta, pasad —le dice Agustina empujando la puerta.
—Estamos invadiendo una propiedad, Agustina —le dice José tragando saliva.
—Déjate de hostias y entra —le ordena Agustina, que ya está dentro en el camino de piedra.
Ignacio y José la siguen; este último comprueba haber cerrado la puerta.
—Me ha dicho Mikel que debemos ir donde están los abetos.
Miran a un lado y a otro. Hay muchos árboles y plantas. El jardín es tan grande que les es difícil encontrarlos, pero Agustina, que ha creído correr como la pólvora sin importarle pisar el césped, los ha descubierto antes que sus dos compinches.
—Las palas.
—Esto es profanación si es cierto lo que venimos buscando —dice José.
—Si aquí estuviera enterrado el cuerpo de Antón, le podremos dar descanso, pobre.
—Esto nos viene grande, mujer.
—Cava.
Ignacio y José comienzan a retirar la tierra que encuentran removida.
—Aún está húmeda —dice Agustina, no apartando la mirada cada vez que hunden la pala para retirarla a ambos lados.
—Venga, daos prisa. Acher debe haber dado su discursito de cada año. Tal vez ya estén comiendo y bebiendo.
—Ya, mujer, esto no es nada fácil. Si quieres, puedes coger la pala y comprobarlo —le dice Ignacio; comienza a estar algo cansado.
—Andemos con cuidado, que si ciertamente está el cuerpo de nuestro Antón, nos podemos arrepentir de hacerle algo.
—Ya está muerto. No le va a doler —le dice Agustina al notar que bajan el ritmo.
—Esta mujer no tiene remedio —le dice Ignacio moviendo la cabeza por el comentario de Agustina.
—Ya tienes narices de aguantarla cada día.
—¡José! —le recrimina Agustina con los brazos cruzados y apretando los labios al acabar de decir su nombre.
—¡¿Qué?!
—Tu mujer también tiene que aguantar a un viejo jubilado sin nada que hacer —le dice Agustina, recordando el día que vino María contándole el chisme de que su marido se tiraba todo el tiempo fuera de casa para librarse de ayudarla con la faena.
—Siempre discutiendo —dice Ignacio, que no ha dejado de retirar tierra en ningún momento, aunque los huesos comienzan a dolerle.
***
En la fiesta, los Allué siguen delante de los asistentes como si no ocurriera nada, pero padre e hijo saben que las cosas últimamente se están complicando desde la llegada de Mikel al pueblo.
—Has visto, está Pedro sentado junto a sus padres. No tiene piernas para salir vivo de aquí —le dice Lizer a su padre susurrándole en el oído—. Los he llamado ya.
—¿Qué has hecho? ¡Serás inútil! Esta es la fiesta de la familia. ¿Qué quieres ponerte aquí a ajustar cuentas? Dejemos que Pedro se divierta junto a su familia. Ya nos ocuparemos de él más tarde. Llama a los otros y diles que no vengan.
—Ya es tarde. Están aquí.
Acher mira hacia la entrada y ve que sus marrulleros de Borau avanzan entre la gente. Les clava su mirada. Pedro, que estaba al tanto de que Lizer no le quitaba ojo, se gira y los ve. Mira a Mikel. Como no atiende, coge el móvil y le envía un mensaje.
«Están aquí».
Mikel lo lee.
Mira hacia la entrada de la puerta y reconoce al dueño del bar de Borau. A los otros tres, los vio junto a su coche mientras esperaban a que se fuera del pueblo.
Otro mensaje de Pedro a Mikel.
«¿Qué hacemos?».
Le contesta:
«De momento nada, debemos esperar».
Pedro, que no sabe dónde meterse, temiendo por su vida, hace caso a Mikel tragando saliva.
Los cuatro hombres se quedan vigilando la entrada después de recibir las órdenes de Lizer.
Unos nubarrones comienzan a abrirse paso en el cielo. El cielo se pone oscuro de golpe. La gente mira y murmulla, temiendo que rompa a llover.
Lizer fija su mirada en Mikel. Mira a su hija y lo mira de nuevo a él. Confuso, se detiene en los ojos de ambos.
—Como me la hayas jugado —le dice Lizer a Ixeia, siendo la primera vez que le habla en la mesa.
Ixeia no responde. Su hija está al lado y teme que lo escuche.
—Hija, ¿te gusta la comida? —le pregunta para distraerla al darse cuenta de que le ha mirado las manos cuando ha empezado a temblar.