Donde duermen los secretos Capítulo 62
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Capítulo 62

—Vas a tener la mejor cara. Te vas a arreglar como siempre.

Vas a llevar los mejores dulces de la panadería.

A la niña ni a nadie le vas a decir ni una sola palabra de la sandez que me contaste.

Si no, te juro que te arrepentirás —le dice Lizer antes de salir por la puerta de casa—.

Ah, y no se te olvide que hoy viene el pueblo a venerar a los Allué.

¿Quién es un Allué? Anda, si uno de ellos soy yo. No se te olvide con quién estás.

Cierra la puerta sin dejar que Ixeia pueda contestar.

Ixeia sigue en la entrada paralizada, mientras ve a Lizer alejarse por el camino de piedra que llega hasta la salida.

Mira a su derecha, donde yacen los abetos.

Se acerca hasta ellos pisando sobre el césped adrede, sabe que Lizer no lo soporta.

Se queda petrificada al ver que el manto verde impoluto que había junto a los pies de los árboles ahora es tierra removida.

Un escalofrío recorre todo su cuerpo. Lo que vio desde la ventana no era una ilusión, sino a su marido escondiendo algo bajo la tierra del jardín.

Entra corriendo a la vivienda, asfixiada por el pánico. Va hasta la cocina. Se sirve un vaso de agua justo cuando la pequeña entra en la cocina.

—Mamá, tengo hambre.

Ixeia se gira, sintiendo cómo el latido del corazón le golpea con fuerza en el pecho.

—Te preparo algo de fruta. Dentro de poco tenemos que estar en la finca y debemos prepararnos ya.

—Está bien, mamá.

Ixeia toma una manzana del frutero que se encuentra en el centro de la mesa.

Mientras Melisa se sienta en la silla de la cocina esperando a su madre, Ixeia saca un cuchillo afilado del cajón.

Mecánicamente, sin reparar en que el pelador está justo al lado, empieza a mondar la manzana.

Sostiene la pieza con dedos firmes y la corta sin romper la piel, extrayendo una tira tan larga que cae sobre la encimera como una espiral verde.

Hace cortes idénticos y los coloca en línea recta sobre un plato.

—Aquí tienes, cariño.

—Gracias. Sabes, mamá. Me ha dicho Martina que también vendrán a la fiesta. Que aunque lleven poco en el pueblo, papá y el abuelo también las han invitado.

—Te ha caído bien.

—Sí. Tiene algo especial.

El teléfono de Ixeia recibe un mensaje.

—Perdona, cariño. Solo es un momento.

Ixeia coge el móvil y se va al salón.

Llama.

Espera a que descuelgue.