Capítulo 61
—¡Mikel, lo sabe! —le dice Ixeia susurrando a través del teléfono.
Mikel, que se había derrumbado en el sofá junto a Pedro con la ropa aún manchada de la tierra húmeda del bosque, abre los ojos de golpe. Se frota los ojos, arrastrando el cansancio de llevar más de veinticuatro horas sin dormir.
—¡¿Qué estás diciendo?!
—Creo que estaba en el jardín de madrugada…
y… Esta mañana… cuando yo estaba preparando el desayuno en la cocina, entró él.
Le pregunté… que dónde estaba… que me desperté a medianoche y no estaba en la cama.
No me contestó. Solo me dijo que me metiera en mis cosas.
Acabamos discutiendo… más fuerte de lo normal…
ya no lo aguanto más. Siempre me amenaza con dejarme sin Melisa si lo dejo y…
se lo he dicho… lo siento —dice Ixeia con lágrimas en los ojos y las manos temblando.
Mikel anda de aquí para allá.
No puede hablar.
—¡Mikel! ¿Sigues ahí?
—Sí, perdona. Y él, ¿cómo ha reaccionado cuando se lo has dicho?
—No me ha dicho nada. Nada. Eso no es propio de él. Se ha marchado de la cocina y se ha ido a ducharse. Después se ha metido en la cama. Sigue en la habitación.
—¿Qué estaba haciendo en el jardín?
—No lo sé. Estaba muy oscuro. No se veía nada desde la ventana. Solo veía su sombra moverse. Los árboles me impedían ver lo que hacía. Y no sé qué hacer, Mikel.
—¿Melisa?
—También está durmiendo.
—¿Seguro que no te ha escuchado?
—Sí, estoy segura. He entrado para ver si seguía dormida.
—Tengo miedo, Mikel. No sé lo que es capaz de hacer. Está muy raro. Hace cosas que no entiendo. ¿Por qué estaba en el jardín en plena madrugada? Y esa tierra… llevaba la cara… con restos de tierra —susurra Ixeia—. ¿Qué hago, Mikel?
Mikel se queda en silencio unos instantes.
—¿Qué pasa? —le pregunta Pedro.
Mikel le mira.
—Es Ixeia. Más tarde te lo explico.
—¡Mikel! ¿Quién está contigo? —le pregunta ella asustada al escuchar la voz de un hombre que no reconoce.
—Es Pedro. Está en casa.
—¡Pedro! ¡Pedro Viñau!
—El mismo.
—¿Qué hace en tu casa?
—Es una larga historia.
—¡Mikel! ¿Qué va a pasar? No se lo tenía que haber dicho.
—Lo conoces, ¿a ti y a Melisa os puede hacer algo?
—No lo sé. Nunca antes lo había visto así.
—¿Con quién hablas? —se escucha la voz de Lizer a través del teléfono.
—Con mi madre. Me dice que si me ayuda a llevar los dulces para la fiesta.
—Acaba ya.
—Bueno, mamá. Más tarde nos vemos —consigue decir ella con un hilo de voz antes de que el clic del teléfono corte la comunicación en seco. El pitido sordo de la línea colgada resuena en la cocina. Mikel se queda inmóvil, sosteniendo el aparato pegado a la oreja.
—¿Qué sucede? —le dice Pedro levantándose del sofá para llegar hasta donde está.
Mikel mira a Pedro y parece que le cuesta hablar.
—Espera, voy a darte un vaso de agua —le dice Pedro viendo que Mikel está a punto de desbordarse.
Pedro coge un vaso y lo llena hasta arriba. Se lo deja frente a él. Mikel lo coge y lo bebe de un trago.
—La hija de Lizer es mi hija.
—¿¡Cómo!?
—No lo he sabido hasta hace unos días. Ixeia me ha dicho que Lizer lo sabe.
Han discutido y ella se lo ha dicho. Esto se complica de la hostia.
Hace unos días me encontré unas ovejas muertas.
Desde que he llegado al pueblo sé que no soy bien recibido.
Cuando se enteren de que soy el padre de Melisa…
estoy acabado, tío. Mi hija vive con un puto asesino y no puedo demostrarlo.
Mikel se sienta en el taburete junto a la isla.
—¿Cuándo? ¿Cuándo estuviste con Ixeia? —pregunta Pedro impresionado.
—No queríamos que el grupo lo supierais. Sabíamos que podríais poneros pesados con el asunto y estábamos empezando.
—Pero, ¿no te gustaba Alizia?
—Qué va… lo de Alizia solo fue un beso. Fue ella quien me lo dio.
—¡Joder, tío! ¿Eres padre?
—Eso es decir mucho.
—¿Cómo sabes que tú eres el padre?
—ADN. Me hizo una prueba, Ixeia, cuando fui a cenar a su casa.
—¿Fuiste a su casa?
—Sí, me invitó a cenar. Nos vimos en el entierro de mi padre.
—Por cierto, lo siento. No pude venir y te juro que quería hacerlo.
—No pasa nada.
—Ixeia… tiene miedo. ¿Qué hago para que ese cabrón pague por todo lo que ha hecho?
Pierde la vista en la isla.
El silencio entre ambos es intenso.
Tras varios minutos, Mikel comienza a hablar.
—El jardín. Me ha dicho Ixeia que lo vio de madrugada haciendo algo en él. Y que entró en casa con restos de tierra en su cara. Este tío ha podido enterrar a su propio tío en su puto jardín.
Mikel se levanta del taburete mientras un escalofrío le recorre la espalda.
—¡No me jodas! Estaría loco si lo hubiera hecho.
—¿No crees que Lizer sea capaz de eso? ¿Quién buscaría en su propia casa?
—¿Cómo lo averiguamos?
—No lo sé. Pero no podemos entrar en su casa y decirle: Hola, hemos venido a ver si has enterrado el cuerpo de tu tío.
—¿Ixeia?
—¡Estás loco! Y si la ve. Y si la descubre buscando un cuerpo en su jardín.
Debo hacer algo. Ixeia estaba asustada. Muy asustada.
Mi hija vive allí. Con un tío que se ha cargado a su propia hermana.
Y ahora sabe que Melisa es mi hija. Y la droga.
Deben estar nerviosos. ¿Dónde pueden habérsela llevado para esconderla?
—Si no está en la quesería, puede que se la hayan llevado a Borau.
—¿Dónde?
—En el bar no lo creo. Hay un refugio… en la montaña. Pero allí va gente. No es buena opción. En cualquier lugar del pueblo puede estar. Todos los vecinos hacen lo que dicen los Allué. Acher los tiene a todos comprados. Hasta el cura —dice Pedro, conociendo que también tienen comprada la iglesia.
—¡Cómo los vamos a entregar a la policía si no estamos seguros de nada! No tenemos nada. Solo conjeturas.
—Me puedo entregar a la policía y decir que yo transporto la droga que me dan. Así acabaríamos con todo. Además, conozco las rutas. Les podría dar toda la información.
—No te das cuenta de lo que estás diciendo.
De nuevo es tu palabra contra la de ellos.
Dirán que es mentira, incluso son capaces de decir que ni te conocen.
No tenemos nada. Absolutamente nada. No podemos ni decir que busquen en su jardín porque sospechamos que ahí guarda un cuerpo.
La muerte de Alizia siempre pesará sobre mis espaldas. Porque ellos tienen el control de todo.
—No. No podemos dejar que esto quede así. Vendrán a buscarme. Podemos aprovechar ese momento para lanzarles a la policía. Dejemos que el pueblo conozca que he vuelto y, cuando se enteren, vendrán a buscarme. Hagamos que el gato cace al ratón. Pero hagámoslo bien para que los pillen.
—Eso puede ser buena idea.
—Entonces, tracemos un plan.
El teléfono comienza a sonar. Los dos miran expectantes a la pantalla del móvil que emite una luz blanca sobre la mesa de la isla. Mikel contiene el aire antes de mirar quién es.
—Es mi madre —dice cuando ve la pantalla.
—Descuelga —le dice Pedro.
—Dime, mamá.
—Mikel, ¿te acuerdas de la fiesta de los Allué?
—¿De qué fiesta me hablas? —pregunta sorprendido.
—Perdona, hijo. Pensaba que te lo había dicho. Tu hermana está a punto de llegar.
—¡Mi hermana!
—Hoy es la fiesta en el Prado de Arriba. Desde hace ya una década, los lunes de Pascua la celebran en su finca privada en la ladera baja para presentar el mejor queso del año. Todos los del pueblo acuden sin faltar ningún año.
—¿Papá lo hacía?
—Tu padre también. No se te olvide que trabajaba para ellos, como lo tienes que hacer tú.
Mikel arruga el entrecejo, molesto.
—¿Por qué viene Izarbe?
—Quiere verte.
—Se lo has contado —le dice Mikel rascándose la nuca.
—Es tu hermana.
—Gracias, mamá, por mantener la boca cerrada.
—¡Mikel! Hablamos de que seríamos sinceros entre nosotros —le recrimina Ara recordando las palabras que tuvieron los tres en la cocina.
—Lo sé, perdona.
—Ven a casa para ir juntos. Debemos estar a las doce y media; que no se te olvide.
—Pero, ¡si son un poco más de las ocho de la mañana!
—Tienes tiempo de sobra.
—Está bien, allí estaré.
Cuelga la llamada y mira a Pedro, que ha escuchado toda la conversación.
—Debemos movernos rápido. Es nuestra oportunidad para que te vean —le dice Mikel, creyendo que el destino esta vez ha jugado a su favor.