Donde duermen los secretos Capítulo 60
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Capítulo 60

L a noche ha caído y la luz de dos linternas se abre paso en la oscuridad.

El río suena como un murmullo. El óxido de la puerta de la quesería se queja al abrirse y Mikel y Pedro vigilan, esperando ser los únicos que están allí.

Son más de las tres de la madrugada y no habían visto a nadie desde que salieron de la granja.

—Ssshh… —dice Pedro al creer haber escuchado algo.

Se quedan quietos. Los dos deciden apagar las linternas y se miran conteniendo la respiración por unos largos segundos. Cuando se cercioran de que no hay nadie más, comienzan a avanzar cuesta arriba para llegar hasta el almacén donde Mikel descubrió que los Allué no vendían solo quesos.

Se detienen en la puerta. Pedro decide dejar a Mikel encargándose de abrir la puerta, mientras él vigila la entrada de la quesería.

Mikel saca la tarjeta del bolsillo. Repite la maniobra de la noche anterior y el pestillo cede con un chasquido limpio.

Entra apuntando con la linterna al centro de la sala.

Se queda congelado al ver que se encuentra vacía.

Pedro entra y ve la escena sin abrir la boca.

—Las cajas estaban en toda esa ele —señala Mikel con la mano, desconcertado—. Y, aquí, se encontraba la mesa con todas las bolsas con cocaína esparcidas sobre ella. A su lado había una máquina para contar el dinero. Todo estaba aquí, te lo juro.

Mikel da vueltas por la sala.

—Lo sabían, pero ¿cómo? —dice Mikel mirando a Pedro.

—Te han tenido que ver en algún momento o han sospechado al presentarte en Borau preguntando, son muy listos, han quitado todas las pruebas por si se te ocurría llamar a la policía.

—¡Joder! Ahora no hay manera de demostrar que aquí tenían la droga —dice Mikel sabiendo que la posibilidad de acabar con ellos se ha esfumado—. Ya no podremos grabar nada y nadie nos va a creer.

—Puedo intentar grabarlo yo. Volver a Borau y entrar en el bar para ver si siguen las cajas allí.

—¡Estás loco! ¿Crees que te dejarían entrar como si nada? Si han vaciado esto, no creo que allí vayas a encontrar nada.

—Podemos intentarlo.

—Y, si te pillan. Se te ha olvidado lo que me has dicho sobre ellos. Que son capaces de quitarse de en medio a cualquiera que se ponga por delante.

—Solo nos queda una cosa. Rezar para que el cuerpo de Antón siga en el sitio que creo que está.

Mikel saca el plano de su padre del bolsillo y lo alumbra para poder verlo. Pedro también lo hace y se detiene en la cruz.

—Mira, este es el almacén, esos árboles de ahí son estos, debemos contar la mitad y cruzar hacia el bosque.

—De acuerdo. Vayamos.

Los dos se ponen en marcha en silencio. Miran a ambos lados y a las dos entradas que tiene el recinto.

—Ten cuidado de no tropezarte con nada. No queremos despertar a las fieras que duermen aguardando a las ovejas. Conté hasta tres mastines; te aseguro que dan miedo —le susurra Mikel al oído.

Cruzan hacia el bosque con paso muy lento.

Sin hablar.

El sonido del río empieza a sonar con más fuerza y eso pone en alerta a Mikel. Sabe que el claro verde donde cree que está el cuerpo anda cerca. Mikel se detiene. Alumbra directamente al suelo.

—Esto no estaba así. Han removido la tierra.

Se agacha y la toca con sus manos.

—Está fresca. Todo esto era un manto verde. Me da a mí que no vamos a encontrar nada, nos han jodido, pero bien —dice Mikel lleno de rabia.

—Estamos aquí, debemos al menos intentarlo —le dice Pedro al ver a Mikel echar humo.

—No va a servir de nada.

—Baja la voz. Los perros nos van a escuchar.

—Es verdad.

—Vamos a cavar y no pararemos hasta que encontremos la manera de acabar con ellos.

Mikel empuña la pala y la hunde en la tierra, soltando la ira que siente dentro. Pedro le sigue el ritmo. Los dos van retirando la tierra que encuentran en su camino. Los montones se apilan a sus lados. Excavan y excavan. Ni rastro de Antón.

—Aquí había un cuerpo. Hemos llegado tarde, Pedro —dice Mikel metiéndose en el agujero y al palpar la tierra compacta que dibuja un rectángulo perfecto.

A Mikel se le pone la piel de gallina de golpe al sentir que el cuerpo sin vida de Antón hace apenas un día estaba justamente donde está él.

***

A la misma hora, en otro lugar, hay un hombre empuñando una pala mientras retira la tierra de su propio jardín.

Lo hace junto a unos abetos. No es casualidad.

Ha escogido ese sitio porque nadie se detendría a mirar ahí.

Es la ubicación perfecta para esconder algo que no quiere que nadie descubra.

Ha sido de manera apresurada y el tiempo corre en su contra.

Pero cada palazo es más lento que el anterior.

Está cansado. No ha dormido en toda la noche.

Y lleva días que no descansa. Las ojeras que se aferran como una garrapata en su rostro ahora son lo que menos le importa.

Hace frío y tiene ganas de acabar cuanto antes.

***

Bajo la penumbra de la luna, alguien mira desde la ventana.

Tiene la cortina echada, pero un filo le es suficiente para saber que alguien anda en el jardín.

Ha visto una sombra. Se mueve, pero no ve lo que está haciendo.

Unos abetos grandes no le dejan ver con claridad.

Cree sospechar que se trata de su marido; desde que ella se ha despertado de golpe, inquieta, ha visto que su marido no está en la cama.

Ella ve que se para de inmediato. Un crujido rompe el silencio: a ella se le ha escurrido el móvil de las manos y el golpe contra el suelo resuena en la habitación.

El hombre del jardín se detiene en seco.

Asustada de haber sido descubierta, ella suelta la cortina de golpe y da tres pasos atrás, conteniendo el aliento.

Cuando pasan algunos minutos, decide volver a acercarse a la ventana.

Retira un poco la cortina y descubre que la sombra se sigue moviendo. No sabe qué hacer. Tiene miedo.