Capítulo 59
—Martina, cierra los ojos —le dice Blanca emocionada.
Ella la mira intentando descifrar lo que está tramando.
—¿Por qué quieres que los cierre?
—Solo ciérralos y no los abras. No hagas trampas.
—Está bien —dice Martina cerrándolos—. ¡No veo nada! —exclama asustada de poder tropezar y caerse.
—Confía en mí. Dame la mano, te guiaré.
Salen de la plaza del pueblo y llegan hasta la calle de la iglesia.
Martina sigue al amparo de su madre, fascinada por lo divertido que le está resultando ir a ciegas para descubrir la sorpresa que parece haberle preparado.
Un murmullo de personas entra como una cascada en los oídos de Martina.
El eco que repica sobre las paredes del patio de la iglesia le indica que están pasando cerca.
—Ya sé a dónde me llevas, a visitar el campanario. ¿Puedo abrir los ojos ya?
—Te crees muy lista.
Martina sonríe y Blanca también lo hace al saber que su hija está equivocada.
—No. No te llevo a la iglesia, a la que algún día de estos vendremos. Sobre todo, no abras los ojos, que si no paro el juego. ¿Los has abierto?
—No. Ni un poquito.
Blanca la mira mientras continúan caminando. Dejan atrás el aparcamiento que se extiende junto a los recios muros de piedra de la iglesia y la silueta maciza del campanario, y un par de calles más allá giran a la derecha.
—Estamos cerca.
—¿A dónde me llevas?
—Ten paciencia, solo un poco más.
Blanca frena el paso y Martina copia el gesto de su madre.
—Ya puedes abrir los ojos, cariño —le dice Blanca llena de felicidad.
Martina hace caso a su madre y los abre.
Le cuesta acomodar su visión de la oscuridad a la claridad cegadora de la mañana.
Ha amanecido con un sol imponente que se cuela entre las montañas, iluminando con precisión la fachada de la casa frente a la que se han detenido.
En una placa de hierro ya algo oxidada se lee un nombre: Los Rosales.
Lo pone en una placa de hierro ya algo oxidada.
—¿Aquí? —dice Martina sorprendida—. No conocemos a nadie que viva en esta casa.
—Lo sé.
Blanca saca unas llaves del bolsillo del pantalón y se las entrega a Martina. Ella las sostiene con las manos temblando.
—Abre, cariño.
—¡Mamá!
—Venga, que la puerta no se abre sola —le dice con retintín dejando ir una sonrisa.
—Está bien.
Martina introduce la llave en la cerradura y la sostiene por unos instantes dentro antes de girarla.
La puerta cede.
Al entrar, Martina descubre una casa con mucha luz.
—Nos quedamos, cariño. He alquilado esta casa.
—¡¿En serio?!
—Sí. No quería decirte nada hasta que no la tuviera. Graciela nos ha ayudado; bueno, Graciela y Agustina son las que han hecho esto posible. Sabían que Eusebio, el dueño de esta casa, la estaba reformando y han hecho la magia.
Martina no duda en rodear con sus brazos el torso de su madre y darle un gran abrazo. Blanca llevaba mucho tiempo sin recibir uno igual así de su hija.
—Gracias, mamá.
—No me las des. Es lo que las dos necesitamos. Nos merecemos una nueva vida y, si tú deseas hacerlo aquí, lo haremos.
Recorren las estancias con una enorme sonrisa.
—¿Esta será mi habitación? —dice Martina al ver que en ella podría tener su rincón para escribir sobre un escritorio de madera antigua restaurado.
—Cuando vine a verla, sabía que esta sería la que elegirías. Está hecha para ti.
Salta sobre la cama y rebota varias veces hasta quedarse totalmente estirada mirando al techo.
—¿Podré pintar unas estrellas para que se iluminen cuando se haga de noche?
—Podrás hacer lo que quieras.
—Y podremos invitar a la familia para que nos puedan venir a visitar.
—Claro, cariño. Podremos hacer lo que deseemos.
Bajan hasta el salón y Martina se para enfrente de la chimenea con la boca abierta.
—Es muy bonita. Aquí podremos ponernos Brux y yo, sentados frente al fuego. Tenemos que comprar una manta. La colocaremos aquí —señala Martina emocionada con el dedo el lugar exacto de donde se la imagina.
—La guardé —le dice su madre, orgullosa de haberlo hecho.
—¿De verdad la guardaste?
—Sí, cariño. Pensé que algún día podríamos volver a necesitarla.
—¿Cuándo podremos venir a vivir?
—Hoy mismo, si tú quieres.
—¡Claro que quiero! Me gustan los muebles, me gusta todo lo que tiene. Ese hombre ha tenido buen gusto.
—Agustina me ha contado que su mujer ha sido la que se ha encargado de la decoración.
—De ahí los tonos pasteles de los cojines y las cortinas…, ¡mira, mamá, qué cortinas! —dice corriendo hacia ellas para tocarlas—. Son suaves. Por fin podremos tener un hogar —le dice Martina dando vueltas en el centro del salón.
Blanca la mira, no pudiendo contener la felicidad.
Martina sale a un pequeño patio que tiene una mesa y dos sillas de hierro blancas.
—Aquí podré plantar algunas flores —dice Martina viendo todo el espacio que tiene para poder hacerlo.
—Sí, pero te ocuparás tú. Ya sabes que yo no soy capaz de mantenerlas vivas.
Martina se ríe mientras mira a su madre, porque sabe que es cierto.
—Ya soy mayor y ahora puedo cuidarlas.
—¡Mayor! Anda, vamos, que los mayores de verdad debemos volver al trabajo.
—Está bien, pero lo llenaré todo de plantas —le dice mientras cierra la puerta.
—¿Cuándo nos trasladaremos?
—Si te parece bien, esta misma noche.
—Le podemos pedir ayuda a Mikel.
—Anda muy liado con la granja. Lo podemos hacer nosotras. Siempre lo hemos hecho, cariño. Son solo unas pocas bolsas y maletas.
Blanca se asegura de cerrar la puerta.
—Sabes lo que podrías hacer, señorita. Mientras yo trabajo, tú puedes ir recogiendo la habitación. Así solo tendremos que traer las cosas cuando acabe.
—Nunca antes había tenido tantas ganas de hacerlo.
Martina no puede evitar mirar hacia la casa de los Charate; alguien sale por la puerta.
Ve una mujer de treinta y pocos años que empuja un carrito de un bebé.
Martina esboza una sonrisa. En otro momento, le habría frustrado comprobar que no vivían allí las personas que ella imaginaba, pero está tan feliz que continúa su camino junto a su madre deseando conocerlos otro día.