Capítulo 58
—Agáchate —le dice Mikel a Pedro antes de bajarse del coche para abrir la puerta de la granja.
Sin detenerse, entra directo al establo. Baja del coche apresurado para cerrar cuanto antes las puertas de la entrada. Mira a un lado y a otro. Tras el incidente con las ovejas, no se fía.
—Puedes bajar, aquí estás seguro —le dice Mikel abriéndole la puerta.
—Lo siento. Siento haberte metido en este marrón, pero no tenía otra salida.
—Déjalo, entremos a casa, prepararé un café bien caliente para quitarnos este maldito frío del cuerpo.
Mikel abre la puerta y la casa está fría. Coge unos leños junto a la chimenea para encenderla.
—Siéntate, ponte cómodo —le dice después de prender fuego, asegurándose de que queda encendido.
Pedro le hace caso y se sienta, con el temblor aún metido en el cuerpo.
—Estate tranquilo, el último sitio donde te buscarían ahora es aquí —le dice Mikel dirigiéndose a la cocina para coger la cafetera italiana.
Coge entre sus manos una lata negra con la palabra “ café” impresa en azul ultramar. Le golpea el aroma y lo respira con ansiedad. Se ayuda con una cuchara para rellenar de café la cafetera. La llena de agua y la pone en el fuego tras encenderlo.
—Espera un segundo, voy al baño, ya no aguanto más.
Mikel se detiene en el espejo del lavabo, apoya sus manos sobre la cerámica y ve que las finas venas de sus ojos están más rojas de lo común. Se echa agua en la cara y en la nuca; tras orinar, se lava las manos para volver junto al que fue su amigo.
Han pasado tantos años que ya no sabe quién es el que está en su salón sentado.
Nada más llegar a la cocina, la cafetera comienza a silbar. Mikel sirve dos tazas grandes de café llenas hasta arriba. El aroma vuelve a relajar el palpito que siente de poder perder el control.
—Perdona, no te he preguntado si lo quieres solo o con leche.
—No te preocupes, solo está bien.
Va junto a él y se sienta a su lado derecho.
Él sostiene la taza delante para que la coja. Pedro estira su mano hasta hacerse con ella.
Mikel lo mira a los ojos.
—Pedro, creo que debes darme una explicación de lo ha pasado esta noche —le dice Mikel sin apartar los ojos en él.
—Te la debo.
Pedro bebe un sorbo de café antes de hablar.
—Siento que el día que fuiste a Borau te tuvieras que dar media vuelta sin poder encontrarme, pero no podía verte, Mikel.
—¿Por qué?
—No me lo permitían.
—¿Quién?
—No sabes lo que hay detrás de este valle y de Borau. Llevas muchos años fuera y esto no es lo que era.
—¿Qué ocurre, cuéntamelo? —le pregunta Mikel y le da un sorbo al café, sintiendo cómo baja caliente por la garganta.
—Es difícil de explicar —le contesta Pedro, perdiendo su mirada al suelo.
—Tenemos todo el tiempo del mundo —le responde Mikel sujetando la taza tan fuerte que puede quebrarse en cualquier momento si sigue apretando.
—No lo creas, cuando vean que no estoy, no pararán de buscarme hasta que me encuentren. No estoy a salvo ni aquí ni lo estaré en ningún sitio si no me voy lejos.
—Déjame ayudarte.
—No puedes.
—Déjame al menos intentarlo.
—Estoy tan metido en el fango como lo están ellos. No tengo escapatoria, Mikel.
—Pero, ¿de qué narices estás hablando?
—Es algo muy peligroso, Mikel.
—Deja que valore si es peligroso o no. Pero cuéntamelo de una vez.
A Mikel se le frunce el ceño esperando una respuesta rápida de Pedro.
—Está bien. De lo que te cuente ahora, tal vez ya no haya vuelta atrás. Ni para ti ni para mí, pero ya estoy aniquilado, así que ¿por qué no contarte la verdad?
—¿La verdad?
—Sí, la verdad. Puede que, tras escuchar lo que diga, no puedas volver a mirarme a la cara, pero estoy dispuesto a que eso ocurra si lo decides así.
Mikel traga saliva.
—Pedro, habla. Habla ya.
—Hoy, cuando has ido a Borau, no sé si habrás podido ver cómo descargaban unas cajas en el bar del pueblo.
—Sí, las he visto.
—Esas cajas no son unas cajas cualquiera.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Es una larga historia.
—Dime lo que sabes para que no perdamos el tiempo.
—Entré en la quesería y pude entrar en un almacén. Había fajos de billetes y centenares de bolsas con polvo blanco. Cocaína. No hacía falta ser un lince para saber lo que era —le contesta Mikel seguro.
—No deberías haber entrado solo. Eso ha sido una puta locura. Además, puedes haberte puesto en peligro.
—Puede que lo esté. Pero no voy a parar. Además, creo que el cuerpo de Antón está escondido en la quesería.
—Para, para. ¿Qué estás diciendo?
—Mi padre, antes de morir, me dijo tres palabras: Secreto, Antón y Pajar. En este pajar encontré un plano y una llave. No hay que ser muy listo para hilar que la llave abría el lugar donde está enterrado, la quesería.
—Es hora de poner las cartas sobre la mesa, Mikel.
Ya sabes que la quesería solo se trata de una tapadera para mover la droga que almacenan.
Te voy a dar asco con lo que voy a decir, pero estoy harto de esconderme como si fuera una maldita rata.
—Pedro bebe un sorbo de café—. Empezaré desde el principio.
—Se toma unos segundos y Mikel lo mira expectante—. La muerte de Alizia lo cambió todo.
—Eso no es nada nuevo —dice Mikel, harto de ser el culpable de todos los males del pueblo.
—Espera, déjame continuar. Tras marcharte del pueblo, yo lo hice también. Me fui a Borau. Muchos de nosotros fuimos yéndonos poco a poco. La única que permanece es Ixeia y porque se quedó junto a Lizer.
—Lo sé. He preguntado por Ibon y el resto. Parece que todos se han ido repartiendo por diferentes ciudades de España y Francia.
—Así es. Nadie sabe por qué, pero las casualidades no existen.
—A ti te tengo delante. ¿Por qué te marchaste tú?
Cuando tu ilusión era quedarte junto a tu padre siguiendo el negocio en un futuro y convertirte en el mejor carpintero de la zona —le dice Mikel recordando las palabras de su amigo cuando eran unos jóvenes adolescentes con todo el futuro por delante.
—Ese era mi sueño, pero se rompió en pedazos. Tuve que irme para que te dejaran a ti y a mi familia tranquilos.
Mikel abre los ojos embargados de sorpresa y rabia.
—¿Por mí?
—Lo vi todo, Mikel.
—¿Qué viste?
—Que la muerte de Alizia no fue un accidente.
Mikel se levanta del sofá herido y maldiciendo lo que acaba de decir Pedro.
—Mikel, escúchame.
Mikel no para de dar vueltas en el sentido de las agujas del reloj a la isla, con las manos en la cabeza y los ojos inyectados en sangre.
—¿Qué hice? ¿Tú lo has sabido todos estos años y no me has dicho nada? Claro, viste que la maté y callaste.
—No. Tú no la mataste. Lo hizo Lizer. La lanzó por la barandilla mientras tú estabas inconsciente tras el puñetazo que te dio.
—¡Lo viste!
Mikel camina hasta él.
—¿Por qué dejaste que cargara con esa maldita culpa? Todos estos años… todos estos años he pensado que la maté… y resulta que mi mejor amigo lo vio… y no dijo nada. —Mikel se desploma en el sofá y oculta el rostro entre las manos.
Pedro le pone su mano sobre el hombro de Mikel.
—No me toques.
Lo mira.
—Solo tenías que decir la verdad.
—No podía, Mikel.
—¿Por qué?
—Cuando entraste a la cueva, te seguí. Sabía que no estabas bien y, cuando acabé de bajar las escaleras, vi a Lizer lanzar a su hermana y a ti tirado en el suelo sin moverte.
Me acerqué hasta Lizer y me volví loco. Lo zarandeé preguntándole por qué lo había hecho.
No me contestó, solo me dijo que, como no callara mi puta boca, te mandaría a prisión por la muerte de su hermana y mi familia pagaría por todo, dejándola en la desgracia más absoluta.
Era su palabra contra la mía, nadie más vio nada y el apellido Allué, ya sabes que aquí en el pueblo pesa más que cualquier cosa.
No tuve elección, Mikel. Mi silencio ayudó a que declararan que fue un accidente.
Dejándote sin cargos. Mi familia ha podido seguir viviendo tranquila y yo…
yo me tuve que ir a Borau a seguir pagando mi condena.
—¿De qué condena me hablas?
—Creía como un tonto que me marcharía del pueblo como me invitaron a hacerlo, que me dedicaría al ganado y a ser un simple guía turístico de la zona.
Pero no fue así. Las primeras semanas solo sirvieron para reconocer el terreno y que los habitantes me controlaran cada paso.
En Borau, todo el mundo está comprado, Mikel.
Son gente peligrosa. Perdona, me voy por las ramas —Se acaba el último sorbo de café y deja la taza sobre la mesita de centro—.
A las dos semanas de llegar, aparecieron Lizer y Acher por el pueblo.
Me reunieron en el bar, junto a todos los que llevan el negocio de la droga.
—¿Los que vi en el bar?
—Exacto. El contacto, el dueño del bar.
—Sé quién es. Me paré a tomar un café y todos me miraron para hacerme saber que no era bienvenido.
—¿Qué sucedió en esa reunión?
—Después del primer chantaje, llegó otro.
Debía pasar la droga a través de las montañas hasta Francia.
Estoy harto, Mikel. Estoy harto de esconderme, de no poder ver a mis padres cuando quiero, de poder formar una familia.
Mi vida es una completa ausencia de ella.
He movido kilos y kilos de drogas. No sé la gente que ha podido enfermar por culpa de…
no me lo perdono, no hay ni un solo día que no piense en ello cada vez que camino hacia una nueva entrega.
Cuando me enteré por mi padre de que andabas preguntando por mí, sentí vértigo.
Vértigo a que todo nuestro pasado volviera. Y, creo, que ha vuelto.
—No sabía nada. Yo estaba sumido en mi propia desgracia. Pensando todos estos años que había acabado con la vida de Alizia. Caí en la bebida hasta perder el sentido.
—Conozco la historia.
—Ya, ¿quién no la conoce? Que he sido un puto borracho igual que mi padre.
—No te hagas eso. No te ayuda.
—Pedro, realmente, ¿a qué nos enfrentamos?
—A gente que está dispuesta a matar si hace falta, sin dudar en apretar el gatillo.
Los he visto hacerlo. Y después enterrar su cuerpo en las montañas.
Ya te lo he dicho, son personas dispuestas a todo.
Me van a encontrar. Solo disponemos de un par de días como mucho.
Pensarán que estoy transportando la última entrega hasta que se den cuenta de que falto. Solo dos días, Mikel.
—Debemos movernos rápido. Ahora sé que Alizia murió porque los descubrió, al igual que lo tuvo que hacer Antón.