Capítulo 57
Mikel se acerca a la puerta de chapa galvanizada.
Agarra la manilla y empuja con suavidad; un golpe seco le confirma que el portón está cerrado, pero el ligero juego del metal le dice que no han echado la llave con doble vuelta.
Piensa en las veces que ha tenido que recurrir a una tarjeta de fidelidad de la gasolinera donde iba en Pamplona para abrir la puerta que salía al exterior de la sala de calderas, cuando se quedaba fuera sin poder volver a entrar.
Coge la cartera y se alegra de no haberla tirado todavía.
Introduce el canto del plástico en la ranura entre la puerta y el marco, a la altura de la cerradura.
Mientras contiene la respiración por unos instantes, Mikel hace fuerza hacia abajo y hacia dentro mientras empuja con el hombro.
El primer intento es fallido, pero lo vuelve a intentar y el plástico presiona sobre el pestillo curvo hacia dentro de la cerradura y la puerta se abre con un Clac seco.
Una densa oscuridad no le deja ver lo que tiene delante y coge de nuevo el móvil para alumbrarse. Al ver lo que hace años tuvo que ver Alizia, contiene el aire.
Se encuentra una cámara de maduración, de paredes de cemento visto.
Al ver un fluorescente que cuelga del techo, decide buscar el interruptor y cerrar la puerta.
Apaga la linterna del móvil y guarda el teléfono en el bolsillo.
El fluorescente proyecta sombras alargadas y lúgubres por toda la estancia.
En el centro destaca una enorme mesa de trabajo de acero inoxidable, fría y gastada por el uso.
Sobre la superficie encuentra decenas de bolsas con polvo blanco que se amontonan de forma caótica.
Están listas para su distribución, lo sabe cuando sostiene una en su mano.
Al lado de la droga, destaca una máquina eléctrica para contar los billetes con un pequeño contador digital que está apagado.
Está rodeada de fajos de euros atados con gomas elásticas.
Hay decenas de cajas de madera y moldes cilíndricos para los quesos.
Se acerca y ve algunos quesos vaciados por el centro, desvelando que los rellenan con bolsas de drogas compactadas.
De repente, escucha un ruido y sale corriendo de la sala para esconderse tras la arboleda junto a donde cree que yace enterrado el cuerpo de Antón. Se alivia al recordar que ha dejado el coche aparcado a varios metros de distancia de la quesería.
—Está bien, ya he llegado, cogeré la mercancía y te la llevaré ahora mismo —dice Lizer con el móvil pegado en su oreja.
Mikel, agazapado entre los árboles, lo ve entrar en el almacén donde guardan la droga. Aprovecha para andar a hurtadillas hasta salir de la quesería con el corazón en la garganta hasta que cruza el umbral.
Se mete rápidamente en el coche a esperar; está dispuesto a seguir a Lizer.
***
Los minutos pasan. Las luces del Mercedes todoterreno negro se encienden. Mikel lo sigue a distancia con las luces apagadas. No quiere que lo vea. Las carreteras están desiertas y sabe que si las acciona, puede verlo.
Lizer sale de la N-330 para coger HU-V-2121. Es una carretera muy sombría, rodeada de bosque, y Mikel va mirando todo lo que hay alrededor. Cree saber a dónde van, a Borau, y después de catorce kilómetros ve que está en lo cierto.
Al llegar al pueblo Mikel aparca en una de las callejuelas de piedra cerca de donde Lizer ha aparcado junto al bar del pueblo.
Al mirar desde lejos, reconoce al hombre que habla con Lizer.
Es el mismo que le sirvió el café. Cuatro hombres más están descargando cajas del maletero para meterlas a gran velocidad dentro del local de restauración.
Mikel cuenta y ve sacar al menos quince cajas.
Supone que son las mismas que ha visto almacenadas por decenas dentro del almacén en la quesería.
Mikel se agacha de golpe cuando ve que Lizer camina hasta el Mercedes después de estrechar la mano al que parece ser el dueño del bar y guarda un fajo de billetes dentro del bolsillo de la chaqueta.
Cuando lo ve que se aleja y pierde las luces del coche de su vista, mira de nuevo a ver si los hombres siguen en la calle. Pero ya no queda nadie. Es el momento de marcharse. Camina cuidando las espaldas de nuevo en dirección al coche.
Acciona el mando para abrir el Land Rover y cuando va a abrir la puerta, escucha el chasquido de otra hasta que se abre. Mikel se queda como una piedra al ver que su amigo, Pedro, entra en el vehículo y se esconde bajo el asiento trasero.
—No te pares, sigue —le dice Pedro desde atrás—. Sácame de aquí.