Capítulo 56
M ikel tiene la cabeza hecha un bombo. La resaca del día anterior le ha hecho recordar lo que viene después de beber y no puede olvidar la mirada de Martina cuando le encontró en la granja tirado en el suelo. Teme haberla defraudado. Pero ya solo pesa la promesa que le hizo mirándola a los ojos.
Mira el reloj, la noche ha dejado paso a una madrugada fría y llena de una claridad profunda gracias a una luna llena.
Sale por la puerta para dirigirse al establo.
Debe deshacerse cuanto antes de las ovejas muertas si no quiere que algunas de las chicas o su madre las puedan descubrir.
No soportaría que lo hicieran. Está convencido de que los Allué están detrás de todo; tal vez lo que quieren es darle un mensaje para que sepa quién manda, o tal vez quieran que desaparezca del mapa.
Pero esta vez no está dispuesto a rendirse.
Comienza a llenar de plásticos el fondo del maletero del Land Rover.
No quiere dejar ningún rastro de sangre.
Coloca un tablón de madera robusto en el borde de la plataforma para crear una rampa.
No ve otra manera de poderlo hacer solo.
Lo ha estudiado durante todo el día. Ha llegado la hora de la verdad para poner su plan en marcha.
Coge una de las ovejas y la arrastra con todas sus fuerzas.
La lana y la sangre le ayudan como lubricante.
El esfuerzo parece quebrarle la espalda, pero consigue meter la primera.
Una capa de ovejas inunda el maletero y ya no tiene espacio para apoyar los pies.
Piensa y piensa. Hará que la madera actúe de tobogán.
Embadurna la rampa con la sangre de las ovejas para que la lana se deslice mejor.
Jadeando, con los músculos de los brazos quemados por el esfuerzo, apoya el estómago contra el portón trasero y empuja los últimos cuartos traseros con rabia.
Se ayuda con todo el peso de su cuerpo para obligar a la masa de lana a compactarse dentro del habitáculo antes de poder dar el portazo definitivo.
Han pasado casi dos horas desde que comenzó, son las tres de la madrugada y debe ponerse en marcha cuanto antes si no quiere llamar la atención.
Comienza a subir por una pista forestal secundaria que le llevará a las laderas desiertas de Canfranc.
No tiene iluminación y los focos del coche son lo único que alumbra el camino.
El olor cada vez es más denso. La sangre caliente con la mezcla de la lana húmeda le hacen abrir la ventanilla.
El frío entra de golpe. Pero la necesidad de respirar aire limpio le supera.
En cada curva que toma, escucha como los cuerpos de las ovejas chocan contra los paneles metálicos del Land Rover.
Mira por el retrovisor pero no consigue ver nada más que las patas y las cabezas que llegan hasta el techo.
Teme que el coche no soporte el peso, cada crujido parece hundir la suspensión.
Al llegar a una curva cerrada que bordea un precipicio se detiene.
Apaga el motor con el corazón a mil por hora, comienza a arrastrar los cuerpos uno a uno y los va empujando por el borde para que caigan por el barranco.
Se estremece al escuchar cada golpe que dan contra las rocas hasta llegar al fondo en mitad de la oscuridad.
Un pinchazo agudo en las lumbares lo obliga a enderezarse despacio. Se presiona la espalda con ambas manos, toma una bocanada de aire gélido y, tras notar un leve alivio, vuelve a subir al vehículo con la esperanza puesta en el cielo y que los buitres hagan su faena.
Baja de nuevo la montaña con la sensación de que podría volar.
El peso en el coche se ha esfumado, igual que las ganancias que le reportaban esos animales que acaba de despeñar.
No tiene ni idea de justificar ante su madre las pérdidas, pero es la hora de pensar cómo ingeniárselas para salir de este embrollo.
Mira el reloj, todavía es madrugada, la gente duerme y es el momento perfecto para tomar dirección a la quesería. No entraba dentro de sus planes, pero debe hacer una visita.