Donde duermen los secretos Capítulo 64
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Capítulo 64

E l silencio en el despacho de Acher Allué es más denso que la propia tormenta que aún golpea los cristales.

Sobre la mesa de roble, el telefóno móvil lleva horas mudo.

La red de silencios y favores que ha tejido en el valle durante décadas se ha desmoronado en un solo día tras el registro en la ermita de Borau y la detención de su hijo.

Ya no queda nadie a quién llamar. Nadie va a descolgar.

Acher, con las manos extrañamente tranquilas, se sirve una copa de vino y con la otra, sostiene el portarretratos de plata con la fotografía de su esposa.

La mira fijamente, buscando quizás un perdón que el pueblo ya no le dará.

El apellido Allué, su gran orgullo, se ha convertido en ceniza.

Su hijo Lizer estaba en un calabozo confesando un asesinato, y los camiones de Borau y la droga ya forman parte de un atestado policial.

A lo lejos, el eco de las sirenas comienza a rasgar la noche, ascendiendo de forma implacable por la carretera que lleva hacia la finca. Van a por él. No va a permitir que lo esposen. No va a arrastrar su vejez a los tribunales.

Deja la copa a medio terminar sosteniendo la foto en su barriga. Abre el cajón del escritorio y empuña un arma.

Cuando las patrullas derrapan sobre la grava del Prado de Arriba y los agentes echan la puerta abajo, apenas unos minutos después, llegan tarde. El viejo cacique del valle ya ha dictado sentencia con un tiro en la cabeza.

Epílogo

Un año después.

—Pásame la sal —le dice Ixeia a Mikel, que está en la otra punta de la mesa en el salón de la granja.

—Aquí tiene, señorita.

Mikel le pasa el frasco con una enorme sonrisa.

—Yo quiero un plato de migas de pan de la abuela —le dice Melisa.

—¿Cuál de las abuelas?

—La abuela Ara, que la abuela Antonia no ha hecho migas que yo sepa.

—Qué inteligente es la niña —dice el abuelo Esteban, orgulloso de su nieta.

Ara le sirve un plato generoso a su nieta, que se lo acerca hasta la mesa.

—También quiero —le dice Martina, que está sentada junto a su amiga.

—Bueno, parece que todo el mundo quiere de las migas de Ara, no voy a ser la única que no coma —añade Blanca, que ha sido invitada por Ixeia y Mikel a pasar el lunes de Pascua en su casa.

—Como me dejéis sin comer, os vais a enterar —amenaza Izarbe con una risa pícara.

— Je veux aussi —dice Joseph, avergonzado por no saber todavía español.

Todos se ríen.

—Mira que lo he intentado, pero mi marido es un desastre con los idiomas y eso que es profesor.

— Je suis enseignant . Pero no tonto.

—Anda, eso sí que lo sabe decir.

Las risas se extienden por toda la estancia, haciendo que disfruten de una gran comida familiar, como nunca antes hubieran creído poder tener con todos reunidos en el pueblo.

Melisa mira a su padre y su madre, que se cogen de la mano, y sonríe al sentarse junto a su amiga en el sofá.

Martina abre su diario.

—Mira —Martina le señala con el dedo a dos flores con caras de personas, montadas en dos arañas blancas y con patas alargadas.

—¿Esas somos nosotras?

—Claro. Como el sueño que soñé el otro día, y éramos dos elfas montadas en dos caracoles gigantes.

—¿Esta vez dónde íbamos?

—Andábamos por un camino lleno de tierra y espacios verdes con grandes árboles con narices y ojos salientes. Nos vigilaban. Los buitres oscuros estaban en la oscuridad, tras los grandes nubarrones que escondían la fortificación a la que teníamos que llegar para recuperar el Bastón del Rosal.

—¡Qué bonito! —exclama Melisa al verlo dibujado y pintado.

—Me gustaría poder tener uno de verdad.

—Sí, así podríamos atrapar a los malos cada vez que se estirasen las raíces para dejarlos inmóviles.

—Chicas, venid a por el postre —le dice Ixeia mirándolas, sabiendo que traman algo.

Martina cierra el diario, preguntándose cuál será el siguiente sueño que dibujará en sus páginas. Deja el bolígrafo que le había regalado Ricard sobre la cubierta de cuero y regresa a la mesa, dispuesta a seguir disfrutando, por fin, de una nueva vida.