Capítulo 54
Al llegar al pueblo, para el todoterreno en mitad de la avenida principal Fernando el Católico sin importarle los cláxones de los vehículos que pitan molestos por detrás.
En automático baja y cierra la puerta. Con los ojos encendidos entra en una tienda donde espera encontrar solo una cosa: whisky .
Le da igual la marca, le da igual lo que valga.
Solo quiere una maldita botella con la que aliviar el dolor que siente en las entrañas.
Avanza por los pasillos tan rápido que en menos de un minuto ha registrado la tienda entera.
Baja sus hombros desesperado al no encontrar nada.
Cuando pasa por el mostrador, ve que están dentro de una vitrina bajo llave.
Se detiene para esperar su turno. El dedo gordo de su pie derecho no deja de moverse como si estuviera pulsando un botón.
—Dígame, ¿qué necesita? —le pregunta el dependiente.
—Una botella de whisky , gracias. —Se rasca la nuca.
—¿Qué marca?
—Cualquiera de ellas me viene bien.
El dependiente, contrariado, se da la vuelta y decide sacarle la primera que tiene a mano, una Johnnie Walker.
—Aquí tiene. Serán quince euros —le dice el dependiente, metiendo la botella en una bolsa de papel y desconfiado de que Mikel le pague.
Mikel saca la cartera ansioso y deja un billete de veinte euros sobre el mostrador. El dependiente lo coge y va hacia la caja registradora. Vuelve a mirar a Mikel y le da su cambio. Mikel coge la botella y la pone bajo su brazo como si fuera un fugitivo.
Entra en el coche y la deja sobre el asiento del copiloto. Arranca, quita los intermitentes de emergencia y pone primera en dirección a la granja sin mirar atrás.
Al pasar por la quesería que queda a su derecha, el manto verde rodeado de árboles vuelve a golpearle y gira inmediatamente la cabeza huyendo del recuerdo.
Nada más entrar al pueblo, ve a lo lejos una caravana de vehículos que le impide avanzar lo rápido que él quiere. Mira a su izquierda. S olo unos pocos metros más , piensa al ver que si el coche que tiene delante avanzara, podría girar sin ningún problema.
Mete primera y gira.
Cuando llega, aparca directamente en el establo sin detenerse en una sombra que hay en el suelo a su derecha. Cierra el Land Rover y las puertas del establo, asegurándose.
Al pasar por delante de un rastro de sangre, sale corriendo, siguiéndolo hasta las ovejas.
Tiene frente a él una imagen desoladora que le hace arrodillarse en el suelo y, después, se tapa los ojos con las manos.
Una docena de ovejas yacen muertas, apiladas como si fuera un montón de basura.
Se da cuenta de que sus piernas se posan sobre un reguero de sangre y, aturdido, se pone en pie huyendo de la escena.