Donde duermen los secretos Capítulo 53
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Capítulo 53

E s viernes, Viernes Santo. A pesar de que es un día de fiesta, Mikel anda atareado en la granja cargando el pedido de los Allué. Debe cumplir con su palabra.

Coge el último bidón de leche y lo coloca también en el maletero. Cierra y camina hasta el pajar. Ha dejado una última cosa por hacer antes de marcharse.

Al entrar, le ciega la luz del sol que entra por la ventana al frente.

Se tapa los ojos con la mano hasta que pasa a la sombra.

Sube las escaleras para llegar hasta la viga del techo donde tiene guardada la caja metálica, al igual que lo hizo su padre.

Busca al roedor que parece haberse instalado. No es la primera vez que se asusta.

Sostiene la caja en sus manos y la abre para sacar las llaves encontradas. Las mete en su bolsillo y vuelve a esconderla.

Se dirige a la quesería que se encuentra a tan solo cuatro minutos de distancia del pueblo.

Mira al cielo que se ha puesto negro de golpe.

Al llegar, baja del coche y un trueno se siente tan fuerte que se asusta.

Tras la montaña, un relámpago. Indeciso de lo que debe hacer con la mercancía, mira si la puerta está abierta.

Mira dentro y ve rastros de neumáticos en el suelo que suben en una pendiente.

Empuja con la mano y está cerrada. Se detiene en las letras que están grabadas en la cerradura y el corazón le empieza a latir más fuerte cuando lee MCM.

Las siglas de las llaves. Las saca de su bolsillo echa un vistazo alrededor, se asegura de que nadie lo observa.

Con la mano temblorosa acierta a meter una de ellas y nota resistencia, pero insiste y cede.

La puerta se abre. El sonido de unos neumáticos rodando cerca lo pone ansioso y saca rápidamente la llave, la vuelve a guardar en el bolsillo y, cuando se gira, ve que es Lizer.

Lo saluda con la mano con el corazón en la boca.

Lizer aparca junto a él y lo mira fijamente con sus ojos azules traslúcidos apagando el motor.

—Es de hombres cumplir. Y, aquí, estás. Temía que no vinieras. Ya sabes, las fiestas nos hacen perder el norte.

—Te di mi palabra.

—¿Lo traes todo?

—Todo lo que te traía mi padre cada viernes.

—Entonces, has hecho los deberes. Temía que no supieras qué traer.

—Lo llevaba todo bien apuntado.

—Aitor, tu padre, era un bien mandado. Esperemos que tú también lo seas.

Mikel prefiere no responder a eso y a cambio le pregunta dónde debe dejar la mercancía.

—Te abriré para que puedas llevar el coche hasta arriba.

—De acuerdo.

Mikel arranca el motor. Entre tanto, Lizer abre las puertas para dejar paso al coche. Sigue los pasos de Lizer en primera hasta llegar al final, como le indica con la mano. Vuelve a hacer unos gestos para que tire marcha atrás y apague el motor.

Se queda sin palabras al ver una hilera de árboles que conforman un camino exactamente igual que el plano que su padre dibujó a mano.

Comprueba el edificio de atrás y el que tiene delante.

Percibe el sonido del agua correr con fuerza y mira a su izquierda donde parece adentrarse la montaña.

Siente un temblor en las piernas al recordar la cruz marcada en mitad del camino de árboles.

Está a tan solo unos pasos. Puede ser donde Antón esté enterrado.

—Mikel, andas distraído. ¿Ves aquella hilera de bidones de leche?

—Sí.

—Pues déjamelos allí.

—De acuerdo.

—Cuando acabes, llévame todo lo demás a la tienda. Es el edificio que tienes enfrente. Encontrarás una puerta trasera. Te espero allí, pero antes cerraré las puertas para que no entre alguien que no deba.

Mikel ve a Lizer bajar la cuesta y se detiene unos instantes a observarlo.

Lo que no esperaba era encontrarse con la mirada de él.

Nervioso, le retira la mirada y empieza a llevar los bidones.

Cree tener miradas por todas partes puestas en él.

Aprovecha cada paso para poder observar lo que guardan o lo que esconden.

Alizia debió de ver algo aquí, pero ¿qué?

¿dónde?, piensa. Cuando coloca el último bidón, se dirige de nuevo al camino.

Cuenta los árboles para saber justamente dónde se encuentra la mitad.

Once, es aquí , piensa. Se asegura de que nadie esté mirando.

No tiene ni idea de la gente que puede trabajar en la quesería.

Al no ver a nadie, se adentra en el bosque siguiendo el sonido del agua y encuentra un manto verde lleno de árboles frondosos y bastante altos.

Siente una bocanada de angustia al pensar que Antón podría estar enterrado ahí mismo.

— ¡Mikel! —grita Lizer desde la puerta trasera de la tienda.

Mikel lo escucha a lo lejos.

Corre de nuevo al camino.

—¿Dónde estabas? —le dice con la mosca detrás de la oreja.

—Me parecía haber escuchado bajar agua tras los árboles y no sabía de dónde venía.

—¡No me jodas que no sabes que el río pasa por ahí!

—No, nunca antes había estado aquí.

—Anda, pasa. Tomaremos una cerveza bien fría y unos cortes de queso que ha hecho Manuela, la dependienta. Espera que os presento.

—¡Manuela! —grita su nombre desde la trastienda.

Manuela se reúne con ellos y no duda en mirar a Mikel de arriba abajo.

Él le responde con la mirada, pero lo que él observa es el perfil de chica que siempre le han gustado a Lizer.

Rubia, con ojos azules como él. Va vestida con una bata blanca y el nombre de la quesería bordado en el bolsillo en color azul.

Cree que no tiene más de veinticinco años. Es alta y agradable a la vista.

—Hola, soy Manuela.

—Este es Mikel. Es uno de los cuatro amigos de los que te conté.

Recordarás que te hablé de Ibon y Pedrete también.

Lo que no te dije es que nos hacíamos llamar Los Bucardos.

¡Te lo puedes creer! De todos, el único que ha permanecido en el pueblo soy yo —le dice regodeándose ante Mikel mirando a la chica—.

El más guapo, yo ¿verdad, Mikel?, y el más rico.

Se ríe.

—Manuela, trae el mejor queso y unas anchoas para que lo pruebe aquí nuestro amigo —dice Lizer.

—Por supuesto.

La chica le hace caso y va a la tienda a buscar lo que le ha pedido.

Lizer no tarda en ir detrás de ella. Mikel aprovecha para buscar pistas.

Empieza a moverse por la sala y lo único que ve son cajas y cajas apiladas en todas las paredes sin dejar un hueco libre.

A un lado se encuentra una mesa de madera con cuatro sillas alrededor.

El resto, está libre para el paso. A la izquierda, una puerta.

Al frente, por donde han salido. Intenta abrir una de las cajas, pero está cerrada.

Prueba y prueba, pero no consigue encontrar ninguna abierta.

Lee los textos impresos y parece que todo es mercancía para reponer en la tienda.

De repente escucha unos pasos y vuelve a donde estaba.

—Anda, toma. Vamos a celebrar nuestra nueva y, esperemos, fructífera relación de negocios —le dice Lizer acabando con una sonrisa impostada.

Le extiende una cerveza y Mikel duda.

—Prefiero no beber a estas horas de la mañana si no te molesta. Aún debo conducir el resto del día para hacer todas las entregas que tengo.

—No me seas un aguafiestas. Si te para la policía, me lo dices, que le digo yo quién manda aquí.

Vuelve a extender su brazo para que la coja.

—No, en serio. No bebo a estas horas.

—No serás capaz de negarme un brindis. Así no se sellan los acuerdos.

—¡Qué pasa aquí! —dice Acher entrando por la puerta de atrás y por la espalda de Mikel.

—¿Quién no va a brindar por los nuevos acuerdos comerciales?

Mikel se da la vuelta y el odio se instala como un puñal.

—Hijo, trae una cerveza para mí también. Los tres brindaremos y nos sentaremos para dejar las bases bien asentadas, como hace cualquier hombre de negocios. Anda, siéntate. —Señala una silla a Mikel junto a él.

Ambos se sientan.

Lizer aparece con la cerveza y poco después entra Manuela con el queso y las anchoas.

—Manuela, trae un poco de pan para acompañar este manjar.

La chica obedece sin decir nada.

—Venga, brindemos.

Acher levanta su botellín de cerveza y espera que Mikel y su hijo brinden junto a él.

Mikel mira la botella durante unos instantes antes de sostenerla en su mano.

Pero tiene ante él al asesino de Antón y a Lizer, que no sabe si es un enemigo o un amigo.

Brindan los tres y Mikel teme meter un hilo de cerveza en sus entrañas, pero los dos lo miran, y comienza a sentir el olor demasiado cerca.

Sabe que no hay vuelta atrás y las palabras de su madre vuelven, al igual que vuelve a pasar el líquido prohibido por su garganta. Cierra los ojos apretándolos de rabia.

Acher se pone a recordar los viejos tiempos cuando su padre aún trabajaba en la quesería.

Entre tanto, Lizer va añadiendo alguna que otra historieta de cuando ambos eran adolescentes.

Mikel escucha como si sus voces fueran un eco dentro de su cabeza, disociado de la conversación.

No puede dejar de pensar que el cadáver de Antón puede estar a solo unos metros de donde está.

—Bueno, dejémonos de recuerdos y vayamos a lo serio.

Supongo que mi hijo ya te habrá puesto al día.

Pero aquí se respetan las reglas, Mikel.

En el pueblo no nos pisamos los unos a los otros, nos cuidamos.

Y si todo va bien, todos ganamos. Solo sigue entregando lo que te pidamos todos los viernes y no quieras extender el negocio fuera, y todo marchará como la seda.

—Acaba diciendo Acher tras un trago de cerveza.

—No habrá ningún problema —contesta Mikel recogiendo el mensaje.

—Entonces, perfecto. Porque los franceses vienen buscando nuestros productos y no me gustaría que cruzaras fronteras. —Coge un trozo de queso—. Bueno, es hora de trabajar —dice Acher metiéndoselo dentro de la boca.

Mikel se pone en pie y no ve la hora de salir por la puerta. Cuando lo hace, camina sin mirar atrás hasta el coche.

—¡Espera! —grita Lizer.

Mikel se detiene de golpe. Se gira.

—Te abro la puerta.

—Claro, no me acordaba.

Sin detenerse, va hasta el coche mojado tras la lluvia. Esquiva un pequeño charco para entrar y conduce bajo tensión hasta salir por la puerta mirando al retrovisor para ver si alguien lo persigue.