Donde duermen los secretos Capítulo 52
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Capítulo 52

A unque el salón del albergue permanece lleno, Blanca no puede evitar mirar repetidamente el reloj que cuelga de la pared. Martina aún no ha venido. Cuando acaba de tomar nota, no duda en dirigirse hasta donde está Mikel, también haciendo lo mismo.

—Mikel, Martina no ha venido todavía y son más de las diez —le susurra al oído.

Mikel sostiene el bolígrafo en el aire antes de escribir la última “ r” de tartar para mirar el reloj que está a su izquierda.

—Tranquila, seguro que está con las chicas. Se habrán entretenido un poco. Esperamos media hora más y, si no, salgo a buscarla.

—De acuerdo. No estoy acostumbrada a que salga sola tanto tiempo —dice entre dientes.

—En serio, estará bien.

Graciela acciona el timbre para avisarles de que hay un nuevo plato preparado para servir y Blanca acude para llevarlo a la mesa siete, dado que está más cerca de la cocina.

La puerta del albergue se abre. Es Ixeia, que entra jadeando buscando a su hija.

—¿Has visto a Melisa?

Blanca, desde la otra punta de la sala y con los oídos afinados, la escucha. No duda en ir hasta la entrada.

—Martina tampoco ha llegado y le dije que viniera a las nueve y media —dice Ixeia.

—Igual que nosotros —responde Blanca.

—¿Has preguntado a los padres de Aurora y Estíbaliz?

—Iba a hacerlo ahora.

—Espera, que te acompaño. —Mikel se quita el delantal y lo deja detrás de la barra—. Dile a Graciela que me perdone.

—Lo haré. Pero…

—Tranquila, la encontraremos. Ten a mano el móvil.

—No tardéis.

Mikel sale por la puerta junto a Ixeia y Blanca los mira con un nudo en la garganta. Él nota un frío que le obliga a dar marcha atrás para coger la chaqueta.

Vuelven a las calles llenas de gente, esquivan un par de grupos que están frente a la puerta.

—Si te parece bien, primero podríamos ir a casa de Aurora; es la que está más cerca. Vive junto a la farmacia.

—De acuerdo.

A Mikel le extraña que Lizer no esté y le pregunta.

—Ha tenido que salir de casa para hacer no sé qué. No sabe que Melisa ha salido. Si le pasa algo a Melisa, no podré perdonármelo nunca.

—Tranquila, las encontraremos.

Pican a la puerta de Aurora y nadie responde. Vuelve a insistir varias veces más, sin respuesta.

—Deben estar de fiesta —dice Ixeia—. Es un mal día para encontrar a la gente en sus casas.

Se dirigen a la casa de Estíbaliz sin mayor suerte.

—¿Qué hacemos? —pregunta Ixeia nerviosa.

—Vayamos junto al río, al parque. Allí se reúnen muchos de los chicos del pueblo.

Ixeia intenta seguir al paso de Mikel, pero los tacones y el vestido vaporoso en tonos violetas y azules se lo impiden. Mikel, que se da cuenta de que se va quedando atrás, le dice:

—Perdona, voy muy rápido.

—Debería haberme quitado esto.

Caminan juntos como dos completos extraños cuando cruzan el puente metálico que pasa por encima del río. Antes lo hacían entre risas y conversaciones donde el tiempo parecía correr tan rápido que no se daban ni cuenta.

—Lo siento, Mikel. Siento si te hice daño al decirte lo de Melisa.

Mikel no es capaz de responder.

—Está bien, entiendo que no quieras hablar de ello, pero en algún momento deberíamos hablarlo con más calma.

Mikel sigue sin hablar.

—Solo respóndeme a una cosa, ¿estás bien?

—¿Por qué me lo preguntas? Ah, sí, déjame adivinar. Porque aquí en el pueblo todos sabéis que tuve problemas con el alcohol y por eso tu marido insistió tanto en que lo hiciera aquella noche.

—No es eso, es porque me preocupas de verdad. Sé que para ti no debió haber sido nada fácil volver.

—Después de tanto tiempo… no sé… déjalo… no hace falta que te preocupes.

—Ya te dije que me equivoqué en dudar de que tú fueras el culpable de la muerte de Alizia, pero… no podía… era mi mejor amiga…

—No me hagas esto, Ixeia. No recuerdo nada de ese maldito día, ya te lo dije. Y me persigue desde entonces.

—Perdona.

—Déjalo, vamos a preguntarles a esos chicos que están allí.

Comienzan a preguntar, pero nadie sabe nada de ellas.

—¿Dónde pueden estar, Mikel? —dice Ixeia con los ojos vidriosos—. Y, Melisa, mi niña.

—Vuelve a casa. Iré más rápido si voy solo.

—No, quiero ir contigo.

—Está bien. Pero no hablemos más de este tema, no por el momento.

—Está bien.

El silencio entre ellos recorriendo las calles le duele profundamente a Mikel, pero no está preparado para asimilar tanto.

—Podríamos mirar si han ido hasta el búnker, detrás de las casas, ¿te acuerdas? Melisa me dijo que el otro día estuvieron allí.

—Sí, vamos.

Ixeia se quita los tacones y los sostiene en la mano al recordar las escaleras que suben a la montaña. Son desiguales y teme caerse. Comienza a clavarse las piedrecitas que bajan tras las lluvias.

—Espérame aquí —le dice Mikel al verla que tiene problemas para subir.

La deja atrás y, cuando se adentra en la montaña, enciende la linterna del móvil al estar oscuro. Va alumbrando en todas las direcciones. Un recuerdo le invade. Venía con sus amigos por este mismo camino. Fueron tantas veces que le crea una nostalgia que le hace exhalar.

Comienza a nombrarlas:

—¡Melisa! ¡Martina! ¡Aurora! ¡Estíbaliz! ¿Estáis aquí?

Camina bajo el manto de las copas de los árboles que no dejan pasar la luz de la luna. Cada vez está más oscuro y los sonidos de los animales son cada vez más intensos.

—¡Melisa! ¡Martina! ¡Aurora! ¡Estíbaliz! ¿Me escucháis?

Los latigazos de la linterna del móvil son más temblorosos y las esperanzas de poder encontrarlas se van disipando.

Cree saber que no está muy lejos del búnker.

De nuevo dice sus nombres y no encuentra respuesta.

Mira cada rincón. Cuando lo descubre bajo la vegetación, se para en seco y alumbra dentro de un fondo oscuro.

—¿Estáis ahí, chicas?

Sigue alumbrando, pero el peso del silencio le hace saber que no se encuentran cerca. Mira detrás de los árboles, sigue avanzando un poco más, pero lo ve absurdo y se da la vuelta para volver junto a Ixeia.

—No están.

Ixeia no puede contener las lágrimas y Mikel, sin darse cuenta, acaba abrazándola.

—Las vamos a encontrar —le susurra.

Se separan y se miran.

Emprenden de nuevo el camino de vuelta al pueblo y a Mikel se le ocurre la idea de que podrían haber ido a la cueva.

Martina, desde que descubrió el diario de Alizia, ha sentido una atracción brutal por ir, y aunque Mikel la ha intentado convencer de que no lo hiciera sola, tal vez haya podido encontrar compañía junto a sus nuevas amigas.

—Deben estar en la cueva —dice seguro.

—¿La cueva? ¿Por qué iban a estar allí?

—Por lo que cualquier niño iría. Por curiosidad.

—No he vuelto a ir desde aquel día —dice Ixeia mirando a Mikel con los ojos embargados de recuerdos.

—Ni yo, no sé si voy a ser capaz de llegar hasta ella, pero debemos ir.

El silencio vuelve a estar presente, pero esta vez es más aterrador que minutos antes porque los dos van a enfrentarse con el miedo.

***

—¡Melisa! ¡Martina! ¡Aurora! ¡Estíbaliz! ¿Estáis aquí? —se atreve a gritar Mikel a pocos metros de la puerta que les separa del interior de la cueva.

Un silencio.

—¡Melisa! —grita Ixeia.

—¡Martina! —grita Mikel.

No hay respuesta.

Y, después, una voz que se funde en el aire.

Ixeia se abalanza sobre los barrotes y los sacude con fuerza.

—¿¡Melisa!? —grita de forma desgarrada.

Espera unos segundos intensos para ver si la voz vuelve.

—¡Melisa! ¡Martina! —grita Mikel.

Mikel e Ixeia se miran.

Al fin.

Una voz.

—¡Estamos aquí! —consigue decir una de ellas.

—Están dentro, Mikel. Están ahí.

Mikel baja las escaleras buscando algo en la vegetación para poder utilizarlo, pero no ve la manera de tener algo tan fuerte como para hacer palanca.

—Espérame aquí, voy a buscar algo con lo que poder hacer palanca en las bisagras —dice Mikel al palpar la humedad en ellas.

—¡Mikel! —dice Martina sujetando los barrotes.

Él se detiene y vuelve para hablar con ella.

—Martina, ¿estáis bien?

—Sí, estamos todas bien.

Una a una llegan junto a ella.

—¡Mamá! No podemos salir.

—Tranquila, Mikel va a buscar algo con lo que poder abrir la puerta. ¿Con qué habéis entrado?

—Con la llave, la cogí del despacho de papá.

—¡Melisa!

Mikel le pone la mano encima del hombro a Ixeia. Ella, que se da cuenta, no sigue.

—¿La llave? —pregunta Mikel.

—Se ha partido cuando queríamos salir.

—Esperadme aquí. Voy a la granja y traeré algo con lo que poder sacaros. No os preocupéis. Vengo rápido.

Mikel las deja junto a Ixeia y se pone a correr por las calles de Villanúa, donde la música, las risas y las conversaciones confluyen en cada tramo que recorta para llegar a su casa.

Exhausto, abre la granja y se va directo a la caseta de herramientas.

Con el corazón acelerado, mira en todos los rincones y respira aliviado al encontrar una barra de hierro.

Vuelve a salir. El sudor frío cada vez es más notable en su cuerpo. Jadea y jadea hasta que llega de nuevo junto a ellas.

—Apártate, Ixeia. Vosotras también. Bajad hasta el primer rellano. Puede caer la puerta abajo y haceros daño.

Las niñas e Ixeia le obedecen y Mikel comienza a ejercer presión sobre la primera bisagra.

Mueve la palanca a un lado y otro con todas sus fuerzas hasta que el metal cede.

Repite la operación con la segunda, que salta mucho más rápido.

La puerta cae hacia afuera a plomo sobre el suelo, cortando la salida.

Mikel la coge apurado y la aparta para que no puedan hacerse daño al salir.

Las niñas, asustadas, corren a los brazos de Mikel e Ixeia.

—Venga, vamos, que estáis heladas —dice Mikel. Al llegar al puente, ambos toman caminos diferentes: Martina y Mikel lo hacen por un sitio, Melisa, Estíbaliz, Aurora e Ixeia por otro. Los dos se miran al marcharse. Y Mikel, después, no puede evitar detener su mirada en Melisa.

—Mikel, perdona —le dice una Martina arrepentida.

—¿Por qué lo has hecho sin el permiso de tu madre?, está muy preocupada.

—Quería… queríamos hacer un aquelarre, igual que el que Alizia quería hacer, pero nosotras queríamos que Alizia… nos dijera… qué le pasó.

Mikel traga saliva, sin saber qué decir.

—No ha sucedido nada. Incluso, cogí la manteca de cerdo de la granja. Siento no haberte pedido permiso, pero temía que si lo hacía, sabrías para qué era.

Un silencio.

—Tal vez, porque no era luna llena —añade convencida.

—Martina, lo que has hecho no está bien. Entiendo que el diario de Alizia despertara en ti esa curiosidad. Pero no está bien habernos mentido.

—Lo he hecho por ti.

—¿Por mí?

—Sí. Para demostrar que eres inocente.

—¿Cómo lo querías demostrar?

Martina se da cuenta de que nadie la hubiera creído aunque hubiera pasado de verdad.

—¡Qué tonta he sido!

—No, no eres tonta. Eres curiosa y buena. Y, aunque esté mal lo que has hecho, gracias por querer demostrar mi inocencia.

Martina mira a Mikel y Mikel también la mira.

—¿Podré seguir yendo a dar de comer a los animales?

—Y, ¿por qué no podrías?

—Porque estás enfadado conmigo.

—No me he enfadado, pero ahora cuando llegues junto a tu madre, intenta ser comprensiva con ella. Estará muy nerviosa.

—Lo haré. Sabes una cosa, ha sido la noche más increíble que he vivido desde hace mucho tiempo.

Cuando entramos, al principio estaba todo muy oscuro, pero cuando la luna ha ocupado el cielo, ha comenzado a alumbrar donde estábamos sentadas.

Como si fuera algo mágico. Mikel, siento que aquí puedo ser feliz.

No sé cómo puedo convencer a mi madre de que nos quedemos a vivir y no marcharnos de nuevo.

—Estoy seguro de que encontrarás la manera de convencerla.

A Mikel le gustaría poder sentir lo mismo que siente Martina, pero él solo encuentra la oscuridad que le muestra su pasado. Haber estado tan cerca de donde todo ocurrió le ha hecho volver a revivir su peor día.