Donde duermen los secretos Capítulo 51
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Capítulo 51

E n Villanúa, todos sus vecinos se preparan para recibir el Jueves Santo.

Es el toque de salida para una de las fiestas más importantes del pueblo.

Agustina anda liada preparando las torrijas y buñuelos, y su marido, la típica limonada que mezcla vino, azúcar, limón y canela.

A él le gusta añadir algún licor para dar su toque picante, como lo llama.

Ara está en su casa también preparando bandejas de dulces, como el resto del pueblo, que mantiene los hornos encendidos hasta prepararse para recibir en la Plaza Mayor a la Banda de Tambores y Bombos.

Mikel anda atareado repartiendo los pedidos que tiene pendientes de entregar. Ha conocido varios clientes y parecen haber hecho buenas migas. La cesta de regalo la han aceptado gustosamente.

Blanca y Graciela también preparan tapeo y la limonada. Además de arreglar las habitaciones del albergue, tienen un completo absoluto.

Las calles cobran vida a cada hora que pasa del día. La gente llega al pueblo de sitios diferentes para disfrutar de las fiestas y de un merecido descanso.

Martina, Melisa, Estíbaliz y la intrépida Aurora están en el parque junto al río con el resto de chavales del pueblo celebrando las vacaciones estudiantiles.

Todo va como la seda.

***

Falta un poco más de una hora para que arranque todo y Lizer duda de si podrá llegar a tiempo.

Le ha salido un viaje exprés de última hora y teme que su padre y la familia Galván, que son muy religiosos, no se lo perdonen.

Así que conduce a gran velocidad por las carreteras secundarias.

Los del pueblo acostumbran a poner en la lista negra a aquellos que no se presentan a la misa de la Cena del Señor que se celebra a las seis.

Muchos ya están reunidos en la puerta de la iglesia.

Otros, como Ara, acelerada, miran el reloj.

Las cinco y veinte. Se pone nerviosa al saber que le queda poco y aún no está vestida de gala.

Mientras tanto, en la casa de Agustina, la cosa va más adelantada.

Ella ya se encuentra en la habitación poniéndose el vestido azul marino de todos los años.

Le queda algo más justo, pero suspira aliviada al ver que su marido consigue subirle la cremallera.

—¡Qué guapa estás, mujer! —le dice su marido, que ya lleva su traje puesto. Solo le falta la corbata.

—Te ayudo, Ignacio.

Ignacio se pone frente a Agustina y se deja querer.

—Te rugen las tripas —le dice Ignacio riéndose—. Parece que han comenzado los tambores. Ya vamos tarde.

Agustina, sin poder contenerse, se ríe.

En la otra punta de Villanúa, Mikel llega conduciendo el Land Rover con el maletero vacío después de acabar de entregar todo.

Prometió ayudar a Blanca y a Graciela en el albergue.

Entra en la granja y mete el coche en el establo.

Lo cierra y entra en la casa para asearse.

Deja correr el agua para que salga caliente y no tarda ni cinco minutos en ducharse.

Se viste y comprueba frente al espejo para ver si está apropiado para la ocasión.

Sabe que es un día que debe dejar el listón alto.

Parece que ha sacado sus mejores galas: unos pantalones chinos verdosos y un suéter azul marino con chaqueta de piel.

Se hace un moño y deja el resto de su pelo caer ondulado hasta los hombros.

Debería cortármelo un poco , piensa al mirarse al espejo.

No ha tenido tiempo para comer y decide coger una manzana del frutero.

Coge las llaves y sale por la puerta.

Su calle, habitualmente tranquila, está llena de gente que va camino hacia la iglesia. Se mira y compara para saber si no desentona y cree que ha acertado. Camina hasta el albergue y, cuando entra, Blanca lo ve a lo lejos preparando una de las mesas que le faltan. Lo mira con detenimiento.

—Anda, pero si pareces hasta guapo cuando te arreglas.

Mikel no puede evitar sacar una sonrisa.

—Tú tampoco estás nada mal.

—¿Qué es lo que más te gusta, mi delantal o mi camiseta del albergue?

—Me quedo con el delantal.

Graciela lo saluda al verlo cuando sale a la barra a poner las primeras tapas que ha preparado.

—Mikel, ¿puedes empezar a poner las mesas de fuera?

—Claro, eso está hecho.

Mikel sale y empieza a desplegar las mesas. Agustina, que lo ve a lo lejos, le guiña el ojo y lo saluda con la mano antes de tomar camino a la iglesia.

***

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

Los tambores y bombos silencian las voces de los presentes.

En la puerta de la casa de Agustina e Ignacio, también están Blanca, Martina, Graciela, Ara y Mikel reunidos.

Los Allué y los Galván se encuentran frente a la puerta de la farmacia, dado que son grandes amigos de los dueños.

Los Viñau, padres de Pedro, están un año más sin su hijo junto a la fuente.

Los Charate, los Trallero, los Maza, los Ruba, los Molinero y otras familias del pueblo rodean la plaza escuchando con el corazón en un puño.

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

¡Trrrr-rra-ta-plán... ¡PÓN!

***

Cuando acaban, todos se dispersan en las puertas de las casas de la Plaza Mayor, donde ya tienen preparadas las limonadas y dulces para festejar el día.

—Te sirvo uno —le dice Blanca a Mikel con el permiso de Agustina, que es la anfitriona.

—No bebo, gracias.

—¡Venga! Solo uno, aunque sea para brindar.

—En serio, no quiero. No insistas —le dice con un tono más seco.

—Siento haberte molestado.

—Perdona, lo siento, no quería ser tan cortante. Es que tuve problemas con el alcohol en el pasado —le dice avergonzado.

Blanca se queda asombrada.

—No lo sabía. Lo siento.

—No tenías por qué saberlo, aunque pensaba que los del pueblo ya te habían puesto al corriente.

—Pues no, parece un secreto bien guardado.

—Tal vez es porque aún no te ha dado tiempo a los chismorreos más profundos de Villanúa. Pero tranquila, los sabrás todos antes de que acabe la primavera.

Martina viene corriendo y los interrumpe.

—¡Mamá! ¿Puedo irme con Melisa y las chicas?

—¿A dónde vais?

—A dar vueltas por el pueblo o al parque, no sé.

—Está bien, pero te quiero aquí antes de las nueve y media.

—Eso es muy pronto, es un día de fiesta.

—Solo tienes doce años, Martina. Sabes que en otro lugar no te dejaría ni salir.

—Está bien.

—¿Qué pasa por aquí? —pregunta Agustina acercándose a Blanca y Mikel—. ¿Una torrija?

—Sí, estaría bien —dice Mikel muerto de hambre, la manzana no le ha saciado nada.

—A ti te he traído también una Coca-Cola, que tu madre me ha chivado que es lo que te gusta tomar.

—Gracias, Agustina, es un detalle por tu parte.

—Ni gracias, ni leches, anda, toma.

Mikel la coge con la mano y ve a Melisa que viene corriendo hasta Martina. También lo hacen Aurora y Estíbaliz. Se le hace un nudo en la garganta al tenerla tan cerca. Mira sus ojos y otra vez se adentra en ellos, viéndose reflejado.

—Nos vamos —dice Martina con una gran sonrisa.

—Ten cuidado, hija.

—Lo tendré.

Ara se acerca a su hijo y le besa al presentir que tener tan cerca a Melisa le puede costar un disgusto.

—Mamá, que ya no soy un niño.

—Qué tonto es mi hijo —dice Ara mirando a Blanca.

Blanca rompe a reír con el comentario.

—Que estoy aquí.

Las dos se ríen.

—Siento ser la aguafiestas, pero tenemos faena en el albergue. En menos de cinco minutos aquello se va a poner lleno —le dice Graciela a Blanca y Mikel, que es su ayudante esta noche.

Se van camino al albergue. Desde la otra punta, frente a la puerta de la farmacia, Ixeia persigue con los ojos a Mikel.

Recela ver las risas con la chica nueva del pueblo.

Ya la han apodado La Pelirroja. No hay muchas más como ella.

Antes, la única que había se llamaba Alizia, pero nadie se atrevía a llamarla así, era una Allué. Y ninguno de ellos tiene un apodo.

Ixeia los ve desparecer sin apartar la mirada y sin importarle que Lizer esté a su lado.