Donde duermen los secretos Capítulo 50
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Capítulo 50

M ikel apaga el agua de la ducha, temblando. Se mira fijamente frente al espejo para no olvidar el rostro que se le queda tras beber.

—Te odio —se dice, clavando la vista en sus propios ojos—. ¿Esto es lo que quieres? Das asco. Te odio.

Sostiene su propia mirada unos instantes antes de caminar, empapado, hacia su habitación.

Se quita la ropa húmeda y extrae algo limpio del armario para vestirse.

Con las prendas mojadas hechas un gurruño en la mano, baja a la cocina.

Allí lo espera su madre con una taza de café llena hasta el borde.

—Dame —le dice Ara, quitándole la ropa de las manos.

—Lo siento, mamá.

—Basta de decirme que lo sientes. Siéntate.

Mikel obedece. Ella deja la ropa en la lavadora y regresa para sentarse frente a él.

—Papá no mató a Antón —suelta ella, mirándolo sin pestañear.

—¿Y la pala? Había motas de sangre seca en ella.

—¡No la habrás lavado!

—No, pero estuve a punto. ¿Por qué me dices esto?

—Eso ahora no importa, luego llegaremos a eso.

Mikel da un sorbo al café. Ara hace lo mismo corrigiendo su postura en la silla para buscar comodidad.

—Tu padre, Antón y Acher... —Se detiene en la última letra, como si le costara pronunciar el nombre—.

Salieron como de costumbre por la montaña a coger setas.

Lo hacían siempre que era temporada y, si el tiempo lo permitía, iban cada semana.

—Ara tamborilea con los dedos sobre la loza de la taza—.

Ese día volvían de pasar toda la mañana en el monte.

Habían comido unos bocatas y se habían tomado unas cervezas.

Tu padre se quedó un poco más retrasado durante el descenso porque Antón y Acher iban discutiendo.

No era la primera vez que pasaba, pero papá intuyó que aquella vez era diferente y prefirió darles espacio.

Cuando llegó al lugar donde estaban, parados justo al borde de un desfiladero, vio cómo Acher empujaba a Antón.

Cayó al vacío. Tu padre corrió para socorrerlo, pero ya era demasiado tarde.

—¿Por qué lo hizo? —interrumpe Mikel con la mirada fija en ella.

—Acher amenazó a tu padre. Le dijo que, si contaba algo, nos haría la vida imposible a todos.

En aquella época andábamos muy mal de dinero, no teníamos dónde caernos muertos ni adónde ir.

Así que, a cambio de su silencio, tu padre aceptó la granja.

Con eso pagamos la casa y pudimos sacar a esta familia adelante.

—¡Joder, mamá! ¿Cómo pudisteis aceptar algo así?

—A veces las cosas no son tan fáciles, Mikel.

Además, yo no lo supe hasta hace unos días.

Antes de morir, tu padre me confesó que su conciencia no le permitía marcharse sin decirme la verdad.

Cargó solo con este peso durante todos estos años.

No es que lo perdone, pero... —Ara se rompe y las lágrimas asoman en sus ojos.

—Hemos vivido una mentira tras otra.

—No, Mikel. Él solo me ocultó eso.

Mikel prefiere callar al darse cuenta de que su madre todavía ignora la existencia del plano y de la llave del diario.

—La pala estaba enrollada en una manta. ¿Para qué la tenía dentro del coche?

—No lo sé, Mikel.

—Tu padre me explicó que se vio obligado a recuperar el cuerpo de Antón junto con Acher para, después, deshacerse de él.

—Me dijo que tuvo que ayudar a Acher a trasladar el cuerpo desde la montaña para deshacerse. Tal vez la utilizó para eso... —Ara se lleva las manos a la cara, horrorizada ante la idea de lo que Aitor pudo hacer con esa herramienta.

—Debe ser eso —asiente Mikel de forma sombría—. La utilizó y la guardó para tener una prueba de que la sangre de la pala pertenece a Antón.

Ara se queda pensativa. Evidentemente, no tenía ni idea de la existencia de la pala. Mikel, por su parte, solo puede pensar en una cosa: la cruz marcada en el plano de su padre.

—Sí, pero entiende que tu padre es inocente del asesinato. Él no mató a Antón, fue su propio hermano.

—No, mamá, pero encubrió un crimen. Eso no lo hace menos culpable.

—Lo sé. Pero pagó su culpa no soportándose a sí mismo ni un solo día desde entonces.

Yo no supe ver lo que ocurría. Pensaba que tu padre se había entregado a la bebida porque empezamos a ganar más dinero; de hecho, se compró un coche nuevo a los pocos meses de quedarnos con la granja. Tonta de mí, no fui capaz de ver nada.

Mikel se estira para abrazar a su madre.

—Tú no tienes la culpa de nada, mamá. Ninguno de nosotros la tiene por las malas decisiones de papá.

—Él lo hizo por nosotros, Mikel.

—Pero ¿a qué precio?

En la mente de Mikel se proyectan los recuerdos en cascada: su padre ebrio esperándolo en la penumbra, las palizas, la ausencia total de un solo gesto de afecto o aprecio hacia él. Un silencio denso inunda la cocina hasta que Mikel desvía el pensamiento hacia su hermana.

—¿Lo sabe Izarbe?

—No.

—Ella también vive en una mentira.

—Las mentiras se fabrican para salir indemnes de algo, hijo.

Esto es solo omitir una verdad que destruye.

Yo no tenía pensado decíroslo a ninguno de los dos; no quería haceros daño.

Si eso me convierte en una mentirosa, lo asumo.

—Ara se levanta para servirse un vaso de agua, intentando recomponerse.

Se detiene justo frente a él—. Aunque hay algo que me preocupa mucho más que todo esto. ¿Vas a seguir los pasos de tu padre?

—Me haces daño con tus palabras, mamá.

—No te das cuenta de que tú también te lo haces a ti mismo. ¿Por qué has bebido hoy?

Mikel es incapaz de sostenerle la mirada.

—Encontré la pala y... Además, está lo de Ixeia.

—¿Ixeia? ¿Qué pasa con ella? ¿Vas a volver a las andadas? Es una mujer casada y tiene una hija, Mikel, no te metas en ese terreno. Bastantes problemas tenemos ya sobre la mesa.

—No es lo que piensas, mamá.

—Entonces, ¿qué es?

—Recibí una nota suya para vernos en la cascada. Fuimos y me dijo que... —Mikel se frena en seco, dudando si dar el paso.

—Dímelo, por favor. Debemos ser sinceros el uno con el otro si queremos que esta familia funcione.

Mikel se levanta de la silla; necesita moverse, la ansiedad le devora las piernas. Ara no le quita la vista de encima, tratando de descifrar la expresión de su hijo, completamente segura de que se trata de algo de extrema gravedad.

—Mikel, dímelo.

—Mamá... Ixeia me dijo que Melisa... Melisa es mi hija. —Al pronunciar el nombre, se derrumba por completo. Siente que le ha fallado a la niña durante todos estos años por no haber sabido la verdad.

—¿Pero qué estás diciendo? ¿Tú, su padre? ¿Por qué te ha dicho algo así ahora?

—Porque es la verdad. Vi el documento con el resultado de una prueba de ADN que consiguió la noche que fui a cenar a su casa. Ella necesitaba estar segura.

—Madre mía, Mikel... ¿Lizer lo sabe?

—No.

A Ara le cuesta procesar la magnitud de la información. Se toma unos segundos de silencio absoluto antes de recuperar la voz.

—¿Qué habéis acordado?

—Solo queríamos aclararlo. Nada más.

—Mikel, esto es demasiado peligroso. Si esto sale a la luz... Si ya sabemos de lo que fue capaz Acher con su propio hermano por ambición, ¿qué crees que harían los Allué si descubren que Melisa es tu hija?

—Lo sé, mamá. Por eso no podemos decirle nada a nadie.

—¿Y estás seguro de que Ixeia guardará el secreto?

—Debo confiar en que no dirá nada sin hablar conmigo antes.

—Tienes que hablar con ella cuanto antes y dejar las cosas claras.

—Lo haré.

Mikel regresa a la mesa, coge la taza de café y da otro trago largo, intentando estabilizar su cuerpo de la terrible sacudida que el alcohol le ha provocado.

—Mikel, debemos andar con pies de plomo con los Allué. Aquí en el pueblo nadie los menciona. Nadie se atreve a levantarles la voz.

—¿Tú sabes por qué se marchó Pedro del pueblo?

—Nadie lo sabe con certeza. Su padre va diciendo por ahí que estaba harto del taller de carpintería y que buscaba una vida más tranquila. La gente sabe que ahora vive en Borau, que trabaja con el ganado y que hace de guía en la montaña, pero nadie conoce los motivos reales de su huida.

—Me encontré a Aurora el otro día y me contó exactamente lo mismo.

—Mikel, déjalo estar. No andes escarbando en el pasado ni preguntando por gente que ya no está aquí. Será lo mejor para todos.

Él se queda sumido en sus pensamientos, conectando cabos. Ara se acerca, lo toma firmemente de la barbilla obligándolo a levantar la cabeza, como si volviera a ser un niño pequeño.

—No te voy a perdonar ni una sola recaída más, hijo —le advierte con severidad—.

No puedes usar cualquier problema como excusa para agarrarte a la botella.

Eso es de cobardes, y tú no lo eres. Saliste de ese pozo una vez y vas a mantenerte fuera esta vez también.

Estás a tiempo. No permitas que todo el esfuerzo que has hecho todos estos años estando limpio de alcohol se vayan a la basura.

Enfréntate a tus demonios y mira el dolor de frente.

Las palabras de su madre se clavan como puñales directos en su conciencia, desarmándolo.

—Abrázame, mamá. No me dejes solo en esto.

—No lo haré —responde ella, estrechándolo contra su pecho.