Donde duermen los secretos Capítulo 49
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Capítulo 49

M ikel se despierta inquieto en mitad de la noche recordando las palabras de Ixeia: " Eres el padre de Melisa”.

Se levanta de la cama empapado en sudor y con la boca seca.

Se sirve un vaso de agua y se lo bebe sediento.

Soy el padre de Melisa. Sus ojos, cuando los vi, vi algo en ellos…

, piensa dibujando la cara de la niña en su cabeza.

No puedo, no sería un buen padre para ella.

Apoyando sus manos en la encimera, recuerda la imagen de su padre borracho.

Arrastra sus pies hasta el baño y abre el grifo de la bañera.

El agua cae con caudal. A los pocos minutos se llena hasta la mitad.

Mikel se queda desnudo con la mirada perdida en el agua por unos instantes, una vez dentro, mete la cabeza bajo el agua aguantando la respiración hasta que sus pulmones no pueden más y sale a flote para coger una bocanada de aire.

Le vienen a la memoria los encuentros con Ixeia y siente que fueron menos de los que le hubiera gustado en aquella época, pero le bastaba para saber que estaba enamorado de ella antes de marcharse del pueblo.

Ixeia y Lizer, nunca me hubiera imaginado que habrían acabado juntos.

Lizer no puede saberlo , piensa. Destrozaría la vida de las dos.

Y no podría perdonármelo. Vuelve a meter la cabeza bajo el agua esperando borrar sus pensamientos.

Sin aliento, vuelve a salir a flote para coger aire.

No puedo decírselo a nadie. A nadie , se repite una y otra vez.

Vuelve a meter la cabeza bajo el agua. Esta vez no dura ni un minuto y, obligado, coge aire y rompe a llorar como un niño al sentir que, si aquella noche no hubiera bebido, su vida a lo mejor ahora sería diferente.

Sale del agua angustiado.

Aún es de madrugada, pero decide vestirse con ropa de trabajo y ponerse manos a la obra con los animales.

El vacío que siente es tan grande que con cada movimiento que hace deja ir la ira.

Acaba con las ovejas y, cuando les está dando de comer, un amanecer le obliga a parar y detenerse para mirarlo.

Se tiende sobre la paja amontonada, mira al cielo y, sin darse cuenta, sus ojos ceden.

Una valiente oveja decide darle con su hocico por la espalda y Mikel se despierta exaltado. Se gira.

—¡Estarás de coña! —exclama, sorprendido al verse dormido junto a las ovejas.

Se levanta aletargado y con los ojos adormecidos. Se detiene a coger los huevos de las gallinas para preparase el desayuno.

En la cocina, rompe tres huevos sobre la sartén, corta una yesca de pan que compró en la panadería de la carretera; aún no sabía que la del centro era de Ixeia.

Se queda pensativo porque la ilusión de Ixeia era ser interiorista, pero el destino parece haber tenido preparado algo muy distinto para cada uno de los que conformaban el grupo.

Restriega el tomate y echa un buen chorro de aceite de oliva virgen extra.

Se sienta para desayunar tranquilo mirando el calendario de su padre, donde tenía apuntadas todas las entregas de la semana.

Se detiene en una. Todos los viernes la entrega la hacía en la quesería.

Traga saliva. Se hace una lista; está dispuesto a repartir todos los pedidos pendientes que tiene y hacerles un lote de regalo para pedir disculpas por la ausencia de mercancía en estas últimas semanas.

Quiere empezar con buen pie con los que serán sus clientes.

Antes, debe limpiar el coche de su padre para poder hacer el reparto.

Al abrir el establo, siente de nuevo el olor a podrido y decide dejar las puertas abiertas, y abre una a una las cuatro pequeñas ventanas que hay.

El reflejo del sol entra apuntando al suelo, que deja ver los restos de paja, como si alguien los hubiera arrastrado con sus pies.

Mikel mira y siente que pudo ser su padre.

Se va a la parte trasera del coche y ve los bidones con cara de pocos amigos.

Sabe que limpiarlos le costará alguna que otra arcada y maldice haber desayunado antes de hacerlo.

Se saca las botas de punta acero cuando ve en el suelo unas botas verdes que le llegan hasta las rodillas.

Aunque las siente justas, no se detiene.

Decide sacar el coche para tener todo el espacio necesario y después, se agacha para coger la manta de cuadros rojos y negros que sacó del maletero.

Al cogerla, cae una pala al suelo que rebota.

—¡¿De dónde narices has salido?! —exclama sorprendido. No la vio cuando vació el maletero.

La aparta con el pie y dobla la manta para meterla en la lavadora más tarde.

La deja sobre la mesa de madera junto a las herramientas.

Tira con fuerza de uno de los dos bidones para dejar que la leche corra por el suelo hasta que pese menos y poder cogerlo para vaciarlo del todo.

Las primeras arcadas llegan y se detiene para coger aire fuera del establo.

Cuando se recupera, hace lo mismo con el segundo bidón y vuelve a sentir las mismas náuseas.

Tira de la manguera de agua que tiene fuera y comienza a dispararla por todo el suelo.

Mira que la leche podrida se vaya yendo poco a poco por un sumidero que tiene a pocos metros.

No se detiene hasta no quedar ni una sola gota de leche.

Limpia cada bidón hasta dejarlos impecables.

Los aparta y vuelve a tirar agua. Cuando cree que lo tiene listo, acaba con un cepillo para asegurarse de que no queda nada.

Coge la pala que dejó apartada para limpiarla y, cuando llega al mango, unas gotas de sangre.

Mikel suelta la pala de golpe y cae al suelo.

La mira aterrado.

Sale despavorido del establo.

—¡Mierda, mierda, mierda! Pero, ¿qué hiciste, papá?

Se echa las manos a la cabeza.

—¡Joder, papá!

Respira mirando al cielo, como si quisiera absorber el oxigeno que le falta.

Pero su corazón galopa con tanta fuerza que sale en dirección a la casa familiar, con la mirada fija, no se detiene a ver nada ni a nadie.

Al llegar, gira la llave y entra sabiendo que su madre aún estará dormida.

De puntillas, abre la despensa donde su madre guarda el whisky.

Sin pensarlo, actúa. Se sirve un vaso y cuando lo deja seco, vuelve a salir la sombra que siempre le perseguía.

Tras ese vaso, otro. No puede parar hasta que acaba la botella.

Intenta levantarse para buscar otra, pero tropieza. Un ruido alerta a Ara y grita:

—Mikel, ¿eres tú? —le dice bajando las escaleras.

Mikel no la escucha. Su cabeza está gobernada por el alcohol y ya no es consciente de nada. La botella, caída a su lado vacía y el vaso volcado, es lo primero que ve su madre al llegar hasta donde está.

—Mikel, ¿qué has hecho?

Él, que está sentado en el suelo junto al sofá, la intenta mirar, pero avergonzado no lo hace.

—Papá mató a Antón, ahora lo sé. He encontrado una pala con sangre limpiando su coche. Y ¿a qué no sabes una cosa…? —Coge el vaso de nuevo y lo intenta llenar con la botella vacía—. Dame otra botella, mamá.

Ara abre el armario donde están todas las botellas de alcohol que tenía su padre y comienza a tirarlas una a una contra el suelo. El alcohol derramado. Los cristales rotos.

—¡Esto es lo que buscas!

Coge otra y otra, y las va estampando contra el suelo sin dejar ninguna.

—¡Mamá!

—¿Qué? Esto es a lo que me obligas. Te vas a levantar y vamos a ir a la ducha.

Mikel mira a su madre rota.

—Lo siento.

—No lo sientes, Mikel.

—Sí.., lo… siento…

—Basta, hijo. No voy a permitir que te destroces la vida así. Levántate, te he dicho.

Mikel hace caso a su madre ayudándose del sofá. Ara lo coge del brazo y lo lleva hasta la segunda planta para meterlo bajo la ducha.

—¡Quítate la ropa!

Mikel mira a su madre compungido.

—Da igual, métete así, no voy a discutir contigo por eso.

Mikel se mete en la ducha con la ropa puesta y Ara enciende el grifo.

—Cuando estés despejado, baja. Tenemos que hablar.

Ara lo deja en el baño y se va a la cocina a preparar el desayuno.

Mikel, acobardado por el frío, se queda bajo la ducha pagando la culpa que siente después de ver a su madre llorar.