Donde duermen los secretos Capítulo 48
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Capítulo 48

—¡Ven, corre, Martina! —le dice Melisa esperándola desde unas escaleras estrechas, algo desniveladas y difíciles de transitar.

Martina, Melisa, Aurora y Estíbaliz han quedado para ir hasta el búnker que está en la montaña junto al pueblo.

Aurora y Estíbaliz van por delante.

Martina al llegar al final de las escaleras, mira hacia abajo antes de adentrarse a un camino.

La emoción que siente al ver el inmenso color verde primavera y lo frondoso que luce la deja sin aliento.

El sol se encarga de dibujar reflejos en el suelo como si fueran pequeñas piedras preciosas. Deja ir una sonrisa.

—¡Venga, no os detengáis! No hay tiempo que perder si no queremos que se vaya la luz —dice a lo lejos la intrépida de Aurora de doce años y trenzas largas hasta la cintura. Se da la vuelta para buscar a sus perezosas amigas.

—Eres muy pesada —le responde Estíbaliz, de once años, morena y de grandes rizos.

—No sabes con quién te estás juntando, Martina, estas dos son unas liantes —le dice Melisa, la más pequeña de las tres, que la espera para no perderla de vista.

Martina se ríe con el comentario.

Sin conocerlas, siente que con ellas podrá vivir nuevas historias aunque todas sean completamente diferentes. No ve la hora de llegar a casa para escribir esta nueva aventura en su diario.

Sigue los pasos de Melisa sin perder de vista nada de lo que encuentra en su camino.

—¡Está aquí! —grita Aurora.

Estíbaliz, Melisa y Martina son las últimas en llegar al búnker que hay escondido bajo la frondosa vegetación. Martina se acerca a mirarlo y ve una edificación cuadrada de paredes cimentadas. Todo está sumamente oscuro, pero alcanza a ver un pequeño charco de agua formado por la lluvia.

—Dicen los mayores que aquí se protegían y camuflaban de los posibles bombardeos. ¡Bajemos! —dice Aurora emocionada.

—Siempre dices lo mismo y estás loca si crees que voy a bajar ahí —dice Melisa, retrocediendo unos pasos.

Estíbaliz mira que Aurora va de un lado a otro para ver la manera de bajar.

—No se puede bajar —dice Estíbaliz segura.

Aurora enciende la linterna del móvil. Las demás también.

—Venga, déjalo, ya le hemos enseñado a Martina el búnker. Nos meteremos en un lío. Siempre estáis con lo mismo —dice Melisa.

—Y sí vamos a buscar flores. Me gustaría encontrar una que la llaman la Flor del viento, ¿la conocéis? —dice Martina al notar que Melisa parece molesta con Estíbaliz y Aurora por su insistencia en querer bajar al búnker.

Melisa se gira y le agradece con la mirada su gesto.

Aurora y Estíbaliz se ríen.

—Eso es aburrido —responde Aurora—. Yo pienso bajar sí o sí.

—Está bien, nosotras nos vamos a buscar flores. Vosotras, si queréis, os quedáis aquí con vuestro búnker —añade Melisa algo molesta.

—Tenéis miedo —sigue insistiendo Aurora con risas para provocarlas—.

—Aurora, no se trata de miedo, sino de ver que no se puede bajar y punto —le responde Melisa, cabreada porque no es la primera vez que le llaman miedosa.

—Nos vamos, y vosotras también tendríais que hacerlo.

—No, qué va. Nosotras nos quedamos aquí, ¿verdad, Estíbaliz?

Estíbaliz, si fuera por ella, se iría también con Melisa y Martina, pero decide no dejar a Aurora sola. Sabe que si lo hiciera le molestaría.

Martina sigue a Melisa, que poco a poco se distancian de Aurora y Estíbaliz hasta que salen de nuevo al pueblo para llegar hasta la montaña donde se encuentra la cueva. Parece que allí se encuentra la flor que anda buscando.

Al llegar junto a la cueva, Martina siente un escalofrío por todo su cuerpo y se echa a temblar al recordar su último encuentro con su padre.

—Aquí dicen que murió mi tía.

Melisa sube las escaleras y se agarra a los barrotes oxidados de la puerta que entra a la cueva.

—Está cerrada —dice Melisa tirando de la puerta—. Dicen que mi tía quería invocar a mi abuela, porque no soportó su pérdida.

—Qué triste tuvo que ser.

—No lo sé, porque nadie habla de ella. Es como si fuera un fantasma en nuestra familia. La única que me habla de ella es mi madre. Ellas dos eran muy amigas y estuvo aquella noche. Pero siempre me cuenta que no pudieron hacer el aquelarre, porque ella murió antes.

Martina, que conoce bien la historia por el diario que encontró de Alizia, no sabe si decírselo, duda por unos momentos, pero no lo hace por Mikel.

—Algún día, me gustaría ver lo que hay dentro y ver el sitio donde se pusieron mi madre y mi tía junto a sus amigas. Dicen que hay una chimenea desde la cual ves el cielo y que de noche, si la luna se presenta llena, ilumina la cueva como si estuviera encendida.

—¿Nunca has estado? —le pregunta Martina extrañada.

—Nunca.

—¿Por qué no lo has hecho si vives aquí?

—Por mi padre. Me hizo prometérselo.

Martina se fascina de que ella nunca haya entrado. Las palabras de Melisa le despiertan aún más las ganas de cruzar el umbral de la cueva.

—¿Cómo se puede acceder?

—Hacen visitas casi todos los días. Para la gente que viene expresamente a verla. Yo sé dónde mi padre guarda una llave.

Martina abre los ojos impresionada.

—¿Y nunca te han dado ganas de venir?

—Sí, claro. Pero si lo hiciera, desobedecería a mi padre y él nunca me lo perdonaría.

Además, soy bastante miedica y aún soy algo pequeña, según me dicen mis padres para ir sola por el pueblo.

Muchas veces he pensado en coger las llaves y escaparme, pero mi padre se pone como los demonios cuando incumples sus normas.

A veces da miedo. ¿Tú vendrías un día conmigo?

—Claro, por supuesto, me muero de ganas por entrar.

—Venga, vamos a buscar esa flor que andas buscando, antes de que anochezca. ¿Para qué la buscas?

—Dicen que cura la melancolía.

—¿Estás melancólica?

—No lo sé, he perdido a mi padre y no sé aún lo que siento.