Donde duermen los secretos Capítulo 47
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Capítulo 47

M ikel llega a la granja nauseabundo y cabizbajo tras su frustrada visita a Borau.

Mete la marcha atrás del coche y mira por el retrovisor para no pasar por encima de todo lo que sacó del maletero antes de marcharse.

Deja las ventanillas sin subir y, al bajar, mira de soslayo los bidones putrefactos de leche cuando abre el maletero para dejarlo también abierto. Más tarde se ocupará de limpiarlo todo.

Abre la puerta y cuelga las llaves en el tablero que su padre le hizo expresamente para que no las perdiera.

Lo primero que hace es estirarse en el sofá y cerrar los ojos.

Un rugido dentro de su estómago le hace saber que tiene hambre, pero su cabeza no se detiene: El pueblo, Pedro, todo es raro de narices .

Aunque nada de lo que ocurre aquí es normal.

Solo me queda saber quién está detrás de la nota. No tengo más pistas.

Los pensamientos no le sacian las ganas de comer y se levanta. Decide primero pasar por el baño para retirar el mal olor que haya podido quedarse impregnado en él.

Se siente renovado y vuelve a la cocina.

Mira las docenas de huevos que las gallinas han puesto esta misma mañana y carga con ellas para repartirlas entre su madre, Blanca y Graciela.

Teme que se pongan malos y aún no ha mirado los pedidos que debe empezar a entregar.

Así que sale de la granja; había quedado con su madre para comer.

Ara no se fiaba y él, para no llevarle la contraria, ha cedido.

***

Ara y Mikel pasan reunidos la mayor parte de la tarde poniéndose al día de los temas de la granja, pero sobre todo lo que les preocupa son las facturas pendientes que dejó su padre sin pagar.

Su madre ha sacado la carpeta que le dijo Aitor que se la diera a su hijo en el caso de que cediera a quedarse.

Han hecho números y se han quedado más aliviados al saber que podrán hacer frente a los pagos.

En un par de meses confían en que se pondrán al día.

Tras la tensión vivida por el flujo inactivo de dinero en los últimos meses, los dos pasan una tarde juntos viendo una película.

No recuerdan la última vez que lo hicieron, como tampoco recuerdan si alguna vez lo habían hecho.

Pero ambos se han prometido que lo harán una vez por semana.

Será el día de cine junto a palomitas recién hechas.

Mikel cada tanto mira el reloj. No quiere pasarse de la hora para ver quién está detrás de la nota.

Cuando llega el momento, se despide de su madre con un beso en la frente.

—Mikel, acuérdate de llevar la manteca de cerdo a Ginés. No sé si tu padre lo tenía apuntado, pero las entregaba cada semana, los martes.

—Tranquila, me pondré al día con los calendarios de papá.

Al salir del callejón, toma la calle a su derecha. Siente una gran carga sobre su espalda tras saber que debe ponerse al día cuanto antes si no quiere que su madre y él tengan problemas a futuro.

A cada paso que da tiene una sensación rara, piensa que podría ser una emboscada, pero aun así necesita las respuestas a sus preguntas.

Al llegar a la Plaza Mayor, ve a Lizer frente a la puerta de la farmacia y ya no puede evitarlo. Es la última persona con la que esperaba cruzarse en estos momentos.

—¡Qué raro se me hace verte por aquí! —le dice Lizer con una amabilidad desmedida.

Mikel sabe de sobra que lo hace porque un par de vecinas están justo detrás de él.

—Para mí también lo es.

—¿Qué vienes de ver a tu madre?

—Sí. Vengo de comer con ella y pasar un rato juntos.

—Disfrútala. No sabes lo que duele cuando la pierdes. Perdona, pero qué tonto, si acabas de enterrar a tu padre.

Mikel cierra el puño con fuerza.

—Acuérdate de que te espero antes de la fiesta de procesión para que vengas por la quesería. Debemos ponernos al día cuanto antes, hace tiempo que no suministráis mercancía y ya va siendo hora —le dice Lizer al ver que no le contesta.

—No lo olvido. Allí estaré.

Mikel da unos pasos forzando acabar la conversación. Lizer, que se da cuenta, le dice:

—Algunos tenemos que ejercer de padre. Debo llevar a Melisa a Jaca. Se ha encaprichado con no sé qué que ha visto. Ixeia ha quedado con una amiga y no puede llevarla. Dale un saludo de mi parte a tu madre.

—Lo haré —dice, apretando los dientes al acabar.

Mikel se cerciora de que Lizer toma el camino hacia la iglesia. Lizer, por el contrario, ve que Mikel toma el camino hacia el río.

Los dos se vigilan hasta que se pierden de vista.

A Mikel le asalta un pensamiento intruso de que Lizer tendría toda la razón de odiarlo. Si él hubiera perdido a su hermana en esas circunstancias, no cree que se lo pudiera perdonar nunca.

Coge el camino que está por detrás de la oficina de turismo y camina por una pasarela de madera que pasa justamente por encima del río.

Al final del camino se encuentra la central hidroeléctrica que mira, recordando la última vez que estuvo allí.

El agua baja con fuerza, con garra, como muchos del pueblo dirían cuando ha sido un buen año de nieve.

Antes de llegar a la cascada, mira atrás; no se fía de que alguien le siga los pasos. Se sorprende al no ver a nadie, mira el reloj y se da cuenta de que aún falta un par de minutos para la hora.

Pega su espalda contra la pared junto a la cascada.

Así se asegura de que nadie pueda sorprenderlo por detrás.

Ve la cara de Ixeia en un recuerdo. Justamente en este mismo sitio daban rienda suelta a su deseo.

Lo hacían a escondidas del grupo, porque ambos estaban indecisos y no sabían qué rumbo tomaría la relación entre los dos.

De repente, escucha unos pasos.

Contiene la respiración. El latido de su corazón está a punto de desbocarse. Sin pestañear, ve aparecer a Ixeia y las piernas se aflojan tras la tensión.

—Eres tú —consigue decir.

Ixeia le mira con sus ojos rasgados, dejando ir un suspiro.

—Pensaba que no vendrías.

—Aquí estoy.

—No sé si hago bien estando aquí.

—¿Por qué?

—Sentémonos. Aún me tiemblan las piernas.

Los dos se dirigen a un banco de madera que mira hacia la cascada.

—Ya somos dos.

Los dos dejan ir una risa nerviosa.

A ambos se les hace difícil sostener la mirada. A ambos se les hace extraño estar tan juntos.

—Ha pasado demasiado tiempo —dice Ixeia—. No te despediste.

—No pude. Solo quería salir corriendo de este pueblo. Lo de Alizia… lo de mi padre… todo ocurrió tan rápido… —Mikel baja la mirada al suelo.

Ixeia pone su mano sobre la suya.

Mikel la mira extrañado.

—Lo siento.

—Tranquila, no pasa nada.

Ixeia aparta su mano.

—No estoy aquí para reprocharte nada. Lo entendí con el tiempo, pero no significa que no me doliera verte desaparecer de mi vida y no saber nada más de ti.

Solo sabía lo que me contaban. Y no sabía si creerles.

Decían que estabas tan mal que tuviste que estar ingresado en un centro de desintoxicación.

—No te mintieron. No estoy orgulloso de ello.

—Ahora, ¿estás bien?

—Es una lucha diaria. Siempre lo será.

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Por dudar de ti. Pensé mucho tiempo que fuiste tú. Ahora me cuesta creerlo… algunos dudan…

Mikel la calla.

—No sé lo que ocurrió aquel día. No lo recuerdo. Por mucho que lo intente, no soy capaz de hacerlo.

—Tranquilo. Supongo que es normal. A lo mejor tu cabeza no quiere recordarlo.

—No lo sé.

Mikel se queda en silencio.

—Te acuerdas cuando veníamos aquí. Fue todo tan bonito. No hay día que no lo recuerde. Vengo muchas veces para sentirte cerca.

—Pero estás con Lizer. Nunca hubiera pensado que acabarías con él.

—Estaba confundida. Y tú me echaste a sus brazos cuando te marchaste. Me sentí sola.

—No puedes decirme eso.

—Lo sé. Pero me arrepiento. No soy feliz.

—No parecía eso cuando fui a vuestra casa. Parecíais felices.

—Las apariencias en este pueblo son lo que son, apariencias. Y, más, delante de ti. A Lizer no le hubiera gustado enseñar la otra cara de nuestra relación.

Mikel abre los ojos. Incrédulo.

—¿Por qué sigues entonces con él si no eres feliz?

—No tengo respuesta para eso. Todavía no.

Tal vez por Melisa. Tal vez por mis padres, ya sabes cómo son, no soportarían ver a su hija divorciada bajo la visión de Dios.

No lo soporto. Es un ególatra. Al principio no me di cuenta.

Poco a poco se fue mostrando con el tiempo y desde hace unos meses está fuera de control.

Hasta con Melisa no es el mismo. Pero no estoy aquí para hablar de él. Estoy aquí para algo mucho más serio.

—Entonces, ¿para qué me has citado?

—Siento que no me vas a perdonar si te lo digo.

—¿Por qué no te voy a poder perdonar?

Ixeia siente una sensación de ahogo y se levanta del banco para ir junto a la cascada. Necesita coger aire. Él la mira angustiado porque no entiende lo que pasa. Decide acompañarla.

—Dime lo que has venido a decirme. Los dos nos estamos jugando mucho al vernos aquí a escondidas.

—Tranquilo, Lizer está con Melisa en Jaca.

—Me he cruzado con él y me lo ha dicho.

Los dos se miran confundidos.

—Está bien. Te lo diré. Volvamos al banco. Por si me fallan las piernas.

—De acuerdo.

Vuelven a sentarse y, mirándose a los ojos, Ixeia comienza a hablar:

—Entenderé si después de esto no quieres hablarme.

—Para, deja de decir eso y cuéntamelo, por favor.

—El día que estuviste en casa hice una cosa cuando Lizer te fue a enseñar la casa. Tomé una muestra de tu ADN de la copa que bebiste y la envié para saber… —Traga saliva—. Para saber… si…

—Sí fui el asesino de Alizia…

—No, no es eso… era para saber si eras el padre de Melisa.

—¿¡Qué estás diciendo!? ¡¿Te estás escuchando?! —dice Mikel poniéndose de pie.

—Lo supe desde el primer día en que me quedé embarazada, pero no estaba segura. Pero ahora sí lo estoy; tú eres el padre de Melisa, Mikel.

—No, qué va, me estás mintiendo.

—No te estoy mintiendo. ¿Para qué querría mentirte? Si no me crees, aquí tienes la prueba. Sabía que dudarías.

Ixeia saca el documento y se lo entrega a Mikel. No es capaz de verlo nítidamente.

—Espera. Déjame un momento.

Se marcha hasta la cascada y, si pudiera, gritaría. Siente que es la única manera para poder explotar la tensión que tiene dentro de sus entrañas. Como no puede, coge agua que cae fría como el hielo y se la echa por encima de la cara.

Se vuelve a sentar junto a Ixeia y lee el documento:

99,9% de coincidencia.

La mano le empieza a temblar. Los minutos se hacen densos entre los dos. Ixeia lo mira sabiendo que le acaba de poner un peso encima que no esperaba.

Mikel, vuelve a leerlo.

—Ixeia, esto es una locura. Melisa, mi hija… nunca pensé que algún día… —Brotan las lágrimas de sus ojos.

—Lo siento, Mikel. Debería haberte ido a buscar y haberte dicho que había esta posibilidad. Pero, al marcharte, al saber de ti por tu madre, que no estabas bien, creía que debía dejarte para que te recuperaras. Después, pasó el tiempo y yo ya tenía una vida con Lizer.

—¿Por qué ahora?

—Porque es lo justo para ti y para Melisa desde que has decidido volver al pueblo.

—Pero si se entera Lizer, tu vida y la de Melisa… —No puede acabar la frase.

—No sé, Mikel. No sé qué es lo correcto.

Si deberíamos contar la verdad o no. Pero necesitaba saberlo.

Y cuando supe que era tuya… sentí que tenía que decírtelo.

Te quise, Mikel, y Melisa nació del amor.

Lo siento, lo he hecho todo mal. Acabé en sus brazos por no soportar el dolor de cuando te marchaste.

Estaba confusa con todo lo que sucedió con Alizia.

—Eso no es justo. Es demasiado para mí, Ixeia. Esto es demasiado…

—Lo siento, no quería que esto ocurriera.

Ixeia rompe a llorar.

El río ruge.

Y la noche ha caído.

Los dos se despiden entre lágrimas, tomando cada uno su camino.